Por Manuel de [email protected]
Los adolescentes molestan. Siempre fue así. Es que ellos adolecen. Y eso quiere decir que tienen falencias. Que le faltan cosas. Que no son ni fu ni fa, sino que son dos letras aún desconocidas. Son un trabajo en proceso.
Dejaron de ser niños pero les falta un montón de tiempo para ser mujeres o varones plenos. Tienen problemas con sus cuerpos, no se hallan en esa explosión hormonal. Son torpes. Quieren lucirse siendo atrevidos y se pasan de la raya. Muchos de ellos creen que posar de maleducados les da chapa. Y como si todo eso fuera poco, llega el sexo. Sexo es eso de lo cual no se habla con claridad salvo en muy pocos hogares. Es eso que casi no se menciona en las escuelas, donde debería ser una de las materias principales. Contame tu tontera Lo que más les gusta es agruparse. Ser parte de un gueto. Porque con el grupo se sienten contenidos. Hablan el mismo idioma. Y se animan a hacer cosas, tonteras, que ellos creen que son la mar de audaces y de sacadas. Pero ojo, eso, con matices, nos ha pasado a todos. Lo único que ha cambiado es que ahora como no está bien visto reprender a los adolescentes, los pibes se zafan de peor manera. Sufren. Sueñan. Empiezan a experimentar con la libertad. Cada vez saben más de derechos (lo cual está muy bien) pero no hay contrapeso: cada saben menos de obligaciones (lo cual está pésimo). Los padres no se eligen Para decirlo en criollo, pero con cariño, son agüevonados, que es mi forma científica de llamar al que cursa la edad del pavo. Pero lo peor es que son hijos de padres culposos. De padres que saben que están en deuda con sus pibes en esto o en lo otro, y que entonces ante el menor problema de sus hijos con el mundo (con su profesor, con su directora, con su compañero) le saltan a la yugular al que ha osado enfrentar a su criaturita. El laboratorio Dicho esto, incluyamos ahora a nuestros personajes en uno de los temas de la semana: la prohibición de ir en malón a romper los cocos a Palmares. Ese centro comercial se ha visto obligado a experimentar. A tomar decisiones que pueden afectar lo políticamente correcto. Lo de los adolescentes de 11 años en adelante que se amuchan en los pasillos de Palmares o en torno de la zona de sus restoranes los sábados a la noche (y a veces los viernes) le venía significando muchos problemas a la administración del mall, pero sobre todo al resto de la clientela. Los retozadores Es que los adolescentes son como potrillos. Corren, corcovean, se pechan, se pegan, no tiene el debido control sobre sus acciones. Y parte de ese accionar retozador venía cayendo sobre personas mayores o sobre niños pequeños. Además los chicos taponaban el paso, decían guarangadas a los gritos, molestaban a las señoras, y como si esto fuera poco, gastaban muy poca plata. Pero además hacían destrozos en los baños, orinaban o defecaban fuera de los sanitarios, pintaban paredes con caca, dañaban elementos de los bares, es decir hacían esas cosas que en esa edad se suelan hacer cuando no hay vigilancia cariñosa o cuando algunas cosas no se pueden expresar en palabras. El quid Y llegamos así al problema central. La mayoría de esos chicos –en gran parte de buena posición económica– habían sido previamente depositados allí por sus padres, como si Palmares se tratara de una guardería de púberes. Y Palmares, claro, no es eso. Es un emprendimiento comercial donde sus dueños pusieron mucha plata con la intención de recuperarla. Por lo tanto, si no tomaban alguna disposición se les iba a frustrar la rentabilidad. Es que muchos clientes ya habían empezado a salir espantados los viernes y sábados para no verse afectados por el embate de algunos de esos adolescentes. Y la vuelta que le encontraron los dueños del mall parece no tener que ver con la represión ni con la discriminación, como han querido ver algunos alarmistas, sino con hacer responsables a los padres de esos chicos. La condición Existe el antecedente de que ya en shoppings de Buenos Aires y Nueva York se debieron tomar medidas similares ante desmanes juveniles. Entonces lo que hizo Palmares fue utilizar el derecho de admisión y fijó que los sábados y los viernes por la noche los menores de 18 años podrán permanecer en el mall siempre que haya un padre, madre o tutor que pueda responder por ellos. A partir de ahora, si en una de esas corridas o de una pelea algún menor tira al piso a una anciana que camina por Palmares, pues entonces habrá un padre responsable que tendrá que salir a dar la cara. Igual pasará si los baños son dañados o si molestan a los parroquianos de una confitería. Telón En una sociedad donde los bienes públicos –como plazas y paseos– están siendo enrejados y cerrados de noche para evitar que avance el vandalismo, una de las plagas modernas, no nos puede sorprender que los privados tomen medidas para resguardar sus inversiones.


