Miguel Ángel Marchionni, restaurador y artista responsable de los trabajos en los Portones del Parque y el monumento del Cerro de la Gloria dialogó con Diario UNO. 

“Creo que el arte debe ser un canal, un medio de vinculación”

Por UNO

Por Luciana Morá[email protected]

La pasión, la libertad, el legado, la conciencia y la honestidad son cinco máximas que Miguel Ángel Marchionni (70) pregona y persigue con entusiasmo en el camino del arte que eligió desde joven. Restaurador, artista, vitralista y arquitecto autodidacta, el maestro Marchionni les devolvió el brillo a obras que son hito en la historia de Mendoza y del país como los Portones del Parque General San Martín y el monumento al Ejército de los Andes en el Cerro de la Gloria.

Aunque resulta una paradoja, Marchionni asegura que es la antítesis de los restauradores porque los restauradores en general tienen la pauta de que algo debe ser hecho en un tiempo determinado, con un proceso muy lento, muy bien estudiado y él muy ansioso. “Tengo problemas conmigo mismo porque me encuentro con la emoción de percibir cómo quedará la cosa. Saber cuál es la proyección y saber cómo va a quedar y verme ya en el medio de la cosa ya hecha me produce un desfasaje en los tiempos. Muchas veces el tema de la restauración está rodeado de mística, de misterio y tiempos, de un ocultamiento y de una cantidad de cosas que no digo que esté bien o esté mal -porque cada uno debe darle la impronta de su gestión y su carácter a las cosas- pero muchas veces he tenido discusiones con colegas sobre eso”.

–¿Y entonces ...?–Hay que ver cuál es la expectativa de la gente porque eso es tan importante como tu trabajo. Vos sos solamente un eslabón en la cadena, un vehículo, un elemento de transición que está puesto en un lapso de tiempo para unir el pasado con el futuro y esa responsabilidad es fundamental.

–En tu trayectoria has intervenido metal, escenografía, vitraux…–Quisiera que sonara humilde… Considero que soy la reencarnación de aquellos primeros arquitectos que debían saber de todo un poco, como los periodistas por ejemplo: un océano de conocimientos de 10 centímetros de profundidad. En mi vida siempre he tenido, gracias a Dios, la lucha de tener pensamiento, palabra y obra, las tres cositas alineadas, porque es lo que te permite andar en la vida con tranquilidad. A veces me preguntan qué siento al restaurar y siento mucho orgullo pero mucha responsabilidad también y a veces hasta miedos. El monumento histórico, la casa, el hecho histórico plástico tienen un mensaje y como restauradores es algo que no debemos obviar ni en cuanto al tema de los materiales a utilizar ni la técnica ni en el mensaje que se quiso dar, aunque ese mensaje después se transforme en el tiempo. Esa impronta de porqué se hizo la obra es la que le da marco a la obra y te da un parámetro a vos para trabajar dentro de esos parámetros.

–¿Alguna obra que hayas sentido más?–Todas. Para mí cada obra sigue siendo mía, para bien o para mal. Hay algunas que a veces no quiero ni pasar por al lado (risas) pero como las hice honestamente, veo mi trayectoria en eso, tengo esa posibilidad, cosa que también me genera mi conciencia diaria. Además, es el mensaje que estoy dejando para mis nietos. Es un poco pretencioso pero forma parte del mensaje maravilloso que me permite tener esta vida y esta profesión. También es riesgoso.

–¿Cuándo despertó tu vocación?–Mis primos iban al Liceo Militar y mis padres querían que yo también fuera. Aprobé la revisación médica, fui a una especie de academia que preparaba para el ingreso pero desde el primer momento era un agobio, no quería eso, y le dije a mi papá que no quería ir. No sé por qué no quería ir en ese momento. No me gustaba el uniforme, el ir tantos días y salir sábado y domingo nada más. Soy un tipo más libre. Mi papá, que era espectacular, me dijo: 'elegí lo que quieras pero no me vas a fallar'. Entonces fui al Martín Zapata. En ese entonces ya me apasionaba la arquitectura. Dos años antes de recibirme en el secundario comencé a colaborar en la construcción de la galería Tonsa, que la hizo una empresa en que trabajaba un primo mío que era arquitecto. Durante las vacaciones de invierno y verano iba a trabajar a la galería y eso terminó de redondear mi pasión por la arquitectura . Estudié hasta segundo año de Arquitectura, porque me tocó el servicio militar en la IV Brigada Aérea. Estuve sólo 7 meses y 21 días. Salí en la baja de honor. Después volví a Arquitectura pero nunca rendí la tesis, no sé porqué. He tenido una vida licenciosa, libre. A los 18 hice mi primer proyecto de arquitectura porque trabajaba en una empresa. Es una casa de calle Sobremonte antes de Olascoaga. Tuve mis malos momentos pero siempre recibí el respaldo de mi familia.

–¿Tu nombre fue un presagio?–Mi madre tuvo una visión gigantesca (risas). Le ponía Miguel Ángel a todos los muñecos que tenía. Se llamaba Antonia García y falleció a los 56 años de un problema del corazón. Mi papá, Pablo, fue un fotógrafo muy importante, un artista. Trabajar con él en el laboratorio de fotografía fue increíble. Me enseñó muchos trucos y la fotografía siempre fue un momento de grandísimo placer para mí.

–¿Sacás fotos?–Soy muy malo sacando fotos pero mi hijo es muy bueno (risas). Yo podría haber tenido otra vida si hubiese seguido los pasos de mi papá y hubiese tenido la ventaja de haber tomado un momento de la fotografía de color que empezó acá. Hubiese sido Dios y María Santísima, porque traía todo un bagaje que hubiese sido muy bueno, además con el prestigio que tenía mi papá... Son esas cosas que te quedás pensando en el examen de conciencia pero no digo "Uh, me quedé acá". Tengo una hermosa vida.

–¿Sos una persona espiritual?–Absolutamente, quizás demasiado. Me tocan muchas cosas. Me conmuevo. Cuando iba al colegio Claret y cuando he tenido mis crisis religiosas siempre he hecho un examen de conciencia, simple, comprometido. A la noche vos te acostás y decís: “¿Qué hice hoy?” Lo sigo haciendo. Ese análisis de conciencia te permite dos cosas: primero tener un ancla a una realidad que es tu realidad de todos los días y segundo, te permite tener un despegue y una visión de las cosas que podrías haber hecho y no hiciste. En el medio de todo eso, hacer el análisis para saber realmente cuáles han sido las cosas que hiciste por acción y por omisión y en este segundo caso, si fue voluntario o involuntario. Siempre he tratado de que mi voluntarismo esté dirigido a un espacio creativo y colectivo, con proyección, no creativo personalista porque creo que el exceso de personalismo nos lleva a una visión de nosotros mismos bastante deformada de la realidad.

–¿Qué opinás sobre el arte?–También creo que el arte es tan maravilloso y da tantos mensajes que debe ser para enaltecer a las personas, para embellecer su vida, para hacerla más liviana y permeable a las cosas buenas y bellas y más posibles de integración con las otras personas. Creo que el arte debe ser un canal, un medio de vinculación entre las personas. Creo que el arte nos hace ver en nuestra verdadera magnitud porque nos hace ver más humildes y más puros. Cuando vos podés, a través de esa simpleza de ver una obra de arte conmoverte, esa conmoción interior se prolonga para abajo y para afuera. Eso te va a permitir comunicarte con otras personas.

–¿Y sobre tu labor?– La restauración es un tema bastante difícil. Hay muchísimos opinólogos y muy pocos saben profundamente del tema. Es un tema opinable y bastante difícil porque hay un monumento determinado en que es el homenaje y a ese homenaje, que fue hecho en un tiempo y en un contexto histórico, cuando pasa el tiempo es la antítesis de lo que se está viviendo. Entonces eso traza a veces una línea y uno está en esa línea.

El vitral que se incendió para la Vendimia de 1976

Miguel Ángel Marchionni suele participar en el diseño de escenografías para fiestas departamentales de la Vendimia pero en su trayectoria también tiene experiencia en actos centrales con el gran Abelardo Vázquez. Con él dibujaban las vendimias en los manteles del Club Libanés, “tengo uno todavía”, cuenta. Trabajó con él muchos años. En 1976, Vázquez le había pedido algo nuevo para la Virgen de la Carrodilla. “Él era un visionario, un tipo muy hábil en conocer los gustos y la tendencia de la gente. Tenía calle y sensibilidad, eso es un artista popular, esa es la esencia. La posibilidad de que él me escuchara me dio envergadura artística, alguien a quien yo consideraba un artista excelso me escuchó y puso en práctica algunas de mis ideas. Entre ellas estuvo una virgen de vitraux. La construí en el patio de mi casa, medía 12 x 4 metros. Calé una lona y le puse papel celofán de colores, porque en ese momento no había acetato. La llevamos al teatro griego y la colgamos tres días antes de la Fiesta. El jueves no veía la hora de que se hiciera de noche para hacer la prueba... Llegó la noche y encendieron las luces. Fue maravilloso y de repente se prendió fuego”, relató con tristeza. Y continuó: “Subimos con la camioneta al cerro. Me dijeron 'Miguel Ángel, no importa, la gente no sabe que iba a salir la Virgen, ponemos otra cosa y listo'. Pero le dije: 'yo sí sé que iba a ir la Virgen ahí'. Entonces me fui a mi casa y la hice de nuevo. Lo hice por lo que a veces me quejo: el impulso. Era un compromiso que había asumido y para colmo, la había visto, fue fugaz, pero existió diez segundos y no podía decir que nunca había estado”. En las repeticiones de las fiestas, Marchionni solía mezclarme entre el público y no miraba hacia el escenario sino a la gente. “Sabía cuándo iba a venir el momento y observaba las caras cuando se venía el ¡Ohhh! Esa expresión de 20.000 personas era miel para mí”, recordó.

Perfil

Nació el 7 de julio de 1943Está casado con Violeta Sánchez, con quien tuvo un hijo, Franco. Es además abuelo de cuatro varones.

Deportes Jugó al fútbol en Independiente Rivadavia y también practicó rugby.

Su carrera

Sus estudios primarios se repartieron entre el colegio Padre Claret y la escuela Quintana. En el secundario, mientras estudiaba en el Martín Zapata (UNCuyo), cursaba a contraturno en la Escuela de Bellas Artes. Cursó cinco años de arquitectura, pero nunca rindió la tesis. Se formó en restauración de manera autodidacta. “Siempre he tenido la idea de mi libertad de creación, de no imposición de una técnica. Mi conocimiento es más empírico. La prueba y el error en la vida de un artista es fundamental”, acotó Miguel Ángel Marchionni.