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La gambeta que no fue... ¡Hasta siempre, Diego!

Diego Maradona murió a sus 60 años y un mundo lo llorará para toda la eternidad. Con su figura se fueron millones de sonrisas y recuerdos

Pensar en Maradona te abre tantas aristas que llevan el recuerdo a lugares muy variados. Ese niño de 10 años con rulos que quería ganar un mundial. Ese adolescente que jugó con la camiseta de Argentinos Juniors. Ese joven que logró poner de pie a un equipo chico de Italia. Ese hombre que gambeteó a cuanto inglés se le puso en el camino y se trajo la Copa del Mundo bajo su mano. Ese ser humano que cometió algunos errores y tuvo algunos excesos. Ese mago que con una gambeta invitaba a soñar a millones de personas que imaginaban un mundo mejor y olvidaban, al menos por un instante, sus problemas. Diego Armando Maradona puede ser esas o miles de versiones más. Que cada uno elija la que más le guste, pero es una de las pocas personas que generó las pasiones que él logró.

Hoy, pasado el mediodía, alrededor de las 13.30, logré llegar a Casa Rosada. Miles y miles de personas enfilaban para ese lugar, hacían guardia y avanzaban de a centímetros para poder pasar frente al cajón en el que Diego Maradona yacía. Está claro que el trabajo periodístico era arduo y la inmediatez de la información era cambiante, como también lo era el termómetro de Plaza de Mayo. Por momentos euforia, alegría, canciones, aliento y aplausos, pero también hubo tiempo para el dolor, lágrimas, abrazos, desazón y furia.

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Camisetas de todos los equipos: River, Boca, Newells, Rosario Central, Gimnasia LP, Estudiantes y demás, estaban presentes. Pero, claro está, casi todo era celeste y blanco con el 10 en la espalda. No hubo rivalidad. No hubo peleas entre ellos. Se vieron abrazos entre todos los hinchas. Hoy las camisetas se fundieron en una sola idea, en una sola ilusión: despedir a Maradona. Al fin y al cabo ninguno de esos equipos serían lo que son si Diego Armando Maradona no hubiera existido. Probablemente el fútbol sería otro deporte, probablemente Argentina sería otro país.

Poco a poco los ánimos se fueron caldeando, pero eso lo dejaré para otro momento, que unos pequeños instantes de violencia culpa de un pésimo manejo de la policía no empañen la verdadera fiesta popular que se vivió en Plaza de Mayo. Esa fiesta en donde hombre y mujeres, grandes y chicos, argentinos y extranjeros alentaban y vitoreaban por el 10.

Alrededor de las 16.30 se vivió uno de los momentos más emotivos de la jornada. A esa hora arribó el coche fúnebre en el que el cajón con el cuerpo de Diego iría rumbo al descanso eterno. Luego llegó lo inevitable y lo nunca esperado por nadie: los restos del capitán eran subidos al auto.

Creo que ese momento fue el más emocionante. Se me ocurre que yo, como los miles que estuvieron presente, y los millones que lo vieron por otros medios, caímos en la realidad. Esa triste realidad que nos da un golpe eterno: Diego Armando Maradona está muerto.

El Pelusa, El Diego, El Diez, El Capitán, Diegote o Marado, una persona normal con habilidades nunca antes vistas. Un ser humano similar a todos, pero único en su juego. Un argentino que llevó la bandera a donde nadie logró llevarla en la historia. Un pibe pobre que regaló la ilusión de "consagrarse en Primera... y a su familia ayudar" a millones de personas. Pensar en el fútbol como una salvación es algo que existe gracias a él. Él reivindicó a los más humildes, a los olvidados. Él les devolvió la alegría, las ganas de soñar. Hoy él se fue, él no está y con él murieron infinidad de expresiones de felicidad.

Ahora el desafío será pensar en una Argentina sin Maradona. Pocos lo recordarán. ¿Cómo era el fútbol antes de un Maradona? ¿A quién elegían ser para jugar en el patio de casa? ¿Cómo usaban la frase "daaaale, ni que fueras Maradona"? ¿Cómo se piensa en el potrero sin recordar a Maradona?

Yo no tengo la más mínima idea. Solo me queda la satisfacción de decir que yo de chico, jugando con mi hermano en el jardín, cuando pateaba elegía a Maradona. Yo por un ratito fui Maradona y hoy se va para siempre una parte de mí.

Hasta siempre, querido Diego. Gracias por ser argentino.