Fernando Toledo
Hay un juicioso consejo de la Kábala: ‘No hay que juzgar al espectro, porque se llega a serlo’. Y si existe autor peligroso a este respecto es el conde de Lautréamont. ¿Qué infernal cancerbero rabioso mordió a esa alma, allá en la región del misterio, antes de que viniese a encarnarse en este mundo?”.
El que habla es Rubén Darío, y en sus palabras se oye el eco del espanto, el horror y también el magnetismo por un escritor que con su obra provocó, en la misma medida, el odio y la alabanza.
Lautréamont había nacido en una tierra muy lejana al París donde dio a imprenta su libro maldito. Fue el 4 de abril de 1846, en Montevideo (Uruguay), bajo el nombre de Isidore Ducasse. Hijo de padres franceses, Isidore pasó de allí a Buenos Aires, luego a Córdoba y finalmente cruzó el Atlántico para anclar en Francia, con apenas 13 años. “No sabemos cuándo ni cómo Isidoro llegó a París –relata su compatriota Ruperto Long–. Lo que sí sabemos es a qué fue: a demostrarle a la capital del mundo que el último poeta del siglo XIX, ¡por fin!, había arribado”.
Algunas fuentes indican que este joven extraño llevaba ya consigo, entre sus papeles, el primer manuscrito de la obra que lo convertiría en mito: Los cantos de Maldoror. El libro apareció 10 años después del arribo de Ducasse a París y fue ese joven de 23 años quien pagó la impresión a un indeciso editor. En la portada figuró el célebre seudónimo “Conde de Lautréamont”, probable alusión a su Montevideo natal (“l’autre mont”, “el otro monte”), o un juego de palabras con “el otro mundo” (“l’autre monde”).
Los cantos de Maldoror llevan al límite la idea de un personaje maldito de aura romántica como los que trazaron Byron o Goethe. Maldoror muestra pronto su asco por el mundo y declara: “Mi poesía sólo consistirá en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no debería haber engendrado semejante canalla”. Vejaciones, asesinatos, pedofilia, crueldad y un paisaje tachonado por animales extraños y seres hermafroditas son algunos de los elementos de esta poesía perversa, alucinada y bella “como el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección”, según una de las líneas que marcaron luego a los surrealistas.
Pero aun con toda su oscuridad, el destino de esa obra es más luminoso que el del propio Ducasse-Lautréamont. Se sabe que el eminente Leon Bloy censuró, escandalizado, los Cantos, y que con la reedición de éstos, en 1890, le llegó la celebridad universal. Pero menos se supo de su autor.
El psicoanalista argentino Enrique Pichón-Riviére, fascinado por Lautréamont, relató: “Sólo escribía de noche, sentado al piano; declamaba y construía sus frases acompañando su prosopopeya con acordes. Este método causaba a la vez la desesperación de sus vecinos, que al despertarse no podían dudar de que un extraño músico del verbo, un raro sinfonista de la frase, buscaba, golpeando el teclado, los ritmos de su orquestación literaria”.
Lo cierto es que, tras insistir, a poco de la edición de Los cantos de Maldoror, con una impresión de sus Poesías, Ducasse murió el 24 de noviembre de 1870 en su departamento ubicado en “otro monte” (Montmartre). Lo enterraron quién sabe dónde y nunca se conocieron las causas de su muerte. Y aunque muchos bucearon en su vida, no es mucho lo que ha podido saberse.
Más de un siglo después de la publicación de Los cantos de Maldoror, sin embargo, una fotografía perturbadora vio la luz en el diario La Prensa. El 20 de abril de 1980, Franco Luis Recoaro firmó la nota titulada “El rostro de Lautréamont” y dio difusión masiva a la imagen descubierta tres años antes por el investigador Jean-Jacques Lefrére. Piel oscura, aspecto descuidado, un físico escuálido y una mirada desvariada conforman la imagen del escritor que por años fue un misterio y que, como escribió Antonin Artaud, “murió una madrugada en el confín de una noche imposible; sudando y mirando a su muerte como por un orificio de su ataúd”. Por esa misma mirilla deforme que es Maldoror, al asomarnos, aún nos sentimos estremecer.

