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Siete bebés, cuyas edades van desde los pocos meses de vida a los dos años, hasta hace una semana vivían con sus mamás en celdas de 3 x 2,5 metros.

Crecer entre barrotes

Por Rosana Villegasrvillegas@diariouno.net.ar

Ellos nunca se llevaron nada que no fuera suyo, ni siquiera un juguete. No podrían empuñar un arma porque no tendrían la fuerza suficiente para hacerlo, no entienden lo que significa la palabra abuso, apenas podrían balbucearla. Son bebés. Todos tienen entre unos pocos meses de vida y 2 años, pero pasan sus noches y sus días entre rejas, porque es allí, en la cárcel de mujeres donde están detenidas sus madres. Con ellas, estarán hasta que reciban la libertad o hasta que cumplan los 4 años, momento en el que un Juzgado de Familia decidirá si se van a vivir con algún familiar que los pueda cuidar o si pasan de ese encierro a vivir en un hogar de niños.

En ese enorme predio dividido por la calle Montes de Oca, al oeste de Godoy Cruz, perteneciente a la DINAF (Dirección de Niñez, Adolescencia y Familia), parecen coexistir todas las formas de encierro humano posibles. Allí, de un lado funciona el edificio del ex COSE –hoy Sistema de Responsabilidad Penal de Menores– y cruzando esa calle, a metros de la Casa Cuna, se levanta una enorme casona de techos altos y tejas que, con el correspondiente refuerzo de gruesas rejas en las puertas y la esperada tela de cierre perimetral en lo que haría de patio, le da forma a la Alcaidía Nº2 donde se alojan mujeres presas que están por cumplir sus condenas.

El ritmo y la sonoridad de ese edificio cambió el viernes 1 de este mes, cuando a las once detenidas que están en período de prueba y con salidas transitorias, se sumaron cinco que no llegaban solas: llevaban consigo a sus pequeños hijos, quienes desde hace meses o años comparten con ellas las celdas de la cárcel de El Borbollón.

En la Unidad Penal Nº3, la cárcel de Mujeres de El Borbollón, en Las Heras, se alojaban hasta el viernes 1 de este mes 90 presas, procesadas y condenadas, entre quienes se encontraban distribuidas en distintos pabellones, las cinco que por algún motivo en especial están detenidas con sus hijos.

Mariela tiene cerca de 40 años y cayó presa por tercera vez en los últimos 15 años. Fue condenada por robo agravado y ahora está procesada por su reincidencia en una causa de encubrimiento. Está detenida con su hijo “B.”.

“B.” es el mayor de los chicos que viven en la Alcaidía, tiene 2 años y medio, y compite con la personalidad de “S.”, catalogado por el personal penitenciario como “el terrible” del grupo. En el enorme salón que hace ahora de celda compartida, donde viven las seis presas y los siete hijos, no hay muchos juguetes. En realidad sólo se ve en el fondo un sonajero roto.

“B.” pretende usar el andador de uno de los niños más pequeños y cuando comprueba que sus piernas son más largas de lo que las debería tener un niño que use un andador, se lo pone como pañal y consigue el propósito de llamar la atención. Después, lo tira para entretenerse con un pomelo que hace de pelota.

Él llegó a El Borbollón cuando apenas tenía unos pocos meses y pese a su corta experiencia de vida, a esta altura podría contar que es mayor el tiempo que ha vivido encerrado que el que disfrutó de la libertad con su familia, pero no habla mucho, sólo parece comunicarse con su madre. Así, entre pequeñas celdas en las que nunca pudo jugar más allá de la cama que compartía con su mamá, y angostos y destrozados pabellones comenzó a dar sus primeros pasos. “Le costó empezar a caminar, pobre, porque el piso de la cárcel está todo roto y el patio es de tierra así es que ni siquiera podía gatear. Eso le retrasó el aprendizaje, pobre. Empezó a saber lo que era caminar después del año y medio”, recuerda Mariela, quien a fuerza de reincidencias aprendió cómo es criar un hijo estando presa. A esta altura ya tiene 6 chicos –uno de ellos es un adolescente que ya tuvo problemas con la Justicia–. De ellos, los tres menores crecieron con ella en un penal de mujeres. Es más: el tercero en el orden de nacimiento, llegó a este mundo en la misma cárcel de El Borbollón.

“Él tuvo más suerte. Los dos que nacieron antes la pasaron muy mal. Ellos estaban conmigo cuando fue lo del motín vendimial (en marzo de 2000) y ahí hubo mucho peligro, porque en un momento, para reprimir a los presos que estaban amotinados, tiraron gas lacrimógeno y yo me desesperé porque pensé que se me morían mis hijos asfixiados en el penal. Lo bueno fue que en ese momento se llevaron a todos los niños, llamaron a los familiares y los sacaron de la cárcel”, rememora, mientras acaricia al único hijo que puede criar.

Hasta hace poco más de una semana, apenas abrían sus ojos, esos pequeños se descubrían literalmente pegados a su mamá, y no era sólo por un gesto de cariño o de cuidado. El hecho de que estuvieran durmiendo en la misma cama obedecía a que no había lugar ni para una sola cuna, porque el ínfimo espacio de 3 x 2,50 metros de las celdas de la cárcel de El Borbollón no lo permitía. Apenas cabían allí las tres camas de las internas detenidas y algunas veces, dada la superpoblación carcelaria de los últimos años, inexplicablemente se alojaba a cinco o seis mujeres que terminaban tirando colchones al piso.

Si alguna de ellas llegaba con un hijo o estaba a punto de parirlo, sería su problema cómo se las ingeniaba para criarlo con esas limitaciones. En definitiva “ella está allí pagando un delito del que se la considera culpable y si no le han otorgado la prisión domiciliaria, por algo será, lo más probable es que haya reincidido y en ese caso nadie la obligó a robar, por decir algo”, dice una carcelera enfundada en su pantalón tipo cargo gris, sujetado con un tosco cinturón negro, que hará juego –sin que el objetivo sea la combinación de moda–con los borcegos. Al parecer, ni a ella, ni al sistema carcelario les preocupa demasiado el bienestar de ese niño que no habla. Quizás si pudiera contaría, lo espantoso de despertarse entre rejas.

“En El Borbollón tuve problemas con una interna porque ella le hacía cosas feas a su hija y con mi hijo estábamos en el mismo pabellón, y él miraba y aprendía eso que le hacía. Yo no podía creer que esa mina le hiciera esas cosas (prefiere evitar los detalles) a su nena y la enfrenté, por su hijita y por el mío. La verdad es que las que nos mandamos las macanas somos nosotras y al estar al lado nuestro, los chicos terminan pagando lo que no hicieron”, reflexiona Mariela.

Romina está procesada por supuesta participación en un hurto simple y compartía la celda 27 del pabellón 3 de El Borbollón con su hijo “R.”, un bebé de poco más de un año que llegó a la cárcel cuando apenas tenía cuatro meses. Antes de comenzar a contarnos la historia clínica de su bebé –fue la que motivó el traslado de esas presas y sus hijos a la Alcaidía de la DINAF–, pide que la esperemos y se acerca al titular de todas las Alcaidías, Enzo Quiroga, para recordarle que tenga presente su pedido de visita al padre de su hijo, a quien no ve desde hace cinco meses. El hombre está alojado en la cárcel Almafuerte y para poder ver a su hijo, ambos presos deben solicitar el permiso de visita cuya aprobación está sujeta a sus informes de conducta. Si se lo otorgan, una movilidad del Servicio Penitenciario la traslada a ella y a su bebé al penal de Cacheuta y “R”. puede estar con su padre un par de horas.

“Hace poco él se me escapó de la celda con su andador y terminó desmayado. Nosotras empezamos a pedir auxilio a gritos, porque el bebé no reaccionaba. Cuando estábamos en El Borbollón, era un desastre si un chico se te enfermaba o le pasaba algo, porque no había movilidad para trasladarlo y estábamos lejos de todo. El tema es que lo llevaron al Notti y lo dejaron internado porque se había intoxicado con marihuana. Parece que las internas de otras celdas han estado fumando y él respiró el humo y le hizo mal. En ese momento, comenzaron a investigar en todas las celdas, en la mía también, y descubrieron que yo no tenía nada encima”, repasa Romina y el resto de las internas asiente con la cabeza recordando aquel día en el que la cárcel entera se movilizó por lo que le pasó al bebé.

Desde ese momento, las autoridades del Servicio Penitenciario entendieron que debían preservar a los pequeños de ese tipo de peligros a los que se exponían compartiendo su vida con el resto de la población carcelaria femenina y trasladaron a estas detenidas a la Alcaidía Nº2.

La ley 24.660 de Ejecución Penal establece en el artículo 32 que el juez competente puede dar prisión domiciliaria a las mujeres que estén embarazadas o tengan un hijo menor de 5 años. A quien viole esta detención se la revocará y será llevado a un penal.

Los ojos de Marily son inolvidables. Nadie que la haya visto en los informes policiales allá por 1999 cuando le leían su condena a perpetua por el doble homicidio agravado de sus padres adoptivos, podría olvidar su rostro y esos ojos verdes. Años más tarde, durante la gestión del ex gobernador Celso Jaque recibió una rebaja de pena y está pronta a salir en libertad. Ella está en la Alcaidía desde hace tiempo y ya disfruta de sus salidas transitorias. Tras un corto noviazgo, el año pasado quedó embarazada de gemelas. Las bebas nacieron de siete meses y una de ellas murió a la semana por problemas respiratorios.

Su única hija “O.” se convirtió, desde entonces, en la “mascota” de la Alcaidía, pero ahora perdió protagonismo y se muestra celosa de los cinco niños desconocidos que llegaron hace una semana.

“Desde que llegaron ellas (por las internas) a mí me trasladaron a este pabellón para que estuviéramos todas las madres juntas y de alguna manera, eso fue un retroceso para nosotras dos, que estábamos acostumbradas a estar solas. Acá la puerta se cierra a las 22 y se abre a las 8 de la mañana, y tenemos que convivir con los demás chicos, pero ella se está adaptando bien y además, nos queda poco acá dentro. Lo bueno de estar en la Alcaidía es que está todo cerca. Hace poco ella se me ahogó con comida y se estaba poniendo morada cuando la enfermera me la quitó y se la llevó al microhospital y la pudieron salvar. Si hubiéramos estado en El Borbollón, capaz que se me muere mientras esperamos que la trasladen”, dice la mujer, que asegura que la maternidad le cambió la vida, justo a ella, a quien su madre la abandonó apenas nació y fue esa carencia afectiva la que la hizo peregrinar entre la Casa Cuna y los hogares de niños, hasta que recaló en una familia, cuyos padres –aseguró en su momento– la maltrataban. Ella le puso fin a ese maltrato con veneno.

“En la Alcaidía el trato es distinto al de un penal común. Acá si bien se cierran las puertas de noche, durante el día ellas pueden deambular por la casa y salir a comer al patio. En esta casa, además de las viandas que se les dan a los chicos, ellas pueden cocinarles a sus hijos”, cuenta Patricia Sosa, jefa de la Alcaidía Nº2.

Más allá, mucho más allá de tener que pagar con prisión el delito que cometieron, a varias de estas mujeres hay algo que las perturba más que el hecho de haber perdido su libertad: la imposibilidad de poder ver a sus otros hijos. De ellas, quien más lo padece es Mariela, que tiene el rostro curtido de tantas idas y vueltas de un penal a otro. A ella ahora le duele aún más tener que visitar otro penal, el de San Felipe, donde está alojado su hijo mayor, el que creció sin ella. 

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