Rosa Pereyra. A los 79 años, sigue escribiendo con una consigna tan sencilla como contundente: "Se empieza con una mayúscula y se termina con un punto".

Apasionada por los cuentos, la poesía y la docencia

Por UNO

“Se empieza con una mayúscula y se termina con un punto. En el medio va el talento. Eso sucede cuando uno escribe”. Con una simpleza superficial, pero contundente en su contenido, Rosa Pereyra (79) define una de las pasiones a la que ya lleva dedicados varios años de su vida. Los resultados de su metódico empeño se traducen en unos 500 cuentos y más de 15 cuadernillos de poemas que le valieron variados reconocimientos provinciales y nacionales, expresados hoy en "esos papelitos” enmarcados y colgados en el estar de su casa en Guaymallén. Uno de ellos, el premio Vendimia 2013, fue por su libro Resero de pájaros, del que aún está pendiente su publicación por el Ministerio de Cultura.

La suya es una historia de dedicación, pero también de superación personal, ya que a pesar de ser abuela de las generaciones tecnológicas, con el tiempo se animó a saltar de la máquina de escribir a la computadora de escritorio, que hoy preserva en una de las habitaciones de la casa que en Villa Nueva que comparte con su sobrina, cuyo afecto es como el de una hija.

“Antes escribía a mano en papel y pasaba a la máquina. Cuando tuve la computadora hice lo mismo, hasta que me animé a hacerlo directamente”, cuenta la mujer que, sin embargo, no puede con la poesía transitar el mismo proceso. “La poesía la escribo en un cuaderno, sobre la mesa de madera que compró mi padre postizo, Dionisio Fernández, y que está en esta vivienda hace por lo menos 90 años. Yo sé que me siento ahí y algo me sale”, argumenta la docente poeta, tan humilde como prolífica en su creación literaria.

Nació al sur de La Rioja, el 16 de mayo de 1935, en una zona desértica y dibujada por llanos. A pesar de que llegó a Mendoza hace 77 años –luego de que su madre Higinia Fernández de Pereyra muriera cuando ella tenía 20 días de nacida–, el vínculo con su ciudad natal y también su lugar por adopción son sus venas literarias.

En la reseña de su libro La espina doliente (editado por el municipio riojano de Rosario Vera Peñaloza) se expresa claramente: “Como si la tierra misma fuera el permanente nexo con la creatividad que de ella emana”.

Los cuentosAl abrir la puerta de su casa en la calle Victoria, la primera imagen que convida Rosa es la de una mujer tímida y respetuosa para entablar una conversación, hasta que se deja ahondar esa piel curtida por el tiempo, algunas soledades y muchas nostalgias. A poco de intercambiar experiencias, expresa su vínculo profundo con el mundo externo que ella prefiere siempre traducir en palabras escritas. “Un compañero del taller dice que la poesía es el arte de decir con palabras lo que uno no puede decir con palabras. Coincido”, explica la poeta que es miembro de la Sociedad Argentina de Escritores y asiste a diversos talleres literarios donde afina su caudal creativo: “Siempre me gustó la poesía. Con el tiempo fui puliendo mi técnica.

La participación en concursos es relativamente nueva. Escribí muchos años sin otro apoyo que mis ganas de trabajar”.

Esta escritora fue maestra, vicedirectora y directora en escuelas mendocinas. Primero ejerció la docencia en El Vergel, Lavalle, y luego se afincó en la Almafuerte de Villa Nueva, en el contexto de su barrio y donde incluso cursó la primaria.

Alcanzó a subir los primeros peldaños del nivel universitario en Filosofía y Letras de la UNCuyo, pero desistió, como también de su vocación docente cuando debió hacerse cargo de la invalidez de su padre adoptivo.

Y fue en ese “ocio involuntario pero necesario” que a Rosa le nacieron los cuentos, porque la poesía apareció en el inicio de su vida misma.

“Me llegó una carta contándome de una gran sequía que afectaba a mi pueblo riojano y se me ocurrió que aquella historia podía ser una narración. Los cuentos son como las cerezas: contás uno y atrás de ese viene otro y ese trae otro más. En 1987 la UNcuyo abrió un concurso que se llamaba Antonio Di Benedetto, gané, y entonces me los publicaron”.

ReferentesEsa característica timidez por la que se reconoce como “poco sociable y enemiga de las reuniones”, no le impidió conocer a escritores de la talla de Ricardo Casnati y Américo Calí, a quien alguna vez le llevó escritos para que se los criticara. Tampoco la privó de tener entre sus narradores mendocinos de preferencia al sanrafaelino Alfredo Bufano o a Di Benedetto. Pero su referente y motivador fue el riojano Héctor David Gatica, “quien me insistió día y noche para que publicara”.

“¿Alguna vez dejó de escribir, Rosa?”, se le preguntó a esta poeta.

“Cuando fue el hundimiento del Belgrano, en medio de la Guerra de Malvinas, recibí una carta en la que una persona de manera anónima me expresaba su disgusto porque nosotros los escritores sabíamos manejar palabras bonitas y no podíamos poner un freno al conflicto. No pude entender ese planteo y me entristeció al punto de que estuve un año sin escribir", respondió, con un dejo de amargura por aquella anécdota.

En las nuevas generaciones, Rosa ve mucha creatividad e ingenio. Pero, como remata, "también a muchos que dicen 'yo escribiría' y nunca lo hacen. Creo que hace falta mucha dedicación”.