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Daniel Garrido cumplirá quince años como cuidador del predio. Su abuelo y su padre lo antecedieron. Para él, los animales son como una familia.

El cuidador del zoo

Por Luciana Moránmoran.luciana@diariouno.net.ar

“Siempre me gustaron los animales. Yo quería ser veterinario, pero por cuestiones de dinero no pude estudiar. Terminé la secundaria y desde los 18 años trabajo en la Dirección de Parques y Zoológicos. Desde 1997 soy cuidador en este sector, donde están los chimpancés, el oso polar, el jaguar, el búfalo y otros animales”. Así contó Daniel Garrido (41) cómo su vida lo condujo a ser hoy uno de los “jauleros” más experimentados del Zoológico de Mendoza.

Hijo y nieto de cuidadores, Daniel aseguró que disfruta mucho de su trabajo: “El Zoológico para mí es una pasión, me gusta mucho. Siento a los animales como si fueran una familia. Tenés que alimentarlos, limpiarles su lugar, controlar si están enfermos. El Zoo es prácticamente mi segunda casa, por la cantidad de horas que comparto con los animales. Este trabajo te tiene que gustar, porque si no conjugás con los animales, no funciona”.

El 13 de febrero próximo cumplirá 15 años como cuidador y 25 como empleado del Estado. Su abuelo, Esteban Garrido, se jubiló con 45 años de trabajo en la misma repartición y su padre, Miguel Garrido, con 47. Ambos fueron guardaparques la mayor parte del tiempo, pero también trabajaron como jauleros. “Mi abuelo era muy tradicionalista. Una vez en el Carrusel cocinó una ternera en un ‘horno rodante’ que iba en una carreta. Fundó el Centro Tradicionalista Hilario Cuadros. Iba con una carretilla a plantar distintas especies de flora autóctona en el circuito de El Challao”, agregó.

A prueba de delicados

El trabajo comienza a las 6.30. La limpieza de los recintos es lo primero, lo que incluye retirar excrementos y desinfectar con cloro. “Desde afuera muchas veces nos dicen ‘debe ser tan lindo tu trabajo con los animales’, pero lo cierto es que también nos arriesgamos a accidentes y hay que bancarse la tarea de la limpieza. Muchos no lo soportan. A veces sacás dos o tres angarillas de excrementos, en los elefantes por ejemplo”, confesó Jesús Aguilar (38), compañero de Daniel.

La rutina sigue con la alimentación. “Lo que más me gusta de mi trabajo es alimentar a los animales y lo que menos me gusta es limpiar los excrementos. El olor es un tema acá, más en verano. Cuesta mucho adaptarse a eso cuando empezás a trabajar, pero después te acostumbrás”, reforzó Daniel. Luego viene el mantenimiento del predio en general, riego, limpieza y más tarde controlan las jaulas, cuidan que los animales tengan agua y al anochecer realizan el encierro en las “habitaciones”, por lo que los animales no quedan libres en los recintos que están al alcance de los visitantes. “Tenés muchas horas para meditar”, aseguró Garrido.

Respeto

Estar atento a los visitantes descuidados o desaprensivos es también otra tarea del cuidador. Personas de todas las edades suelen arrojar en el predio papeles, plásticos y botellas, además de tener otras conductas inapropiadas y dañinas para los animales. “Apenas entramos sacamos papeles, nailon y botellas que caen a las jaulas. Al (chimpancé) Charly, te descuidás y los adolescentes le quieren pasar cigarrillos encendidos. Cuando vienen contingentes dejamos de hacer los otros trabajos y nos ponemos de guardias en la jaula. Todos los años pasa lo mismo y Charly sabe cómo agarrar los cigarrillos”, afirmó Daniel.

El cariño a los animales es para este cuidador un condimento fundamental. “Una vez estuve 36 horas cuidando al rinoceronte Chicho cuando estuvo enfermo. Me tiré en una reposera al lado de él. Murió por un problema hepático hace 5 años”.

Las ausencias no son comunes en Daniel, quien se toma muy en serio su responsabilidad en el Zoo. “Estando de franco, a veces nos llaman y estamos acá –vive en Godoy Cruz, cerca del Hipódromo–. Los que somos cuidadores y jauleros lo hacemos porque nos gusta. Por ahí a la gente que recién se inicia le cuesta más despegarse de la famlia para dedicarle más tiempo a los animales, porque cuando estás en un día libre querés estar con la familia”.

–¿Y en tu casa cómo lo toman?–Se acostumbraron. Tengo dos hijos varones, Jonathan y Flavio, mi nieto, Tiago, y mi esposa, Lucía. Ella me conoció trabajando acá, y lo entiende. Cuando me tomo la licencia también vengo porque extraño mucho. A mi nieto lo traigo periódicamente porque ya tiene el amor a los animales en la sangre.

–¿Alguna vez tuviste un accidente durante el trabajo?–Hace ocho años, con Tomy y Belén, las jirafas que murieron hace siete años en el Zoo. Una me metió un cabezazo como a cinco metros de alto. Por una escalera yo subía con la bolsa de comida al hombro. Cuando echaba la comida entraron los dos al comedero y una me corrió la escalera de un cabezazo y caí desde allá arriba. Me golpeé mucho las muñecas. Ellos murieron después de comer clavel amarillo, que se coló entre el pasto. Ahora se revisan muy bien los fardos, con ingenieros.

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