Por Laura Zulián
Se cansaron de llegar a misa y encontrarse con que la entrada de la iglesia había sido usada, así sin ninguna contemplación, como baño –en el mejor de los casos– o como refugio para actividades amorosas que, como rastro dejaban algún que otro preservativo usado. Por eso, en la Parroquia Nuestra Señora de Luján, ubicada justamente en Luján de Cuyo, frente a la plaza departamental, decidieron enrejar la entrada. Fue la única y radical solución que encontraron para evitar estos y otros hechos vandálicos.
El recompuesto templo de Luján luce ahora, además de su remodelación, rejas a lo largo de toda su entrada. Desde hace un mes, los fieles que van a misa tienen que entrar y salir por una pequeña puerta que abren para tal fin, porque en la iglesia se hartaron de ser víctimas del vandalismo. A la parroquia no la respetaban ni por ser ya mayor –tiene 155 años– ni mucho menos por ser una casa de Dios.
A la mañana, cuando iban a abrir las puertas, se encontraban con restos de materia fecal y orina, y hasta usaban las columnas como arcos para jugar al fútbol. Poner rejas fue la única solución que encontraron para preservar el patrimonio cultural de la comunidad lujanina.
“Hace un mes más o menos la pusimos, porque la usaban como baño y otras cosas más”, comenta, tímidamente, al principio, el cura párroco José Rocuzzo, que está al frente de esta comunidad desde 2008.
La idea era proteger el edificio y no cerrarlo. “Esto no ha sido un criterio particular de un párroco, es una decisión que se ha tomado como última opción”, contó, más suelto, Rocuzzo. Así, enumeró una serie de situaciones que tenían que tolerar cada vez más asiduamente desde que se remodeló el templo y desde que la Municipalidad hizo peatonal la calle que separaba a la iglesia de la plaza departamental.
“Había preservativos tirados, y eso atenta directamente contra la moral de la iglesia”, agregó indignado. Rocuzzo contó que también las instalaciones eran usadas como pistas para practicar skate por los más jóvenes y hasta las columnas como arcos de fútbol por padres e hijos.
El cura comentó que al municipio le pidieron que hiciera algún otro tipo de pista para que estos chicos pudiesen usar para andar en las patinetas, pero no recibieron respuesta alguna y hasta levantaron firmas y presentaron una nota, pero tampoco esto dio frutos.
Otra de las alternativas fue tratar de persuadir con palabras a quienes usaban la entrada del templo, pero lo que recibieron a cambio fueron insultos. “Lo mínimo que te decían era ‘tarado’. Agotamos todas las instancias antes de tener que poner la reja y no se pudo. Hay que preservar el patrimonio que es la iglesia”, señaló.
A estos actos de vandalismo también hay que sumarles las pintadas en las paredes y los constantes gastos que significaba tener que comprar pintura para repintarlas. El costo de las rejas fue cubierto por las propias colaboraciones que los fieles dan a la Iglesia.
Clemente Salomón, uno de los fieles de Luján, opinó que poner las rejas era una necesidad, porque “hacían muchos destrozos y cosas reñidas con la moral. Costó mucho juntar la plata –se gastaron unos $40.000– pero es para respetar el templo”, comentó.
“Esto viene de hace mucho, pero se agravó cuando hicieron la calle peatonal. Era un bochorno llegar a la mañana a misa y ver todo lo que dejaban”, dijo indignado, y comparte la decisión de la parroquia porque era la única forma de conservar el templo. “Quizás no se vea muy estético y le quite espacio, pero no quedó más opción”, señaló en clara coincidencia con las palabras de Rocuzzo.



