Un silencio total invade la céntrica plaza Arnarhólt de Reikiavik, abarrotada desde el escenario, cerca del mar, hasta la suave colina donde se alza la estatua en honor a Ingolfur Arnarson, vikingo y primer poblador de Islandia.
La multitud alza los brazos y espera los dos golpes de tambor para lanzar, una vez más, su grito de guerra: "¡Huh!".
El ritual, repetido a lo largo de esta Eurocopa, acaba con un aplauso descomunal a los jugadores, cuyo éxito en el torneo ha desatado el orgullo vikingo y ha hecho renacer la pasión por el fútbol en la isla de los mil volcanes.


