Los comercios exprimen al máximo sus estrategias de venta pero el trato con los clientes no siempre está en sintonía. Se debería enfatizar en un mejor trato con el que a cambio de un bien deja la plata para los sueldos.

El cliente más importante del planeta, créase o no, en Mendoza es posible

Por UNO

José Luis [email protected]

@jlverderico

Entré para comprar un material indispensable para una obra en construcción y me fui sintiéndome el cliente más importante del planeta, y eso que no había gastado una suma de dinero sideral y que tampoco había pagado en efectivo.

Sin embargo, la gratísima experiencia me llevó a reflexionar acerca de la importancia de que las empresas vendedoras de bienes y servicios capaciten al personal que tratará cara a cara con el cliente o consumidor.

Un tema recurrente en esta redacción es lo fiero que atienden en algunos –si no varios– locales comerciales a los que uno va a comprar. Y eso que vamos con la plata en la mano (ya sea efectivo o tarjetas de crédito o débito); sin embargo en varias ocasiones nos hemos sentido unos intrusos y cuándo no mendigos porque así nos han tratado no sólo en el mostrador sino también a lo largo de todo el proceso que culmina cuando nos retiramos con lo comprado bajo el brazo.

¿Se imagina qué pasaría si entrásemos a esos negocios a pedir auxilio o un baño? No quiero pensarlo.

Quiero compartir con ustedes el momento vivido en un local ubicado cerca del Predio de la Virgen, donde se trabaja en un rubro áspero por cierto, como el la comercialización de materiales, y que fue mucho mejor que cuando me tocó, por ejemplo, tratar con oficinistas súperalmidonados y extraperfumados pero con unas ganas de terminar su horario de atención al público de una vez por todas.

–Buenas tardes, ¿en qué lo puedo ayudar? fue la frase con la que me recibió el agente de ventas.–Vengo a pedir un presupuesto, contesté sacando del bolsillo de la campera una breve lista doblada en cuatro.

– Tome asiento, por favor. ¿Café, cortado o un capuccino? Dígame qué quiere tomar– me ofreció el vendedor con voz grave y pausada, y en un santiamén ya se había parado al pie de una máquina expendedora con el vaso desechable en una mano (y todo eso antes de que yo dijera qué precio quería saber).

–Sírvase por favor. Lo escucho.

Durante los minutos siguientes me sentí como en un sueño perfecto y sin final a la vista: buen precio, aceptaban tarjeta (en algunos locales mencionás esta última palabra y suele sonar a ofensa) y hasta me permitieron abonar todo en dos etapas: el 50% en ese momento y la otra mitad al retirar la mercadería.

El final de la historia sucedió entre el suministro de datos personales para la emisión de los papeles y la facturación de rigor.

A esa altura, el vendedor y yo parecíamos viejos amigos. Eso sí, nunca dejó de lado los buenos modales, la prudencia y el entusiasmo no sólo por vender sino también para que el cliente, o sea yo, saliera conforme.

Ojalá que en Mendoza detrás de los mostradores haya más gente como el vendedor arriba descripto.

No sólo porque hacen sentir importantes a sus clientes, sino también porque, salta a la vista, tiene clarísimo un precepto que muchos no asumen o ni siquiera imaginan: el dinero de sus sueldos sale y saldrá, en mayor o menor porcentaje, del resultado de las ventas que logren concretar, o sea de las recaudaciones.

En tiempos de crisis, como éstos, la conducta del buen vendedor debería ser regla de oro. Ojalá.