Mendoza Jueves, 8 de marzo de 2018

El pueblo de Rivadavia vivió como una fiesta la llegada de la Reina Julieta

La soberana nacional de la Vendimia recorrió en su carro el departamento, donde los vecinos colmaron las calles para saludarla y sacarse fotos. Gran emoción de la bella morocha

En tiempo de cosecha hay que tener paciencia para llegar a Rivadavia. En los carriles productivos los camiones, la mayoría con más voluntad que virtudes, van lentos, cargados de uva. Y al caer la tarde vuelven a sus casas los cosechadores, los mosteados, en sus motitos y bicicletas algunos y otros en los mismos camiones que los llevaron en la mañana y que ya hicieron unos cuantos viajes a las bodegas.Llegar a Rivadavia en marzo es cuestión de paciencia. Quien la tiene, llega. Después de todo, ¿a qué apurarse? Hasta la felicidad llega con paciencia a Rivadavia. Y esta ciudad de tanta historia, de tanta y tan rica, a veces y con paciencia no deja de sonreír.Ayer a la tarde, por ejemplo, llegó la felicidad montada en el carro vendimial, ese que la paseó en la Vía Blanca y el Carrusel. Tenía el rostro de la Reina Nacional de la Vendimia, Julieta Lagos, y se parecía mucho a una morocha que vive aquí y que ha conseguido la felicidad con paciencia, con esperanza, con esfuerzo.Parecía que entre esa morocha, la felicidad y la gente de esta ciudad / pueblo, guardan un secreto, porque todos sonreían al mismo tiempo, desde el barrendero hasta Miguel Ronco, que parecía un abuelo orgulloso más que un intendente feliz.Y en las calles, en la calle peatonal, en la plaza, en los bares de la plaza, en las escalinatas de la Municipalidad, todos festejaban.Y Julieta llegó con paciencia. Pero tuvo que echar mano a ella no por los camiones, ni las bicicletas, ni las motitos. La tuvo que usar, y con gusto, porque las calles estaban atestadas de vecinos y su avance era lento, muy lento. Todos querían verla, saludarla, tratar de regalarle algo, gritarle un elogio, verla y guardarla en la memoria, porque esto será recordado por muchos años, quizás por siempre. Será parte de la historia, de la tanta historia con raíces lencinistas.En las escalinatas de la comuna algunos músicos locales fueron achicando la ansiedad, a puro acorde.Julieta llegó, finalmente. Todo llega, aún cuando haya que haber esperado 14 años desde la última vez que se vio algo así. Aún cuando la muchacha haya tenido que sostener con toda la familia una enfermedad durísima, la de su madre, durante 11 años. Aún cuando haya tenido que sobreponerse a su muerte, hace 3 y medio, aún cuando haya tenido que entender a los golpes la importancia de todo.Don Tito Sosa es jubilado. Trabajó en Gargantini y después en YPF. Es uno de esos pacientes, que aún esperan cobrar algo por sus despidos, después más de una década. Mezcla los recuerdos de su vida. Dice que es puntano de nacimiento y que Tito no es un apodo, sino su nombre. Y que lo tiene "porque a mi viejo se le metió en la cabeza, por el mariscal Tito". Y cuando los recuerdos le dejan un espacio libre, dice que "es linda la reina, ¿no? Qué bueno que sea de acá, ¿no? Debe estar tardando en llegar porque la deben haber paseado por su barrio, ¿no?".Para matizar la espera a la abuela de Julieta, a la que le han pasado una silla y la ubicaron cerca de la escalinata, le hacen leer las palabras que ella ha escrito un rato antes. "Julieta es una nieta muy responsable, cariñosa y estamos muy felices con su reinado. Gracias a todos", dice. Ya hay mucha gente para acercarse a preguntarle el nombre a la abuela. Hay mucha gente feliz.Y Julieta viene por calle San Isidro. Seguro que jamás ha tardado tanto en recorrerla, de punta a punta. Pero llega, más tarde de lo planeado, pero llega. Como la felicidad.