Carta abierta dirigida a los empleados públicos

Por UNO

Por Jorge Horacio SánchezEl autor es veterinario y productor agropecuario

La idea es que la empresa para la que trabajan está en quiebra, como muchas de las que emplean a cientos de miles de argentinos, pero hay una diferencia: ustedes no están sujetos a los efectos de esas dos palabras que mueven el mundo real: “Estás despedido”…

Y lo irónico es que somos nosotros los que mantenemos esa empresa, que debe existir y ser eficiente, pero quienes la gerencian, elegidos a través de las urnas, se apropiaron de ella, la quebraron y creen que solo está para que ellos se enriquezcan.

Ellos son los verdaderos responsables y quienes deberían comenzar por devolver los bienes de los que se adueñaron, los que están ahora y los que estuvieron antes. No es justa la situación comparada: ustedes, empleados públicos, haciendo huelga y pidiendo aumentos, y nosotros sus empleadores, desocupados y haciendo equilibrio con las monedas.

Solución con alternativasPropongo una parte de la solución: aceptemos su pedido de aumento salarial, con la condición de que simultáneamente ustedes pasen a ser prescindibles. Que se los pueda despedir, con la debida indemnización, igual que a nosotros.

Por ejemplo, dice el representante de los choferes de trolebuses que aumentó sensiblemente la planta de empleados y que no cumplen con las funciones específicas. Solución: concurso inmediato o selección por antecedentes y capacidad, y quedarán los mejor calificados para cubrir la planta necesaria. El resto, a su casa. Docentes, ídem. ¿Cuántos años hace que está en el mismo cargo? ¿Nunca concursó? ¿Hizo cursos de especialización? ¿Cuántas faltas tiene?, etcétera.

Médico de hospital público: cumplimiento de servicio, calificación de su atención a los pacientes, etcétera. Abogado del Estado, ídem.

Señor que sirve el yerbeado, buscar otra ocupación, ya que todos nosotros desayunamos en casa antes de ir a trabajar. Así, se acabarían las caras agrias que nos miran sobre los anteojos mientras comen una tortita y tragan el yerbeado diciéndonos con esa mirada: “Te voy a atender cuando se me ocurra”. Y los empleados de la aerolínea del Estado que no tiene aviones ¿y tiene azafatas y comisarios de a bordo? Sin palabras.

Los empleados públicos deben existir y los hay sobradamente calificados y muy eficientes, y con verdadera vocación de servicio. A ellos, nuestro eterno agradecimiento.

Conozco a más de uno en distintos niveles, por ejemplo, maestros rurales, policías en destacamentos alejados, médicos en puestos sanitarios que aportan dinero y medicamentos, enfermeros, científicos que aportan con sus investigaciones, etcétera. Seguramente, no reciben el reconocimiento adecuado y su situación podría mejorar sustancialmente si se redistribuyeran los recursos en forma más justa. Es decir, si las previsiones presupuestarias referidas a sueldos no incluyeran a aquellos que ni siquiera encuentran un lugar para sentarse en las oficinas porque no alcanzan las sillas ni los escritorios y, por ende, las funciones, ya que ni unas ni otras estaban previstas.

Con todo respeto, aprovecho para saludar a quienes toman la función pública como un servicio y la ejercen como tal.