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La cineasta Nadia Benedicto estrenará este viernes "Interludio", su ópera prima.

Un drama familiar en el que explora con sutileza

Por UNO
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La cineasta Nadia Benedicto estrenará este viernes "Interludio", su ópera prima, un drama familiar en el que explora con sutileza el espacio intermedio que una mujer y sus hijas viven entre una profunda crisis y un momento de sana transformación personal, cada una de ellas a su manera y en la medida de sus posibilidades, pero en todos los casos para crecer, liberarse de trabas y prejuicios, y superar sus miedos. Filmado íntegramente en la localidad balnearia de La Lucila del Mar, en la provincia de Buenos Aires, el primer largometraje de Benedicto está protagonizado por Leticia Mazur, que encarna a una mujer que es abandonada por su marido y escapa junto a sus hijas (la adolescente Sofía del Tuffo y la niña Irina Lucía Frittayón) hacia ese paraje aislado, bañado por el mar, silencioso y desolado fuera de temporada.
Si bien en el diccionario un interludio está definido como una "pieza o pasaje musical breve que se interpreta entre las secciones de una composición mayor o de una obra dramática", en esta película Benedicto resignifica el término para adaptarlo al drama de las protagonistas, que viven el tránsito entre el trauma de una crisis familiar y la posibilidad de encontrar una oportunidad para empezar de nuevo.
"Hace referencia principalmente al momento que separa dos procesos o dos etapas en la vida de estas mujeres. Muestra de dónde venían y cómo se produce la ruptura del modelo familiar que se habían construido. El interludio es como el proceso de transición hacia otra forma de vida. Es el paso entre una manera de vivir hacia otra", explicó la directora.
En diálogo con la agencia estatal Télam, Benedicto señaló que lo que experimentan esta mujer y sus hijas "es un proceso de transformación. Y para que eso se produzca debe haber primero una crisis profunda y luego un ahondamiento y un viaje interno y personal que las deje paradas en otro lado".
"Interludio es una reflexión sobre la mutación, ese espacio en el medio que separa dos grandes actos, la vida pasada de la que vendrá. Para poder mutar precisamente es necesario un cambio interno que luego se vea reflejado afuera. Me interesa hablar de esa interioridad", añadió la directora, que ya mostró su filme en festivales de cine de Argentina, Uruguay, España y Estados Unidos.
Oriunda de Comodoro Rivadavia, en la provincia de Chubut, Benedicto vivió su infancia y adolescencia en Neuquén y Santa Rosa (La Pampa), antes de trasladarse a Buenos Aires a los 18 años para estudiar la carrera de Dirección en la Universidad del Cine, donde escribió, produjo y dirigió varios cortos, entre ellos "La última parada" (2012), que integró el largometraje grupal Historias Breves VII.
La cineasta reconoció que la génesis de la película tiene ribetes autobiográficos y surgió de "la necesidad de canalizar cuestiones personales a través del cine. Aunque no por los mismos motivos que en la película, el divorcio de mis padres, esa situación de separación, me obligó a plantearme la posibilidad de la existencia de otra estructura familiar".
"Las hijas tienen mucho de lo que yo no pude hacer ni durante mi infancia ni en mi adolescencia. Quería expresar a través de ellas situaciones o posibilidades que yo no pude experimentar de la misma forma, por diversos motivos y situaciones de la vida", recordó.
En el caso de la niña, la directora señaló que "tiene que ver con las fantasías de la infancia y con la necesidad de transcender ciertos miedos y ser reconocida por su familia. En el caso de la hermana adolescente, en cambio, tiene que ver con su despertar sexual, que lo vive de manera totalmente natural, y también con la necesidad de enfrentar a su madre".
"La niña representa a la infancia y el mundo de fantasías que le es propio. Dibuja círculos en la arena que son como burbujas o cápsulas, un pequeño mundo que ella misma se crea pensando que ahí estará a salvo y contenida. Y también, esos círculos son una manera de explorar toda su fantasía y su capacidad de juego", añadió.
Con cuadros del pintor estadounidense Edward Hooper y filmes del cineasta canadiense Xavier Dolan como referencias estéticas, Benedicto eligió filmar en La Lucila del Mar porque "un lugar que me había enamorado", pero especialmente porque narrativamente las protagonistas eligen irse a un espacio que no les fuera habitual ni conocido, "un lugar más imparcial para que ellas pudieran tener ese momento de encontrarse consigo mismas".
"Además, era importante la presencia del mar en esa localidad balnearia, porque el mar tiene eso de continuo movimiento y transformación. El mar le sirve a las tres, pero especialmente a la hija adolescente para lavarse y sacarse viejas capas. Es una especie de baño transformador para poder enfrentar lo nuevo", destacó.
Si bien tiene un registro realista, la película posee pequeños desvíos hacia lo onírico y fantástico, momentos íntimos que expresan, según consignó la directora, "el pensamiento o a la fantasía de cada uno de los personajes, como si pudiéramos meternos adentro de sus deseos profundos, que no se pueden expresar y que la película muestra cinematográficamente".
En relación a la puesta en escena, la directora apuntó que "los espacios mismos tuvieron una gran incidencia en la elección del encuadre y los lentes usados. Fuimos en invierno, cuando ahí no hay nadie, porque queríamos captar esa inmensidad y la interacción de ellas en esos lugares tan amplios y desolados".

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