Afondo Domingo, 3 de diciembre de 2017

Los años en que Argentina se tiñó de rojo y fuego

Primavera sangrienta. El último libro del historiador Marcelo Larraquy reconstruye los tiempos de la guerrilla, la represión ilegal y los presos políticos entre los años 1970-1973 en el país.

Historiador y periodista, Marcelo Larraquy es sin duda uno de los investigadores más exhaustivos de la década argentina del '70 y los movimientos políticos y populares que surgieron en aquellos años, atravesados luego por la dictadura militar.

Su último libro es Primavera sangrienta, que a partir de entrevistas con protagonistas, bibliografía y consultas a archivos y diarios de la época reconstruye un período de la historia argentina marcado a sangre y fuego: la guerrilla, los presos políticos, la represión ilegal y el juego político entre los años 1970 y 1973.

A poco más de un mes de que este libro llegara a las librerías, Marcelo Larraquy dialogó con Diario UNO acerca de los temas e implicancias de su último trabajo.

-¿Cómo era el panorama nacional y mundial cuando surgieron en el país estos grupos encolumnados en la lucha armada?

-Era un contexto de Guerra Fría. En América Latina también había una grieta muy fuerte entre Fuerzas Armadas y guerrilla por un lado y en la Argentina específicamente un problema irresuelto que era el sistema político distorsionado, con un régimen militar que había proscripto al peronismo y prohibido los canales de participación política, con universidades intervenidas. También había una grieta generacional, casi familiar diríamos, de padres de cincuenta y pico de años que eran demasiado viejos para el orden nuevo que querían crear aquellos jóvenes.

-Jóvenes interesados en participar en la política del país...

-Es la primera vez que los jóvenes se presentan como actores protagonistas en la política mundial, desde el Mayo Francés hasta las críticas por el armamentismo mundial. Ese era un poco el contexto general, pero en Argentina el autoritarismo militar, con el gobierno de Juan Carlos Onganía, determinó otros escenarios: por un lado, la rebelión social frente a cuestiones de la vida cotidiana, reclamos por el aumento de tarifas, como el Mendozazo, o salariales. Así se dan las primeras muertes icónicas que van construyendo esta idea de que sólo la violencia puede resolver la violencia institucional, no en el caso de las rebeliones sociales, pero sí para enfrentar el autoritarismo.

-Los cambios que reclamaban algunos de estos grupos en la estructura social eran muy radicales...

-Sí, como en el caso del ERP -Ejército Revolucionario del Pueblo-. Y otros peleaban por el regreso de Juan Domingo Perón, pero esto también unido a una idea, que era un poco difusa, del socialismo nacional, que era el caso de Montoneros.

-Has incluido el relato de protagonistas, personas que relatan en primera persona, por ejemplo, cómo participaron en un secuestro. ¿Por qué esta decisión?

-Eso lo considero un valor, porque se busca un entendimiento que no implica una justificación. Yo me propuse un libro de tradición de entrevistas orales, con personas que estuvieron presas, en algunos casos más de 10 años y me parecía que casi a medio siglo de pasados los hechos también nos debíamos, para una mejor producción del conocimiento histórico, la voz de los protagonistas. Esto no implica reproducir su memoria, sino también a veces contrastarla, que es el trabajo de investigación que hice, con otras fuentes, ya sean académicas, periodísticas o bibliográficas para marcar el contexto.

-¿La idea era también llegar a comprender qué pasaba en la cabeza de los que esgrimían la lucha armada?

-Yo me preocupé no por buscar una reflexión posterior, porque sería como un ensayo, sino una reconstrucción oral de cómo fueron esos acontecimientos muy puntuales que eran los ejes de la época. Estos eran la acción armada, la cárcel, las fugas y la liberación de los presos el 25 de mayo de 1973. Y los testimonios también seguían estos ejes, los de la violencia política en ese período, por eso no fueron elegidos al azar.

-Si lo comparamos con la revolución cubana, ¿ese atomicismo que tenían los grupos armados como Montoneros, FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), el ERP, contribuyó a que no pudiera cristalizarse el cambio que ellos esperaban?

-Aquí la grieta entre las organizaciones armadas era Perón, si el proyecto revolucionario debía incluirlo, en el caso de Montoneros, o el caso del ERP, que lo veía como una traba para el proyecto revolucionario. De hecho, el regreso de Perón vino a frenar el proceso revolucionario que era el discurso del ERP. Y a la vez Perón tenía su propio proyecto, muy diferenciado del de Montoneros y el ERP, pero en este caso en el período del '70 al '73 se cuenta cómo era la alianza de Perón y Montoneros de desgaste al gobierno de Alejandro Lanusse. Al final del libro se empiezan a mostrar las disidencias, a medida que Perón se acerca a la Argentina.

-Para terminar con las famosas "Instrucciones" de Perón...

-Esas son la instrucciones de abril. Las de octubre de 1973 ya directamente, en la lucha contra el infiltrado, es una declaración de guerra del Partido Justicialista a Montoneros, si bien no los nombra explícitamente, habla de "infiltrados marxistas", que era la izquierda peronista con la que Perón había hecho un acuerdo político para que Héctor José Cámpora ganara las elecciones.

-¿La sistematización de los métodos de tortura utilizados por las Fuerzas Armadas fue como la antesala de lo que luego harían durante la dictadura?

-Es casi una prueba y ensayo del horror posterior de la dictadura, porque también había una pretensión de justicia del gobierno militar de Lanusse que no era tal. Primero los detenía la policía, los torturaba, investigaba la policía y los interrogaba el juez dentro de la comisaría. En cinco días quedaban detenidos, iban a la cárcel y no había instancias de apelación, en contra de la Constitución. Era una ficción jurídica que también fue un paso previo a la represión ilegal.

-Te llevo a un tema más actual. En el conflicto de los mapuches, en muchos medios de prensa se los ha llamado "protomontoneros" o nueva guerrilla. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

-La génesis del conflicto es totalmente diferente. Montoneros tenía un proyecto social y político, una visión de país y acá se trata de un conflicto territorial. El origen del conflicto es distinto. Me da la impresión de que tratan de emparentarse cuestiones de vandalismo con terrorismo, cuando cualquier especialista en ciencias políticas sabe determinar qué diferencia hay entre uno y otro.

-A la luz de la historia, ¿te preocupa el desenlace de este conflicto?

-Me preocupa la idea de "que el Estado está en guerra con un enemigo", porque también ese era el discurso de las décadas del '60 y '70. Esa cuestión de que tenemos que "eliminar al infiltrado", en la época del peronismo entre el '73 y '76, y luego "eliminar al subversivo". Es un discurso de estar en guerra y hacer todo lo posible para ganarla, cuando vos después ves en los portales de internet a tres muchachos encapuchados diciendo "vamos a resistir".

-¿Y cómo se resuelve?

-El Estado lo puede resolver democráticamente y no teniendo a las fuerzas de seguridad disparando por la espalda, como en el caso de este chico, Rafael Nahuel. Además de la tragedia que supone esto, es darles una especie de luz verde a las fuerzas de seguridad para que actúen como quieran, porque el Estado les va a creer todo lo que hacen. Es como mimetizar al Estado dentro de las fuerzas de seguridad, un Estado militarizado en cierta manera, cuando tiene que ser el representante de un consenso social, con pluralismo. Tiene que ser contralor de las fuerzas de seguridad.

El rol de Perón en la condena a la violencia

Hay un punto controversial en el libro, que es el rol de Juan Domingo Perón en su falta de condena a la violencia reinante por aquellos años. "Esto es interesante, porque él la ve, pero como entendiendo que la violencia de abajo es por la violencia de los de arriba. Pero cuando él llega al poder, ahí sí tiene la prédica contra la violencia", explica Larraquy.

-¿No fue una condena tardía? ¿No podría haber hecho algo para calmar el malestar social?

-Lo que pasa es que le era útil en la etapa previa, en el enfrentamiento con Lanusse y por eso no la condenaba. Por eso en el libro se cuenta la charla que tuvo con el coronel Cornicelli. Él no va a condenar las acciones de la guerrilla, porque pensaba que ésta iba a terminar cuando él volviera al país.

-Que se iban a encolumnar...

-Exacto, y eso no sucedió. Después en el gobierno Perón él era mucho más enfático en condenar la violencia de los infiltrados que la violencia del para-Estado, no denunció nunca a la Triple A.

-¿Actuó como un político nato, hizo su juego?

-Fue un juego peligroso, jugó con el fuego del país. También es cierto que desde el lado militar tampoco colaboraban y mucho menos con los 17 fusilamientos de los presos fugados de Rawson. Hechos como esos le daban a la violencia una cierta legitimidad.

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