uena el móvil. Es tarde, medianoche. No, no suena. Hace un ruidito y eso es lo que sí suena: un ruidito. No hay llamada. Y como no tengo WhatsApp, tampoco es eso. El despertador, mucho menos. Resulta que el ruidito ése no es un algo que suene considerable para despertarme. El ruidito es la alerta de un mensaje directo de ese otro coso llamado Twitter. Hay una luz que me avisa que algo ha llegado, además del ruidito.
El mensaje directo me lo acaba de enviar el Oso Arturo. No voy a colocar su nombre de usuario. Sospecho que él no quiere saber nada con estas cosas. Escribe, en correcto español: “Y como si no tuviera problemas con el clima, ahora Cher me hace fama de homosexual. No doy más. ¿Te puedo llamar?”.
Digo que sí. Es un sí del que no estoy convencido. Es un sí frágil que hasta podría ser un no. Me gana la inercia. “Claro, llamá”, respondo, vía Twitter.
M -¿Vos no tendrías que estar durmiendo, en vez de quedarte en Twitter hasta esta hora?
Cuando termino me doy cuenta que quizá el saludo es agresivo.
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