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Frutos de 20 años de dedicación

Una historia conmovedora de sacrificio y tesón para plantar árboles en un terreno hostil

Hojeando sus álbumes de fotos familiares, comenzaron a fluir en Gerel, de 86 años, los recuerdos de sus primeros días plantando árboles, hace más de dos décadas.

En 1998, Gerel volvió a visitar su pequeña aldea natal en el distrito de Horqin de la ciudad de Tongliao, en la Región Autónoma de Mongolia Interior. Comprobó con tristeza que el paisaje había cambiado. Ya no había zonas verdes, caballos ni ganado, como cuando era pequeña. Solo violentas tormentas de arena que amenazaban con enterrar casas y granjas.

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Gerel, que se había jubilado como subdirectora de la sucursal del Banco Popular de China en Tongliao, decidió convertir su pueblo natal en un oasis.

En 1998, firmó un acuerdo con la aldea para plantar árboles en 17 hectáreas de tierra arenosa durante 20 años de forma gratuita. Cuando se cumpliera ese plazo, devolvería la tierra a la aldea. Aunque sus hijos y su madre se opusieron a su plan, se mudó de Tongliao a la aldea con su esposo, Undes, entonces de 72 años, en la primavera de 1999 para sacarlo adelante.

Al principio, la pareja vivía en la casa de su hermana en el pueblo. Se levantaban a las 3 a.m., viajaban al área de plantación y se pasaban el día plantando árboles. Regresaban a la casa a las 7 p.m., comentó Gerel. Cavaban hoyos en las colinas de arena y colocaban árboles jóvenes y semillas dentro de los mismos y los regaban.

Sin embargo, sus arduos esfuerzos y dedicación se vieron frustrados por las frecuentes tormentas de arena. Aunque lograron plantar unos 10.000 árboles el primer año, la mayoría de las plántulas no sobrevivieron al entorno hostil. Impresionados por la determinación de la pareja, los aldeanos les ayudaron a construir una casa cerca del área de plantación para que no tuvieran que viajar todos los días. “Soy una persona muy terca y no me rindo fácilmente”, expresó Gerel.

En 2002, mientras cargaba un manojo de plántulas, se cayó y se rompió la muñeca. Sin decirlo a nadie, continuó plantando árboles, pero quedó con heridas permanentes y ya no pudo llevar cargas con peso. Su hijo, Uul, comentó que nadie en la familia apoyaba la misión de sus padres de cultivar árboles porque estaban preocupados por su salud.

Año tras año, la pareja volvía al pueblo en marzo y pasaba siete meses plantando árboles. En octubre, cuando hacía demasiado frío, regresaban a la casa en Tongliao. “Cultivar árboles en las dunas de arena requiere mucho cuidado y atención y, de hecho, es tan difícil como criar niños”, señaló Gerel.

En 2011 falleció Undes, pero la anciana siguió con su misión. Después de 20 años de arduo trabajo y una inversión de más de 300.000 yuanes (u$s 44.400), la vegetación cubre ahora unas 17 hectáreas de lo que alguna vez fue tierra arenosa. Los campos de verde incluyen más de 200.000 álamos, olmos y árboles frutales que han servido de cortavientos.

Según lo acordado, el año pasado Gerel devolvió al pueblo lo que ahora es un parque y regresó a su casa en Tongliao. Su logro ha inspirado a otros aldeanos a unirse a la causa para hacer que las áreas áridas sean verdes. El pueblo ahora se parece al hermoso paisaje verde de la infancia de Gerel.