Por Por Fernando G. Toledofgtoledo@diariouno.net.ar
Una niña soviética fue el prodigio más asombroso de la poesía, más precoz aun que Rimbaud
Las intensas palabras de una muñeca rota
Y un día rompió a hablar. Tenía 2 años, pero sus balbuceos se habían interrumpido luego de los 6 meses y parecía que iba a costarle manejar el ruso, su lengua materna. Hasta que habló. Y es que la niña, quizás, no estaba haciendo otra cosa que beber todo el lenguaje posible para recién entonces devolverlo al mundo con su marca, con su firma: Nika Turbina.
Había nacido en diciembre de 1974 en Yalta (Rusia) y cuando su madre advirtió que no decía frases pueriles, sino bellas metáforas, comenzó a copiarlas en un cuaderno. Poco después la niña aprendió a escribir y a los seis años se cruzó con el escritor Yulian Semyonov, quien la dio a conocer. «Hay una verdadera poeta viviendo en Yalta. Su vida es fácil, pero su poesía es difícil», dijo de ella.
Con apenas 10 años, Nika (quien también amaba el piano y las matemáticas) presentó a la Unión Soviética su ópera prima: Primer borrador, un libro de poemas de tal complejidad y madurez que la convirtió en una celebridad. La niña no sólo trazaba una poesía íntima y desgarrada, que haría palidecer a una Sylvia Plath o una Alejandra Pizarnik, sino que recitaba sus versos con tal intensidad que grabó un disco del que se vendieron 30 mil copias.
En la URSS de esos últimos años ’80, la poesía llenaba estadios y Nika participó de varios recitales, repitiendo sus versos de memoria, mostrando su prodigio. Levantaba el mentón, cerraba sus ojos, gemía al recitar, como en un canto, sus versos, y alzaba un puño cerrado frente así, mientras que con su otra mano tomaba la de su madre, sentada junto a ella.
¿Cuánto podía tener para decir una pequeña niña? Pues mucho, al parecer. No quería hablarnos de juguetes y fantasías edulcoradas, sino denunciar la amargura vital y posar su mirada en los espantajos en los que parecía reconocerse. «Yo soy como una muñeca rota. / En el pecho olvidaron / poner un corazón / y me dejaron innecesaria / en un rincón oscuro» se lee en uno de los textos que escribió a los 8 años.
La conmoción que provocó Nika Turbina con sus palabras iba a transgredir las fronteras de la Unión Soviética. Sus admirados colegas (al menos 30 años mayores que ella, claro) la presentaron al mundo como un nuevo Rimbaud, aun más precoz. Con la tutela del célebre poeta Yevgeny Yevtushenko –el autor de Babi Yar, que Shostakovich usó en su Sinfonía Nº13–, Nika llegó con sus 10 años al Festival Internacional de Poesía de Venecia de 1985, que se rindió ante ella y le otorgó el León de Oro, que sólo una coterránea suya había obtenido antes: Anna Ajmátova, cuando contaba con 60 años.
Pero escribir obras maestras, alcanzar popularidad en su país, ser traducida a 12 idiomas y ganar un premio consagratorio quizá resulta demasiado cuando se tiene apenas una década de vida, y Nika o bien sintió el peso de la fama o bien ahondó en el pesar que sus versos denunciaban como para mostrar que lo suyo no sólo era arte, sino que este se confundía con su propia vida.
Cuando tenía 15 años, la poeta actuó en la película Ocurrió en el mar, en la que interpretaba a una niña con lesiones de médula, internada en un hospicio. En una escena, Nika se subía al alféizar de una ventana y miraba la calle desde las alturas, tentada por arrojarse. La directora del instituto la rescataba de un tirón y la reprendía a los golpes.
Al año siguiente, Nika viajó a Suiza para estudiar, pero se aburrió rápidamente de los planes de estudios, aunque tuvo un romance intenso con un viejo profesor de psicología. Y también contrajo un hábito: la bebida.
Como antes las palabras, el alcohol la acompañó desde entonces. Su último libro había visto la luz en 1991 y ahora Nika parecía haber elegido escapar de todas las miradas. Cuando en alguna ocasión fue entrevistada ocasionalmente, siempre cigarrillo en mano y con la mirada perdida, ya daba muestras de que seguía siendo una muñeca rota. La mejor prueba de ello fue cuando en 1997, tras discutir con un amante, emuló la escena de la película, resbaló, y cayó desde una ventana. Sobrevivió al golpe, pero, irónicamente, terminó con su espalda lastimada.
Si faltaba una señal para ver que la joven requería de ayuda, era esa. La poeta que ahora escondía sus versos afrontó una terapia psicológica y tratamiento para sus lesiones. Pero una noche de tragos, en casa de unos amigos, estos la dejaron en el piso alto mientras iban por más alcohol. Y Nika repitió su escena: caminó hacia la ventana, la abrió y se paró en el alféizar. Ya no había palabras. Un transeúnte la vio caer. Era el 11 de mayo de 2002 y sobre una acera de Moscú el cuerpo de una muñeca rota, la poeta más intensa que jamás vivió, callaba su último poema.