En estos meses de pandemia se ha hecho más evidente nuestra conexión con la naturaleza, limitada al espacio verde de nuestra casa, balcón, terraza o las copas de árboles que vemos desde nuestras ventanas. Este confinamiento, nos permitió pensar que importante y cuan necesario es estar en contacto con los espacios verdes. Y, también, nos obligó a decir: ¡qué suerte tenemos en Mendoza! Siempre podemos ver árboles aunque más no sea por nuestra ventana y qué decir de nuestros mayores, son su única realidad de contacto con la naturaleza.

El amor por la naturaleza o Bio-filia, se conquista con esfuerzo en el hogar, en los espacios comerciales, en las oficinas, en el espacio público, en sus calles y avenidas y representan a Mendoza. La casa es la gran protagonista de estos últimos meses nos hemos refugiado en ella y, el árbol propio o el de la calle, es nuestro cobijo y refugio como imagen de la naturaleza.

Los árboles, esos seres vivos que tanto nos dan y tan poco nos piden han sido protagonistas del bienestar, de la calidad de vida y hasta de la purificación del aire. Siempre han estado ahí y nos han dado su silenciosa compañía, pero, cuánto los hemos cuidado?.

Mendoza siempre estuvo a la vanguardia, los árboles, las plantas y los espacios verdes han sido prioridad en la estructuración de nuestro paisaje cultural, hecho que hoy se somete a discusión en todas las esferas mundiales por los beneficios sicológicos que brindas en momentos de aislación social e inclusive de home office, futuro que se vislumbra en el corto plazo. Por ello, a nivel global, la bio-filia vuelve a estar en plena coyuntura.

Actualmente, más del 50% de la población mundial actual es urbana y vive en ciudades de más de 300.000 habitantes, y existe una previsión para 2050 de que este porcentaje llegará al 70% de la población. Mendoza está en el momento justo de saber aprovechar el legado que gratuitamente recibimos, es absolutamente necesario proteger el arbolado urbano y los espacios verdes públicos y privados donde vivimos, trabajamos y nos entretenemos. Basta revisar ejemplos arquitectónicos mundiales actuales que conectan edificio y naturaleza y  apuestan al verde en todos los espacios libres para beneficio de la sociedad y para estar cada vez más conectados con la naturaleza.

Vale recordar que en Mendoza el espacio verde y el árbol urbano no existieron siempre, que este bosque urbano que vimos estos meses fue creado por nuestros antecesores con esfuerzo y tesón. Que necesitó de mucho cuidado, de un uso apropiado y del equilibrio entre los seres vivos y los inertes para garantizar la  armonía y la sustentabilidad del medio ambiente cultural.

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Pensemos, que este ambiente fue la síntesis histórica de la interacción continua entre  el hombre y su medio. Donde, el paisaje cultural fue el resultado de la suma de los procesos fenomenológicos perceptivos que permitieron representar cabalmente la historia social de sus habitantes, y que en cualquier partícula del paisaje el agua y el árbol son los componentes vitales que aseguran la calidad de vida de sus habitantes.

Pero, los nuevos crecimientos urbanos y las inclinaciones de la sociedad actual desarrollan micro culturas, cada una con circuitos propios de información que se independizan del marco espacial y utilizan hábitats de distinta naturaleza, con consecuencias adversas para el conjunto del sistema natural y cultural. Por ello, deben examinarse los símbolos históricos de la formulación de este micro paisaje: el árbol. 

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Olvidarnos de ellos es desconocer las bondades que estos benefactores nos proporcionaron en tiempos buenos y malos, nos da sombra y la da cuando la necesitamos, o sea en verano. En otoño e invierno caen sus hojas y dejan pasar al sol. Nos protege del viento, obstruye el polvo y humedece el aire. No es un aparato eléctrico, ni tampoco una imagen virtual que aparece al instante después de apretar una tecla, necesita un tiempo para desarrollarse, nos acompaña a lo largo de nuestra vida, cambia al igual que nosotros, pero con la salvedad de que a mayor edad se ponen más bellos.

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Es un organismo altamente desarrollado, con determinadas exigencias de vida y tiene enemigos, que pueden llevarlo a una muerte prematura. La mala poda, la falta de riego, de nutrientes, las plagas, la falta de cuidados y hasta la indiferencia pueden ser las causales más comunes. Por ello, su abandono nos llevaría irremediablemente a un nuevo desierto, no al natural, sino a uno peor, al inanimado, que  haría insostenible la vida en esta porción de la biosfera, que no nos permitiría en situaciones de encierro ver el verde reparador y contenedor de emociones negativas.

Son interminables las bondades que el árbol nos brinda, lamentablemente nuestra generación es testigo de la mayor mortalidad y decrepitud de nuestros árboles. ¿Cuál es la razón? Infinitos ataques y agresiones por incomprensión, desconocimiento o indiferencia, estamos acostumbrados a verlos de pie desde siempre, olvidamos que es un ser vivo que requiere de atención y cuidado. ¿Hacia dónde nos llevará la indiferencia con nuestros árboles?  ¿Podremos seguir gozando de esta porción de verde que nos acompañó estos meses?

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Por esto, debemos convencernos que el camino trazado hasta el momento es el correcto, que considerar al árbol y al agua como los benefactores y protagonistas comprometidos con nuestra existencia nos obliga a preservarlos, cuidarlos y mantenerlos. Que no hay normas viejas o nuevas que sean necesarias revisar o modificar permanentemente si comprendemos que la existencia de este binomio es esencial para nuestra existencia como sociedad y para contenernos en momentos de extrema dificultad como la que estamos viviendo.

El tiempo y las generaciones venideras necesitan de nuestro compromiso. Comprendamos a nuestros árboles eso es todo lo que nos piden para embellecer nuestra vida y seguir siendo nuestros mejores amigos.   ¡Feliz día árbol de Mendoza!

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