Afondo Domingo, 22 de julio de 2018

La palabra oxidada: insultos que se han dejado de usar

Muchos términos que servían para descalificar o conceptuar a una persona cayeron en el olvido. Pocos permanecen.

El uso y la costumbre es lo único que legitima y sostiene. Si se debe decir "todes" como neutro de género, será algo que se definirá sólo con el tiempo. Quizás, si es que el uso se generaliza y se hace común, se sostendrá y ya a nadie le llamará la atención. En cambio, si se trata de imponer sin lograr consenso popular, quedará sólo como un detalle de la historia. Después de todo lo realmente importante es consolidar derechos. Lo demás es apenas accesorio, una herramienta en todo caso.

Más allá de la legitimación de la RAE de palabras nuevas o "deformaciones" la clave es si la palabra se usa o no. Del otro lado hay palabras que han muerto porque dejaron de usarse. Hasta insultos. Incluso muchas nacidas del habla popular terminaron muriendo, muchas veces remplazadas por otras.

Hasta los insultos cambian.

Ya nadie se enoja con alguien y le lanza: ¡"Badulaque!". Tampoco tirifilo, camandulero, lechuzón, pejerto, mamerto, chuncano...

Alguna vez estas voces, estos insultos o calificativos despectivos, fueron de uso común. Y hay decenas, cientos que ya se han olvidado, o casi.

Hasta hay "insultos" cuyanos que ya no se usan.

Patalarrastra, antecedido de "mendocino" o, mejor aún "sanjuanino", era mucho más frecuente de lo que se puede recordar. No es necesario aclarar que el "patalarrastra" definía despectivamente la tonada del insultado de turno.

Choyo es un fulano ordinario. Choyano, puede entonces definirse a quien se viste ordinaria o llamativamente. Mocasines con pantalón corto, como para dar un ejemplo.

Quizás no hay muchos (o no han superado el desuso) insultos netamente mendocinos. Quizás si hay muchos adoptados y adaptados.

Obviamente cada quien recuerda alguno que quizás haya usado alguna vez en el tiempo de ñaupa.

Virola al vizco; maula al malandra; casquivano al que anda detrás de todas las polleras; crápula al de vida licenciosa; bellaco al ruin; botarate al que tiene poca inteligencia; crápula al sinvergüenza; fantoche al grotesco; petimetre al coqueto exagerado; tragasantos al santurrón; camandulero al embustero...

Si bien nació en las riberas del Río de la Plata, el lunfardo ha influido en el habla de todo el país, obviamente ayudado por las corrientes migratorias internas. Y no sólo lo ha influido, sino que ha aportado palabras muy ricas, curiosas y hasta agradables, por más que en algún momento hayan sido insultos. El más simple quizá sea "salame", para calificar a alguien de pocas luces.

A un tipo despistado, atolondrado, no hay mejor definición que decirle "abombado". En esa variante está el "atorrante", el "alcahuete", el "afanancio".

Bardero, coimero y chantapufi siguen vivos

Hay algunas palabras despectivas o insultos que han sobrevivido a los años y las modas. Bardero podría ser una y amarrete otra... Aunque acá siempre se corre algún riesgo de estar usando solamente uno un lenguaje en desuso suponiendo que hay otros que aún lo conservan.

Pero todavía coimero encuadra en demasiados, igual que chanta, que es una versión pijotera de chantapufi.

Las costumbres cambian y con ellas las palabras, especialmente las de uso popular. Puede suponerse que las palabras de antes son más pintorescas, más dulces que las de ahora. Decir que uno se va a apolillar, en lugar de decir que uno se va a dormir, suena mucho mejor para los que ya superamos la mitad de la vida. Pero eso no implica que antes se hablaba mejor. En todo caso sí es cierto que el lenguaje era más rico, incluso para insultar.

Ahora hay una decena de palabras muy usadas. Y listo. Antes había para elegir, de acuerdo al caso. Insultos específicos, creados para el caso puntual.

Un cachivache era un fulano berreta y no otra cosa.

Hoy todos son pelotudos, sin discernir especialidades.

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