Por José Luis Verdericoverderico.joseluis@diariouno.net.ar
Esta semana, Rosario fue escenario de un crimen en plena calle cuando un conductor se bajó del auto y mató a otro. En épocas en que la sociedad debate sobre linchar o no, las conductas intempestivas se multiplican en las calles.
Cuando nuestro loco y temible tránsito da para una novela negra
Ni el más brillante autor de novela negra hubiera imaginado esta escena, que se vivió frente a una escuela de Guaymallén, a esa hora pico en que todo se vuelve un amasijo de seres humanos luchando contra el tiempo y el tránsito.
Mediodía de martes. Calle de doble mano. Los últimos chicos del secundario se encaminan hacia sus casas mientras el aluvión de alumnos de primaria empuja y empuja para entrar en la escuela. Y con ellos, sus mayores: padres, otros parientes, vecinos que los llevan y los traen. Y con esos mayores, muchos autos, camionetas, motos... Muchísimos.
Auto que va para un lado y un micro atestado que viene para el otro. Una camioneta emite bocinazos de impaciencia, y una motito se cuela por un costado y después hace una finta entre dos conductores, uno que se distrae con el celular y otro con cara de agobiado.
En medio de esos dos carriles, de esos dos fuegos, un padre le aprieta la mano a su hijo de pantaloncitos cortos y cabellos revueltos, mochila a la espalda y los ojos clavados en las figuritas de Gaturro. El hombre no ve la hora de cruzar a la otra vereda, a la otra orilla de ese infierno cuando siente que algo lo roza en el pecho. Por instinto, da medio paso hacia atrás y aprieta fuerte la mano del pequeño que sigue en su mundo. Un automóvil acaba de tocarlo, casi atropellándolo, y al conductor le dedica una larga parrafada con madre y todo. Fue el comienzo.
Una mujer que despedía a sus niños con un beso y les encargaba que por favor no hablaran tanto en clase se sobresaltó con el chirrido de una frenada en el pavimento. Muchos imaginaron lo peor en ese ir y venir de gente y vehículos.
El que terminaba de frenar era un auto gris lustroso y tras abrirse la puerta del conductor emergió un hombre de unos 50 años, corpachón y peinado hacia atrás. Apenas pisó el pavimento los testigos supusimos que algo malo podía pasar.
Un reproche, una recriminación, una gritería cara a cara, echándose el aliento en la cara... Acaso un empellón, pensamos. Pero nos quedamos cortos.
El corpachón de unos 50 años y peinado para atrás, con los pómulos gordos y rojizos, tirando a amoratados, se inclinó sobre la puerta, dio media vuelta y empezó a caminar hacia el padre y el hijo de pantaloncitos cortos empuñando un cuchillo de carnicero, filoso, bien apretado, listo para actuar, tan grande que desde el otro lado de la calle podían distinguirse su hoja ancha y su mango blanco.
Iba como un autómata. Enceguecido. Enajenado. Haciendo fuerza sobre la empuñadura. Algunos testigos atinaron a gritarle que no hiciera nada, que parara. A otros, algo más estupefactos por la escena, les salió un silbido que quiso imponerse, pero no logró superar el miedo.
Otros dos padres que conocían al agresor lo contuvieron, le hablaron a la cara, lo sujetaron de los brazos y finalmente, cuando se descuidó, lo desarmaron.
¿Tan locos estamos al volante? ¿Por qué tanta intolerancia? ¿En qué puede terminar una simple discusión callejera? ¿En un crimen como en Rosario? ¿Hace falta llevar un cuchillo a mano dentro del auto?
Lo último que supe es que el pequeño de pantaloncitos cortos clavaba los ojos en las figuritas para no mirar tanta locura.