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El pequeño apenas comenzaba a articular algunas palabras. Intentaba decir su nombre, pero le costaba pronunciar la J y entonces decía “Koté”. Estaba construyendo su apodo, ese con el que lo nombrarían su familia, sus amigos, algún amor.
Era un adolescente más, un chico de 19 años como todos, buscando su destino. Tan simple era que no son muchos los que pueden recordar algunos detalles destacados de su vida. En cambio todos recuerdan su muerte. José Luis Bolognezi, Kote, pasó casi desapercibido durante su vida, pero su muerte se transformó en un ícono de la historia de San Martín. Fue un punto de inflexión. Nada fue igual después de su asesinato.
San Martín no ha cambiado mucho en 12 años. Quizás pueden observarse algunas modificaciones urbanísticas, pero las costumbres se mantienen. Los adolescentes, especialmente los hijos de padres con bolsillos flacos, tienen las mismas rutinas: el secundario, las juntadas, las salidas a los cumpleaños a veces invitados y otras de colados. Mientras tanto intentan definir el rumbo que tendrá su vida.
José Luis era un joven más bien introvertido, aunque esa característica no le impedía tener un importante grupo de amigos, algunos del barrio, otros de la escuela y algunos más conocidos en forma circunstancial.
Era un estudiante que no se destacaba. Había iniciado la secundaria en el Comercial y luego se pasó a la Técnica. Sabía que no seguiría una carrera universitaria y pensó que allí podría obtener conocimientos suficientes como para ganarse la vida.
Su hermano Dante, 17 años mayor que él, recuerda que como una alternativa para tener un ingreso estable el Kotequería ingresar a la Policía de Mendoza. Corría 2002, la desocupación era brutal y una alternativa así era algo que merecía ser analizado.
La madre de José Luis había fallecido hacía poco tiempo. Su padre, Américo, trabajaba como una especie de portero en el barrio Verde Colonial y no se desentendía de su hijo menor, pero la muerte de su esposa había afectado a la familia. El joven, entonces, se apoyaba mucho en sus amigos y en sus tíos y primos.
La noche del viernes 13 de setiembre de 2002 el Kote quería salir. Tenía las alternativas de casi todos los fines de semana: algunos cumpleaños de conocidos o tratar de ingresar a alguna fiesta de cumpleaños de 15 en uno de los salones tradicionales.
Esa era la costumbre suya y la de casi todos los jóvenes de entre 14 y 19 años. Todavía es así. La foto de Kote que luego fue la imagen que se replicó miles de veces en los medios de la provincia y en las pancartas de las decenas de marchas que se realizaron fue justamente sacada en algún cumpleaños por algún amigo.
Con unos pocos pesos que le dio su padre, que le alcanzaban apenas para los cigarrillos, Kotesalió a la calle, casi sin rumbo fijo. Pasó por dos cumpleaños de gente conocida y después caminó hasta el salón de fiestas RT para tratar de entrar a un festejo de 15. El recorrido lo hizo solo. Hacía un tiempo que estaba especialmente taciturno, quizá por algún mal de amores. Un amigo suyo, Germán Canciello, declaró en algún momento que “lo vi llorar esa noche” del viernes 13. Contó que desde hacía un tiempo el Kote estaba enamorado de Antonella, una joven que parecía no haberle correspondido hasta ese momento. Esta chica había sido novia de uno de los jóvenes que supieron estar imputado en la causa pero que luego fue sobreseído. Además Germán reconoció haber ido con su amigo “un par de veces” al cabaret Brujas, muy cercano al lugar en donde fue descubierto el cadáver, pero aseguró que nunca pagaron por los servicios de una prostituta porque “Kote nunca tenía mucha plata”.
José Luis no pudo entrar a la fiesta del RT pese a que trató de que alguna amiga que estaba adentro le gestionara el acceso. Entonces regresó caminando hacia el centro de la ciudad. Caminó las 20 cuadras hasta la esquina de Lavalle y Boulogne Sur Mer. Allí fue la última vez que lo vieron vivo. Algunos amigos que pasaron en auto lo alcanzaron a saludar allí, justo en el momento que cruzaba la avenida, en compañía de otro joven alto, delgado y de pelo largo.
Kotecruzaba desde el club San Martín hacia la agencia de autos Daniel Girala. Y después todo son dudas. La única certeza es que su cadáver apareció un par de horas después en el baldío que está junto a la agencia, debajo de un olivo. Pero esta es parte de la causa Bolognezi, de la que se han escrito miles de notas y que es mucho más conocida que la casi ignorada vida de Kote.
La causaEl último martes la Justicia dictó la segunda sentencia sobre el caso Bolognezi. Como ocurrió en el primer juicio, sentenciado el 16 de diciembre de 2009, otra vez los dos acusados por el crimen fueron absueltos.
Las primeras notas de la muerte de José Luis trataron el caso como un posible accidente vial. Al menos así lo pretendieron informar las fuentes policiales del momento. Se decía que posiblemente un conductor había embestido al Kote, había ocultado su cuerpo en el baldío y luego había escapado del lugar. Pero esa versión se derrumbó a los pocos días, ya que no se pudo ocultar que el cadáver notenía lesiones compatibles con un hecho semejante.
El cuerpo estaba casi intacto. Apenas había unas marcas en el cuello y unos raspones, producto del arrastre del cadáver cuando fue llevado del lugar en donde cayó hasta el sitio donde fue depositado.
La necropsia fue contundente: José Luis había sido estrangulado y su muerte se produjo porque la falta de oxígeno desencadenó una deficiencia cardíaca congénita que seguramente jamás le hubiera producido al Kote ningún problema si no hubiera sido sometido a semejante presión en el cuello.
Desde el mismo hallazgo del cuerpo todo fue confuso, desprolijo y turbio en la investigación. La policía tardó en llegar al lugar del homicidio, pese a que ocurrió a pocas cuadras de la comisaría. Los mismos policías pisotearon la escena del crimen. Incluso el cadáver, ya levantado por la Policía Científica, no viajó directamente al Cuerpo Médico Forense de Mendoza sino que fue llevado a la casa del jefe de esa división para que este lo inspeccionara.
Pero por algún motivo que nunca quedó claro los rumores comenzaron a correr en la ciudad. En el mismo expediente, y como increíble sustento jurídico para sostener las medidas que se ordenaron después, se habla de “lo que se decía en la calle”, de “los rumores” y de lo que supuestamente era vox pópuli. Se decía que el Kote había sido asesinado por jóvenes, hijos de poderosos del pueblo. Pero estas versiones, por más que hayan sido generales, que hayan justificado un proceso que duró 12 años y que indigne a la mayoría, jamás se pudieron comprobar con la certeza que requiere una sentencia condenatoria.
Cuando ya habían pasado 2 años del crimen y la investigación estaba totalmente estancada y las multitudinarias marchas en reclamo de justicia se sucedían en San Martín, aparecieron en el expediente el comisario general Héctor Quiroga y la enfermera Ana María Puebla, hoy sospechados de haber pergeñado una estrategia para involucrar definitivamente a Abdo Girala y Carlos Pérez en el caso.
Quiroga fue designado a mediados de 2004 jefe de la Distrital Este y se le encargó especialmente que resolviera el caso. Y Quiroga “descubrió” a una testigo presencial del crimen, de un día para otro, algo que no habían podido lograr las distintas comisiones policiales que habían trabajado en la investigación durante dos años.
Ana María Puebla, una enfermera que trabajaba en el hospital de Rivadavia, dijo que esa madrugada caminaba por la esquina donde supuestamente fue atacado Bolognezi y observó cómo Pérez, Girala, Martínez y Bonivardo lo golpeaban.
Puebla declaró seis veces en la etapa de instrucción y tres en los dos juicios que se realizaron y sus versiones fueron variando constantemente. Primero dijo que esa madrugada regresaba de cuidar a un enfermo en el hospital Perrupato, después dijo que había estado en la casa de un pariente y finalmente sostuvo que regresaba de la casa de un amante.
También indicó primero que reconoció a los cuatro hombres y que estos, en medio del ataque, se arengaban entre ellos usando sus nombres y apellidos completos. Luego sólo dijo reconocer a Pérez y a Girala.
Tantas contradicciones hicieron pensar a la Fiscalía que Quiroga y Puebla se pusieron de acuerdo para armar una declaración que justificara toda la investigación y que permitiera llevar a juicio a los acusados, ya que hasta ese momento no había ningún elemento concreto que justificara que fueran imputados.

