El paisaje está dado, el avance de los procesos de destrucción del planeta han traído aparejados graves problemas físicos, sociales, económicos y de salud. Pobreza, enfermedades, exclusión social, desempleo, cambio en las relaciones humanas, incremento del individualismo, maltrato ambiental. Estos ataques sistemáticos a lo largo del tiempo han hecho que nuestra casa común, nuestro planeta, entre en vulnerabilidad, en terapia intensiva.

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Actuamos como seres supremos que dominamos la naturaleza y olvidamos que el tiempo del planeta, tal como lo conocemos, se agota, es finito. Pero por suerte, a pesar de nuestro maltrato es resiliente y se adapta a nuevas condiciones de subsistencia. Acepta la pérdida de suelos por acción climática y humana, la desforestación de bosques nativos y secundarios, la reducción del nivel de agua del subsuelo, la alteración general del ciclo hidrológico, el mayor aumento de temperaturas, los mayores efectos de la radiación solar, la menor regeneración natural de plantas herbáceas y leñosas, la reducción severa de la productividad de los ecosistemas naturales y antrópicos y la pérdida de la diversidad biológica, es decir se adapta a la desertificación. 

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Pero, ese ser humano que necesita de sus semejantes y del consumo desmedido de recursos naturales para su desarrollo ¿está capacitado para adaptarse a una subsistencia de desertificación? ¿Es capaz de comprender que su constante agresión al planeta que nos cobija tiene una capacidad limitada y que sus modos de vida aceleran los procesos de destrucción de los recursos naturales causando daños irreparables? ¿Qué su accionar provoca desequilibrio ambiental, problemas de salud, económicos y antropológicos como: el racismo a nivel mundial y, que de una u otra forma, dañan a la sociedad global?

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Generalmente, no reconocemos los impactos de nuestras acciones y le atribuimos la desertificación, por razones científicas, a las regiones áridas y secas en relación a eventos climáticos. Aunque, sabemos que las ciudades y sus habitantes son en su mayor parte responsables de esa desertificación global y que el conjunto de procesos físicos, biológicos, históricos, económicos, culturales y políticos interrelacionados la han acelerado. Es decir, que las ciudades con sus acciones causan gran parte de la desertificación, y muchas veces son responsables de que en algunas circunstancias sean disparadoras de eventos climáticos que inciden permanentemente en los ciclos de estos ecosistemas áridos y secos.

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Mendoza puede ser un ejemplo de esta situación, pertenece al grupo de las ciudades de ecosistemas áridos y secos que fue planificada como una ciudad apta para el higieneismo y la sustentabilidad. Creció en forma descontrolada, invadió áreas naturales y productivas; desmontó vegetación natural, erosionó suelo y ocupó causes aluvionales; rasó cerros, impermeabilizó suelos, incentivó prácticas de agricultura no sostenible, invitó a la propagación de incendios repetitivos, introdujo fauna y flora exótica. Y también, arrasó con esa forestación introducida que se colocó para protegerla.

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Desde la planificación se permitió el asentamiento espontaneo y el medianamente diseñado que conllevó a un nuevo modelo de desertificación y desequilibrio en las áreas del pie de monte, de serranía y de las cinturas productivas. Se modificó el suelo y la cubierta vegetal por una nueva, el hormigón, con la excusa de la búsqueda de una mejor calidad ambiental y progreso económico de áreas abandonadas. Se consideró que eso, era progreso, es posible. Y de ser así, podemos detenerlo? Hasta dónde es posible que avancemos en la insustentabilidad de la deforestación y avance de la nueva desertificación urbana? 

Otra de las formas como objetivamos la desertificación, y quizás, a la que más referencia hacemos, es a la deforestación de las tierras seca y árida del noroeste de Mendoza. A propósito de esto, esta región era donde se hallaba la mayor densidad de bosques nativos que fueron desbastados por su madera, por la retracción de las aguas superficiales, la salinización, el sobrepastoreo y la migración. Muchas veces, ha sido objeto de investigaciones, planes de acción y capacitación para su recuperación, cuyos resultados se han visto limitados. Pero, por suerte, la avidez urbana no las ha invadido, se han preservado como relictos naturales que contribuyen ambientalmente con su aporte desde el bosque nativo y la biodiversidad.    

En todos los casos, se profundizó el desequilibrio ambiental, territorial, social, cultural y hasta en la subsistencia adaptada se profundizaron los riesgos, la pérdida de culturas ancestrales, de patrimonio cultural y paisajístico en pos de una mejor situación económica.

Por ello, recordar el 17 de junio como el DÍA MUNDIAL DE LA DESERTIFICACIÓN nos obliga a tomar conciencia y observar que hablar sobre ella, es hablar de hechos, de propuestas, de prácticas para luchar por la reparación o reducción de la degradación, la rehabilitación y recuperación de tierras desertificadas. No basta con las leyes sobre ambiente, bosques nativos y ordenamiento territorial es necesario un esfuerzo local con apoyo nacional e internacional para implementar Planes Locales y Nacionales de Lucha contra esta enfermedad planetaria que es la Desertificación.

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