Este sábado a partir de las 20.30, con la presentación del libro La matriarca, el barón y la sierva, de Federico Andahazi, culminará por este año el ciclo de escritores Grupo Planeta-Grupo América, producido por Franganillo/Comunicación y el auspicio de la Municipalidad de Las Heras.
El también autor de El anatomista y Los amantes bajo el Danubio llega a presentar su última novela, que se centra en la historia de un teniente viudo que antes de morir, le encomienda al barón que se haga cargo de su pequeña hija y éste no sólo no cumple con su promesa, sino que la violenta, la reduce a servidumbre y la obliga a pelear con otras niñas en “el infierno”, uno de los espacios de la casa que comparte con su esposa, la matriarca, la mujer que maneja el poder desde las sombras.El origen histórico de esta obra, su valor simbólico y su relación con nuestra realidad actual son algunos de los temas que el autor charló con Diario UNO y que seguirá profundizando este sábado en la Sala Malvinas Argentinas (San Miguel 1540, Las Heras), presentado por el periodista Andrés Gabrielli.
-Hay mucho de Juan Manuel de Rosas que rodea al personaje del barón, del gobernador, desde la impronta visual, con el color rojo punzó, a las cabezas decapitadas, como pasó en la Mazorca. ¿Es cierto que hubo una historia real sobre él que fue el origen de esta novela?
-Cuando estaba escribiendo Historia sexual de los argentinos descubrí en varios archivos y documentos un hecho que estuvo bastante silenciado por los historiadores, que es cuando Rosas estaba en la cúspide del poder y un camarada de armas, que se estaba muriendo, un hombre viudo con una hijita -el teniente Castro- le pide que adopte a su hija. Rosas tenía muchos chicos adoptados, incluso tenía a un hijo no reconocido de Manuel Belgrano. Entonces la adoptó y lejos de oficiar de padre como correspondía no solamente por ese pacto sino por la ley, la encerró en un sótano y se dedicó sistemáticamente a violarla, a violentarla, a someterla a servidumbre y no le dio ninguna educación. Tuvo seis hijos con ella y quedó testimonio de esto porque los hijos le iniciaron, cuando ya eran adultos, juicios por paternidad. Rosas después se fue a Inglaterra y estos hijos quedaron prácticamente en la miseria. La mujer, que era una niña cuando Rosas la adoptó, se llamaba María Eugenia Castro y murió pobre, en absoluta soledad.
-Y allí viste que había una historia para contar…
-Me pareció que esto merecía una novela, pero puesto a escribir, eran pocas las referencias biográficas. Ella era una mujer poco menos que analfabeta -así y todo dejó una cuantas cartas escritas de puño y letra- entonces decidí desatarme las manos y escribir una novela apoyándome en esta historia, pero tratando de no atarme al documento. Cambié los nombres (la niña se llama María Emilia Rendo) porque además, hay que decirlo, en este momento María Eugenia tiene una resonancia bastante particular y no quería que hubiera una lectura errónea en este sentido.
-Más allá del nombre, ¿la niña tiene un valor simbólico en tu novela?
-Yo creo finalmente que esta chiquita es una metáfora de la Argentina: me parece que nuestro país ha sido violado, violentado una y otra vez. No quiero spoilear el final, pero esta niña, que luego queda embarazada, lo que lleva en el vientre es un poco la representación de lo que somos todos nosotros: los argentinos somos hijos de sangres enemigas. Como enemigas me refiero a varias generaciones de enemistad, desde saavedristas y morenistas; rosistas y sarmientistas; peronistas y antiperonistas; kirchneristas y antikirchneristas, son varias las generaciones que están hechas en este crisol de enemistad. Y me parece que no podemos seguir viviendo de esta manera, no podemos seguir viviendo como enemigos, porque el riesgo es que nos diluyamos como país. Yo creo en la muerte de los países.
- Me parece que lo metafórico está presente también en la figura del gobernador, cuando desciende a ese lugar que llamás “el infierno” y se rodea de esa multitud de fanáticos. Lo describís como que “necesitaba rodearse de personas de espíritu blando y voluble”, para poder así manejarlos. ¿Por qué somos tan afectos a estas figuras, a los patriarcados o matriarcados?
-Esa relación que él tiene con esos miserables que habitan el infierno, con esa suerte de marginales -porque son lisa y llanamente los marginales de la casa los que viven en ese infierno- es lo que le da la ilusión de que es fuerte, de que es todopoderoso. Pero él sabe que esto es un artificio.
-¿Eso no lo manejan algunos políticos en la actualidad?
-Claro que sí, absolutamente sí. Pero ellos piensan que esa pleitesía que les rinden es auténtica y la verdad es que no lo es. Lo que se refleja en esta casa, que insisto, es la metáfora de la Argentina, es que ese poder estaba constituido por pandillas y yo creo que efectivamente el mundo se parece a esto. Vos tenés las democracias consolidadas cuyo paradigma y nivel más alto para mí es la Europa nórdica: Noruega, Finlandia, Suecia, son países que yo me hubiera quedado a vivir cuando viajé a presentar libros. Esa utopía de cierto progresismo, esas democracias desarrolladas donde desaparecieron los personalismos, donde funcionan las instituciones como un reloj, existen. Después tenés los países que están regidos por ideologías, como Corea del Norte, Venezuela, China. Luego están las teocracias, que se ven con mucho relieve en Medio Oriente y después están los países que se han convertido en pandillas, que se ve en Centroamérica en Nicaragua, por ejemplo. ¿Qué pasó? Una revolución completamente fallida, degradada, al imperio de esos grupitos armados derivados de las guerrillas que se convierten en pandillas. En la Argentina le dimos poder a los barrabravas, a los presos del Vatallón Militante, al narco. Esto se ve en el infierno de la casa, estos grupos marginales, estos grupos parapoliciales, paramilitares, violentos. Hay un arquetipo que le encanta rodearse de estos violentos, de estas pandillas para utilizarlas. En la novela se ve con este grupo que se parece tanto a la Mazorca, que en el texto se llama la Zalagarda.
-Escribiendo ficción, ¿no pudiste soslayar la realidad?
-Viste que para los escritores la literatura es como la patria del exilio. Cuando la realidad se vuelve insoportable, te exiliás en la literatura. Intenté, de verdad que hice grandes esfuerzos por escaparme de la coyuntura, de la realidad, de la política, al escribir este libro, pero terminé de escribirla y me encuentro con este triángulo que marco en el libro, con este barón manejado por la mano de la matriarca en las sombras que después lo reproduce la realidad. Lo veo a Alberto Fernández y la verdad, me impresionó mucho.
-¿Fuiste el primero en adelantar la fórmula?
- (Risas) De verdad que me impresionó ver como se levantaban del papel estos personajes y venían a la realidad, porque si hay alguien que tiene todos los títulos para ser una marioneta es Alberto Fernández. La mano de la matriarca se vio muy claramente y nosotros estamos condenados a ser la sierva y ver ese espectáculo lamentable. La política, en general, está dando un espectáculo lamentable. Cuando lo veía a Sergio Massa, que no sabía si ir con el Gobierno, con Cristina o con el peronismo federal…no creo que haya otro caso en el mundo de semejante patetismo.
-En el cine, en el western, en el fuerte o el pueblo se da la concentración de todo y cuando el cowboy se adentraba en el desierto se aventuraba a lo desconocido, a lo amenazante. Eso pasa en tu novela, que a pesar de lo atroz que pueda suceder en la casa, nadie se aventura a ver qué hay más allá de sus muros.
-Efectivamente creo que los argentinos hemos perdido nuestro gran western, nuestra gran narrativa, que es la gauchesca, que es fantástica. Los americanos han conservado no sólo el género del western, sino esta suerte de sheriff que aparece mucho en la literatura actual o en las series, en Netflix. Vos ves The Walking Dead y el héroe es un vaquero clásico, en tanto que nosotros hemos perdido al gaucho. En esta novela yo quise recuperar, con los elementos narrativos de la actualidad, aquel género fantástico que hemos perdido.
-Hay otros elementos que en tu novela se conectan con lo más tradicional de nuestra literatura, que son el barro y la sangre, que aparecen en el infierno, como aparecían mucho en un clásico como El matadero, de Esteban Echeverría.
-Es que los ladrillos de la Argentina están hechos de barro, bosta y sangre. Esa es la sustancia con que está hecha la novela.
-¿Influye tu formación como psicólogo en la constitución de tus personajes?
-Yo siempre digo que mi profesión es la de psicólogo, pero mi oficio es el de escritor y son muy distintos, porque una profesión implica el ejercicio de una responsabilidad, sobre un paciente, sobre una práctica, pero el oficio de escritor es el ejercicio de la irresponsabilidad. Es ahí donde te tenés que olvidar del canon, de la regla, a veces incluso del lector y por supuesto, siempre de la editorial. Tenés que ejercer eso siempre con la mayor irresponsabilidad posible porque es la única forma de conseguir escribir sin ataduras, porque creo que la literatura es el ejercicio de la libertad más grande, más que la psicología, porque en la psicología no podés hacer cualquier cosa, se imponen las reglas de la profesión. Por ahí me pasa que estoy describiendo un personaje y tengo la impresión de estar escribiendo una historia clínica. Ahí es donde se mete el psicólogo y me tengo que deshacer de él y mandarlo al consultorio (risas).
-¿Estás ejerciendo como psicólogo?
-Tengo unos pocos pacientes y hago lo que dimos en llamar el “psicodromo”. Efectivamente hacía mucho tiempo que no ejercía la psicología. Suelo caminar mucho por el barrio de manera más o menos deportiva y una vez iba caminando por la avenida Melián y estaba elongando junto a un árbol y una mujer, con la cual siempre me cruzaba me dijo : “Yo sé que vos sos psicólogo, sé que no ejercés, pero me gustaría ser tu paciente”. Le dije que efectivamente no ejercía porque no tenía tiempo y me contestó. “No, mentira, porque yo te veo que salís a caminar un par de horas por día”. Entonces me propuso: “¿Por qué no me analizás mientras caminamos?”. Y yo hacía tiempo que venía pensando exactamente en eso, en cómo el consultorio es un artificio que lo que hace es sacar al paciente de su funcionamiento en el mundo. En primer lugar me acordé de los peripatéticos griegos que salían a caminar, el acto de conocer tenía que ver con caminar, porque no podés conocer el universo si te aislás de él. Y por otra parte llegué a la conclusión de que cuando éramos nómades no teníamos grandes problemas.
-¿Por qué?
-Porque como no podíamos establecernos en ningún lugar teníamos que llevar poco equipaje, estar ágiles para caminar, en cambio cuando el hombre se queda quieto tiene tres problemas: empieza a acumular cosas, se hace codicioso; después de vuelve neurótico, porque empieza a pensar cosas que la caminata le impedía y en tercer lugar, se vuelve obeso. Entonces el hecho de quedarnos quietos y establecernos en estados dio grandes ventajas, pero enormes perjuicios. Creo que si se logra un equilibrio entre este hombre que es nómade, que todavía llevamos en los genes y este hombre sedentario que se rige por un estado, me parece que se da una buena combinación. La verdad es que ha sido muy provechoso para mí conocer la clínica y la profesión desde este lugar para mí bastante novedoso. Además cuando vos ves a un paciente funcionando en el mundo, es mucho más fácil diagnosticar, ver una fobia, por ejemplo, lo ves actuando. El hecho de la caminata, cómo se mueve una persona, te muestra una cantidad enorme de cosas, dónde se ubica, a qué ritmo, Es realmente fantástico y con muy buenos resultados. Tengo poquitos pacientes, no quiero tener más, pero me permite reflexionar sobre cuestiones que también tienen que ver con la literatura.


