Se podrán cruzar culpas, deslindar responsabilidades y hasta optar por alguna excusa más o menos verosímil, lo cierto es que Argentina fue descalificada de la principal medición educativa a nivel mundial, y ese rojo duele como un aplazo.
El Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (PISA, según su sigla en inglés), que mide la calidad educativa en 72 países, dejó fuera de su último informe a la Argentina.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), entidad que impulsa los exámenes en ciencias, matemática y lectura, anuló la evaluación realizada a 6.349 alumnos de 15 años por considerar que el gobierno de Cristina Fernández omitió arbitrariamente a escuelas que eran parte del plan inicial.
En resumen, la OCDE descartó los resultados (y todo el esfuerzo de docentes, alumnos e instituciones) por no ser "representativos".
El argumento de las autoridades aludidas es que hubo una importante reestructuración en los colegios secundarios, y eso "probablemente" (sic) afectó a las escuelas designadas para la muestra.
El aporte fundamental de PISA, y lo que hace aún más preocupante el "bochazo", es que cada tres años los resultados de esta evaluación permitían analizar si la calidad educativa estaba en baja o en alza.
Sus parámetros son muy valiosos si el objetivo de quien gobierna es desarrollar una auténtica política de Estado en materia de educación.
Perder esta referencia, confiable según los estándares internacionales, deja reducido el balance a intereses sectoriales que terminan desvirtuando los números reales.
El país podría haber confrontado los últimos datos con los anteriores y así contar con indicadores concretos para precisar dónde aún es necesario apretar las clavijas.
Especialistas en educación condenaron lo que definen como un error imperdonable, pero también destacan que esta negligencia abre la posibilidad de un debate enriquecedor si es que las autoridades nacionales están dispuestas a capitalizar este traspié.
La lección más simple y obvia que deja el "Pisagate" es que, en este caso, los principales reprobados fueron los grandes, no los chicos.


