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Evitar las muertes al volante es un desafío que todos debemos enfrentar, no sólo el Estado provincial.

El precio que se paga es carísimo

Por José Luis Verdericojlverderico@diariouno.net.ar

Se vienen las fiestas de fin de año, los brindis y aquellos excesos que suelen terminar en tragedia cuando los desbordados empuñan el volante y ponen primera.

Termina un año en que el Estado gobernado por Paco Pérez apostó fuerte para evitar muertes en accidentes de tránsito, sobre todo cuando los protagonistas volvían de los boliches. Pero ni siquiera la campaña publicitaria “Vida y Vuelta”, que muestra en carne viva –con imágenes ficticias y testimonios reales– las consecuencias directas e indirectas de las fatalidades viales, sacude la conciencia de aquellos conductores que se despiertan de una borrachera cinco estrellas sin recordar siquiera cómo llegaron hasta su cama y mucho menos adónde fueron a parar sus acompañantes.

A esos desaprensivos, a esos que, grandecitos ya, eligen poner en peligro su vida y las de los demás, a esos quiero decirles que cuando alguno de ellos muere en un accidente de tránsito empieza un proceso de muerte lenta entre sus padres, hermanos, esposos, hijos, amigos, etcétera.

Me hago eco de la institución civil Luchemos por la Vida, que repite hasta el hartazgo que este tipo de decesos dispara trágicas consecuencias familiares en un plazo promedio de dos años en, repito, padres, hermanos, esposos, hijos, amigos, etcétera, quienes no logran superar el trance, a través de la generación y posterior aparición de cánceres, tumores y depresiones severas.

Me hago eco también del testimonio de un compañero de la primaria, a quien volví a ver hace algunos meses, el que perdiera a su hija mayor hace más de un año en Guaymallén, en una de las tragedias viales más impactantes de los últimos años en Mendoza.

Durante la media hora de conversación, su rostro, su voz y sus gestos pasaron de la alegría del reencuentro a la tristeza por la pérdida y a la furia contenida por la forma en que le fue arrebatada de este mundo esa jovencita que lo hizo padre por primera vez hace casi 20 años.

Pero esto no es todo: su esposa vive prácticamente encerrada en la casa, mientras los otros dos hijos crecen y uno de ellos, por cuestiones naturales de la edad, los pone de frente al terrible monstruo de la salida nocturna con amigos, que se ha vuelto precisamente un monstruo después de la tragedia familiar.

En síntesis: la súbita desaparición de una persona en un accidente de tránsito deja esquirlas por todos lados.

Así también nos lo hicieron saber esos padres que dieron su testimonio en los spots de “Vida y Vuelta”. Como esa madre que contó que cuando escuchó por radio del accidente de tránsito en Guaymallén (el mismo en que murió la hija de mi compañero de escuela) se le detuvo el corazón porque sintió en sus entrañas que su hija era una de las involucradas.

Se vienen los festejos de fin de año previos a la Navidad y el Año Nuevo en diversos ámbitos: amigos, laboral, empresarial, institucional.

Tal vez sean oportunidades justas para que el Estado ensaye estrategias publicitarias y de control policial a través de los medios de comunicación y del personal de seguridad, para que se hagan maniobras preventivas en calles y rutas, y se aplique el máximo rigor sobre los desaprensivos alcoholizados.

Entiendo también que es la ocasión propicia para que los padres estemos más atentos a lo que hacen nuestros chicos y a sus salidas, ya sean conductores o acompañantes, y retransmitirles todo este cúmulo de experiencias y decirles, sin más rodeos, que si a ellos les pasa algo malo, la tragedia no termina con ellos, sino que recién empieza.

Porque la prevención de las muertes en accidentes viales no debe ser responsabilidad únicamente de Paco Pérez, de los controles policiales o de las campañas publicitarias. Evitar que se sigan matando mendocinos en las calles o rutas es una lucha que debe comenzar en cada casa, en cada almuerzo, en cada cena, en cada juntada familiar o de amigos. En cada brindis. Por la vida. 

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