Paola Aléale.paola@diariouno.net.ar
El pasado 18, la sala mendocina cumplió 87 años. Los que trabajan allí cuentan que al menos han visto dos fantasmas recorrer el lugar. La historia de ellos y del emblemático teatro.
Ánimas en el Independencia
El 26 de setiembre de 1970, Rodolfo Bebán actuaba en Mendoza y Wenseslada Orozco, que estaba embarazada de nueve meses, veía la función.
El 26 de setiembre de 1970 era también el día en que su hijo Daniel había decidido nacer. Pero Wenseslada era demasiado fanática de Bebán como para hacer caso a las contracciones que le anunciaban que lo mejor era retirarse antes del final de la obra o que, de lo contrario, el teatro Independencia se convertiría en una sala de partos. Así fue que soportó los dolores y aplaudió a Bebán. Luego se retiró a parir, aunque antes se cercioró de llevarse un autógrafo de su ídolo en una campera.
“Cómo no voy a amar el teatro, si casi nazco en la novena fila”, dice Daniel Cortez, al que todos llaman Dawer y quien nos guiará –cual grupo de expedicionistas– en una especie de “safari teatral” para conocer los secretos que se esconden detrás del escenario.
Dawer no recuerda cuándo exactamente se formalizó su relación laboral con el Independencia; más bien parece desde siempre. Por eso lo siente como su casa. Hasta allí iba a visitar a su padre, el técnico retirado Guillermo Cortez. “La cultura y el arte no son redituables. Esto te tiene que gustar, tenés que amar este trabajo, si no, no lo podés hacer, porque uno vive acá. No tenemos fines de semana ni feriados. Pero yo estoy enamorado del teatro”, se sincera Dawer.
El teatro es de verdad un lugar hechizante. Por eso, recorrer su columna vertebral y no sólo detenerse en su rostro produce una intensa fascinación. Nos internamos, con Dawer a la cabeza, en esa tarea de indagar. Somos cinco los que nos dejamos guiar por él y escuchamos sus historias.
“Vengan por acá”, nos dice. Estamos detrás del escenario. Lo que nos señala es una escalerita caracol en la que sólo se puede subir de a una persona, por lo muy estrecha y poco iluminada. Mejor no mirar demasiado hacia arriba, para no descorazonarse. Dawer guía, nosotros obedecemos. Lo que vemos es un submundo de sogas, cables, telones, cámara de sonido y tumulto de luces. Allí están, frente a nosotros, las venas abiertas del teatro, la tierra en la que técnicos y maquinistas teatrales mandan. Llegamos a los puentes de maniobra.
En estos lugares, por ejemplo, se encuentran las sogas para mover los telones. “Cada uno pesa 160 kilos. Para correrlos tengo que sostenerme trabando un pie y tirando el cuerpo para atrás, si no, me lleva el mismo peso”. Mientras explica, el técnico muestra su postura como un equilibrista.
Una de las expedicionistas es la misma directora de la sala, Julieta Martínez. También está atenta a las historias del técnico y aporta algunos detalles que hasta parecen parte de esos cuentos maravillosos que escuchábamos de niños.
Así es como llega el momento de hablar de fantasmas. De hecho, ningún teatro que se precie de tal podría serlo sin poseer un fantasma. Y en el Independencia no hay uno, sino dos. A juzgar por las expresiones de los que lo cuentan, parece que es verdad; no hay lugar para dudarlo.
“Él aparece acá, en el segundo puente de maniobra, dicen los que lo han visto pasar. Pero generalmente está cuando la función le gusta. Más que nada, disfruta de las obras de teatro” cuenta Dawer.
El fantasma del teatro no es el espíritu de alguien que haya muerto en el Independencia. Lo que dicen es que es un ánima de la época en la que la cárcel de Mendoza ocupaba el predio en el que en 1925 se levantó esta sala, además de un casino y el Plaza Hotel.
Es un ánima traviesa, pero sin intenciones malignas. Sólo apaga las luces de los baños cuando hay gente adentro, acomoda las butacas haciendo un poco de ruido, hace crujir muebles y le gusta salir en algunas fotos. También tiene una afición por el ascensor del hall central: muchos de los que trabajan sienten que sube y baja “solo”, aunque todos suponen que es el fantasma el que se entretiene con eso.
Lo que vemos es un submundo de luces, cables, telones y tumulto de luces. Allí están, frente a nosotros, las venas abiertas del teatro. Estamos en una tierra en la que técnicos y maquinistas mandan. De todas maneras, no es la única alma errante que habita entre las tablas. Hace poco tiempo, en una de las salas de ensayo que se ubican en el edificio contiguo, que se construyeron luego de la remodelación de 2000, que mantuvo cerrado al Independencia durante cuatro años, se vio otro fantasma. Esta vez se trataba de la imagen lánguida de una mujer, vestida de blanco, tan etérea que apenas flotaba entre los artistas.
Ella parece ser más tímida. No es tan afecta al público, sino que se mantiene en la trastienda, donde ensayan los artistas.
Todos estos mitos corren como la sangre que le da vida al teatro.
Hasta su construcción es mítica, ya que nadie sabe a ciencia cierta la verdad de sus orígenes.
Dicen que el dinero para la obra lo invirtió una condesa de impronunciable apellido, cuya mansión se ubicaba enfrente del terreno en el que se levantó el edificio.
Era la primavera de 1925 cuando el teatro encendió las luces del escenario por primera vez. Cuando se descorrieron sus pesados telones, quien se asomó en las tablas fue una de las actrices más reconocidas del momento: Camila Quiroga, que protagonizó la obra La emigrada, de la Compañía Argentina de Dramas y Comedias, que dirigía Vicente Martínez Cuitiño.
El teatro se construyó siguiendo el estilo francés de Beaux Arts, una escuela arquitectónica que priorizaba las grandes entradas y escalinatas, la simetría, la precisión el diseño, el uso de bajorrelieves, figuras escultóricas, balaustradas y pilastras. La edificación quedó plasmada en la ley provincial Nº832, en la que no sólo se contemplaba que se levantara la principal sala de espectáculos de la provincia y una de las más prestigiosas del país, sino que también quedaba explícita la edificación de un hotel y una sala de juegos, todos respetando el mismo estilo.
Pero lo que quizás nadie sabe es que una vez el Independencia fue carpa de circo y salón de baile.
Circo con animales: elefantes, monos, leones... Esos de antes, en los que los malabares eran el centro del entretenimiento.
Nada de alfombras, butacas ni puertas aterciopeladas. Arena de circo, jaulas, malabaristas; eso que se llama puro circo. Sin eufemismos: un elefante en el teatro. Allí mismo donde después estuvo Bebán, ídolo de mujeres embarazadas.
En cuanto al terrible baile de Carnaval que se organizó en el Independencia, fue tal la popularidad del evento, que se levantaron todas la butacas y el piso se niveló para hacerle más lugar a la gente.
También se estilaba que en sus primeros tiempos el teatro fuera sala de cine mudo, con una orquesta que tocaba en vivo la música de las películas. Un lujo para cualquier espectador de antes. Con el correr del tiempo, el Independencia sufrió algunos cambios, como les pasa a las personas. La primera transformación que se produjo fue 15 años después de haberse inaugurado: en 1940. En esa oportunidad se incorporaron detalles a su edificación.
En 1944, la sala reabrió sus puertas con la película Casablanca. El infortunio fue la razón del siguiente cambio. Luego de un incendio, en 1963. No pudo ser remodelado hasta el año próximo y recién en 1965 volvió a brillar en sus tablas el ballet del teatro Colón.
No hubo remodelaciones sino hasta la década del ’70 y, más acá en el tiempo, en 1991. Pero sólo tuvieron que ver con modernizar sus instalaciones para hacer sentir más cómodos a los artistas y al público.
Ninguno de los teatros de Mendoza ha sido tantas veces mejorado, cuidado o preservado con tanta rigurosidad como el Independencia. No sólo por la voluntad política de los sucesivos gobiernos, sino también por el trabajo y la protección de sus mismos empleados.
Sin embargo, la gran transformación de esta emblemática sala fue a principios de este siglo. En 2000 cerró sus puertas para abocarse a un rediseño integral. Es más: se agregó un edificio completo en el que funcionan las salas de ensayo y otras dependencias artísticas. Entre los detalles que se mejoraron en esta remodelación se encuentra la recuperación de un antiguo ascensor que no era original de la sala, sino del Plaza Hotel, el cual había sido descartado junto con los escombros de la demolición cuando se construía el Hyatt. Fueron Dawer y un compañero quienes, literalmente, “robaron” el ascensor de la basura.
También se recuperaron 13 murales del pintor mendocino Federico Chipo Céspedes. Los frisos hacen una alegoría al teatro, la ópera, la danza, la música y la pintura. Fueron hechos para la remodelación de 1991, pero durante la transformación del teatro en 2001 sufrieron la desidia de quienes nada entienden de arte: fueron casi descartados. Se rescataron y se restauraron por completo.
El fantasma de la sala no es un espíritu de alguien que haya muerto allí.
Lo que dicen es que esun ánima de la época en que la cárcel de Mendoza ocupaba el predio en
el que en 1925 se levantó el teatro. Es un ánima traviesa, pero sin intenciones malignas. Sólo apaga las luces de los baños cuando hay gente adentro, acomoda las butacas haciendo ruido y le gusta saliren algunas fotosDe todas maneras, parte de esta obra se perdió definitivamente. Pero a fines de 2008, ya remozados, volvieron a su lugar. En ese momento, el artista se quejó –y con razón– por el maltrato a su obra pictórica.La técnica de las pinturas es mixta: tiza pastel y carbón sobre látex. Cuando se recuperaron, el artista estuvo de acuerdo con la reparación, por lo que firmó de nuevo cada obra.
Pero volvamos al presente, al recorrido por las tablas, al ensayo del jueves. Dawer cuenta que hoy en el Independencia trabajan nueve técnicos, que cumplen múltiples funciones, todas las que montar una obra requiere. En el grupo también participa una mujer, Noelia Torres, una chica que aprendió con Dawer y trabaja a la par de cualquier varón. “Acá todos hacemos de todo y también nos comemos unos buenos asados”, asevera. Y para sostener su afirmación cuenta que el último asado se lo comieron apenas un par de horas antes de que llegáramos.
Además de los técnicos, al menos diez personas más trabajan en el Independencia, incluyendo a la directora, los boleteros, los administrativos y los acondicionadores de sala.
Lejos está aquella época en la que eran 20 o 30 técnicos. Dawer lo describe con una anécdota personal. “Era cuando trabajaba aún mi viejo, que ya está jubilado. Por ahí viene a visitar, pero siente nostalgia. Es que él era de la época en la que nosotros teníamos la llave de la puerta. Nos íbamos al último; cerrábamos todo y nos íbamos. Ahora hay una empresa de seguridad que hace eso. Los tiempos han cambiado”, cuenta Dawer, y caen los 160 kilos del telón para esta nota.
Mutis por el foro. Nos vamos.