El calor en Mendoza no da tregua. Con las altas temperaturas, también surgen las quejas por la escasez de agua y, como es habitual, el ingenio de la gente para soportar lo mejor posible la situación. En Las Heras, por ejemplo, este problema es recurrente.
Lo cierto es que, más allá de las complicaciones, las altas temperaturas de diciembre trajeron consigo las piletas de lona y los improvisados fuentones que se transforman en pequeños oasis para las familias. Sin embargo, muchas no pueden ni siquiera darse ese lujo: el agua llega a cuentagotas y debe administrarse para lo más urgente, como cocinar o bañarse.
Nicolás Martínez, quien vive en El Borbollón y es padre de dos hijos pequeños, tiene problemas con el agua desde hace semanas. Lo sufrió especialmente en Navidad y fue un “caos”.
“Ahora estamos igual que antes, yendo una y otra vez al surtidor, que está a 150 metros, con miles de envases para almacenar agua en casa. Es lo mismo todos los años y no podemos seguir viviendo así”, se quejó Nicolás en diálogo con Diario UNO.
La familia reside en el barrio La Estación, y otros tantos vecinos atraviesan la misma situación. Además, el agua que tienen no es la potabilizada, sino de pozo.
“Tengo familia y cuatro perros. A veces ni siquiera tenemos para bañarnos. Es desesperante vivir así, soportando el calor y tratando de mantener fresco el patio”, comenta.
“Nuestra rutina es hacer unos 15 viajes por día al surtidor porque en casa no sale ni una gota. Y tenemos que ser solidarios con los demás vecinos”, agrega Nicolás, quien trabaja en una fábrica de muebles.
Fernanda Pérez y su esposo Gustavo, que viven en El Algarrobal y son padres de cuatro pequeños, se las arreglan con un fuentón.
“Lo llenamos como podemos y ahí pasan la tarde”, cuenta Fernanda, mientras enumera a sus hijos: Sofía, de un año; Paula, de 3; Patricio, de 8; y Clara, de 12.
“Es la única manera de sobrevivir a estos días tan calurosos. No hay agua, no hay presión”, afirma.
Fernanda y Gustavo trabajan en negro, y sus hijos reciben su ración diaria de alimentos gracias al comedor “Horneritos”, cercano a su hogar.
“Nos faltan comodidades, es cierto, pero con solo un poco de agua los chicos se divierten, y eso es lo más importante”, concluye.
Una pileta de lona en el borde de la calle
A María Agüero, que vive con su hija, su yerno y sus cinco nietos en la ruta 153 del barrio La Costanera, en Las Catitas, no le sobra nada, pero sí mucho ingenio.
A la hora de buscar una forma para que los niños -y también ella- puedan sortear el calor del verano, no lo pensó dos veces y armó una pileta de lona en la vereda, al borde de la calle, ya que no tiene patio. La misma postal se repite en otras barriadas mendocinas.
En el caso de estos vecinos de Las Catitas, su calle no es muy transitada, y en general se trata de un pueblo tranquilo. Eso hace que para los pequeños sea más fácil quedarse chapoteando en la vereda durante las largas tardes estivales.
“Los chicos están contentos, y para ellos la pileta es una salvación. Cuando terminaron la escuela, les prometí que la armaría, y aquí está. No hay mucha presión, pero dejamos la manguera y se va llenando despacio”, comenta María, abuela de Brisa (14), Thiago (13), Zoe (10), Nelli (8) y Mateo (4).
Junto a la pileta de lona, los niños tienen otra distracción: la cúpula en desuso de una vieja camioneta. Se ha convertido en un “refugio” para jugar a las escondidas o a la típica “casita”.






