Afondo Lunes, 21 de mayo de 2018

El golpe de la lechuga

Un comentario sobre el precio de este producto desató una hecatombe en la red social del pajarito. ¿Era para tanto?

A riesgo de abusar de la pedante primera persona, siento que un episodio definitivamente menor en el que me vi involucrado muestra que la mayor crisis de estos días es política y no económica. Y, por eso, decido relatarlo.

Estoy convencido de que asistimos a un momento de gran crisis política que se exterioriza en lo económico y en lo social. Estimo que esa misma política naufraga y es ineficiente en un doble aspecto, por lo menos. Uno, para resolver problemas elementales como trazar una superficie más o menos homogénea en donde todos podamos sembrar deseos de futuro y, el otro, para garantizar un estándar elemental de convivencia en donde los acuerdos y disensos de mayorías y minorías no sean desde la intolerancia o la violencia.

En medio de la corrida bancaria y de las lluvias de casi un mes seguido, una compañera de radio La Red en donde trabajo comentó en nuestro grupo de Producción de WhatsApp que le quisieron cobrar en su verdulería amiga de San Isidro 180 pesos por un kilo de lechuga. Semejante disparate (de precio y de abuso) merecía recorrer con nuestro móvil de exteriores algunos otros lugares para ver si se era un hecho excepcional y, en su caso, recurrir al viejo hábito de recomendar no dejarse estafar.

En varios comercios chequeados el precio oscilaba entre $80 y $150. Dos comercios más se animaron a querer estafar a la gente en $180. Juan Perlo, el presidente de la asociación de hortícolas argentinos, confirmó que esto pasaba por el abuso de los comerciantes y por las lluvias que malograban el cultivo. "No compren", dijo Perlo en la misma radio. "Nada de hoja verde por una semana". Marcelo Tinelli, oyente habitual del programa, tuiteó: "Llevando los chicos al cole. Escuchando al amigo @luisnovaresio en @radiolared . 180 pesos el kilo de lechuga. Sin palabras".

A partir de ahí, una hecatombe. No es difícil imaginar que un persona pública de la magnitud de Tinelli con más de 10 millones de seguidores en la red social del pajarito, amplifica el tema de manera notable. Las respuestas llegaron, los precios que se mostraban de otros lados no eran los que pretendían los abusadores de los 180 e, inmediatamente el conductor de los Bailando y quien esto escribe recibimos el título del caso: quieren destituir a Macri o sembrar miedo. Tinelli, ni corto ni perezoso, volvió a decir. "No entiendo. Quién genera el pánico? Mi tuit, un comentario de un productor cordobés que dijo eso, el análisis de @luisnovaresio ? Si alguien tiene miedo, no debe ser seguramente por el precio de la lechuga".

Ya se sabe que esta red social se caracteriza por ser el canal sanitario de las frustraciones anónimas. Uno de sus mentores, hoy apartado de esa compañía, fue muy gráfico al describirla no hace tanto en un desayuno reservado para algunos comunicadores: "Instagram es una red para lindos. Facebook, para gente normal. Twitter, para gente de mierda". Compartiéndose o no la idea (en lo personal, sólo de forma parcial), es un dato. Hay un mundo distinto, el de verdad, que no habita en Twitter. Pero el tema escaló hasta otros lugares impensados.

Es normal y habitual que funcionarios se comuniquen con periodistas para dar información o para hacer llegar una mirada sobre ella. Es inevitable desde el periodismo tener contacto con los eventuales inquilinos del poder para conocer en on y off data de lo que se trabaja. Por eso, no me sorprendió recibir un llamado (en privado, se apuró a aclarar) desde un área central del poder ejecutivo nacional. "Te quiero aclarar que el precio de 180 mangos es de unos cuantos hijos de puta que quieren robar (o sea que el tema está, pensé) y que no ayuda eso en medio del tema de la corrida cambiaria y el acuerdo con el Fondo. Te lo cuento porque te respeto y veo cómo te están matando en Twitter", me dijo el funcionario. Varias conclusiones: el tema estaba, era noticiable, el funcionario no escuchó la nota que invitaba a no comprar y, por fin, creer que la lechuga es la responsable del dólar a casi $25 y no el diseño de modelo económico del gobierno que este hombre integra es una forzamiento llamativo.

Las corrientes que relacionan el Twitter con la política nacen de dos modos. Hay un grupo de personas convencidas de lo que dicen, generalmente con nombre y apellido reales que se manifiestan como quieren. Específicamente: muchos creyeron que mi nota y el aval virtual de Tinelli era inapropiado, incorrecto y desestabilizador. A ellos, nada que decirle. Sin embargo, nadie, ni el propio funcionario que me llamó, pueden desconocer las movidas tuiteras de "amigos" y "favorecidos" del poder que con cuentas anónimas, de poco menos de 100 seguidores, que suelen tener su IP informático en la zona del bajo porteño, en un hermoso edificio que supo ser de una empresa orgullo argentino, inducen con beneficio no emocional a decir tal cosa. Las Anita Montanaro de la época K que usurpaban las cuentas Casa de Gobierno existieron y hoy, con otro colores, gozan de buena salud.

No obstante, esas son las reglas del momento orwelliano que se vive. Tampoco nada para decir salvo que muchos se han comido al caníbal y no gratis. Lo que más impacta, con la lechuga y con tantos otros temas, es cómo permea esto en lugares de poder y, sobre todo, en sitios que se creían del pensamiento. Porque si así piensan, estamos en problemas.

Un diputado nacional (ni importa su nombre porque en la historia, como muchos de nosotros, se ubicará en la grisura de la contingencia) y un intelectual que sabe encandilar con sus trabajos audiovisuales, se sumaron a la más virulenta posición de denostar una crónica periodística (y a sus retuiteadores) bajo el mote de destituyentes, diabólicos y merecedores del insulto. Que los políticos que fuera de Platero y yo solo han leído encuestas digan esto, pase. Que los intelectuales, los que deberían favorecer y sobre todo respetar el pensamiento diverso, sean iguales, alarma.

La crisis económica que atravesamos se debe, uno estima, al encierro político y endogámico de un sector de un partido que creyó que era el camino y la única opción posible. La angustia de tener que estar atentos a cuánto cotiza el peso respecto del dólar, devaluado en un 25 por ciento en una sola semana no la genera el que advierte que el escarbadientes de no comprar a un precio abusivo es la única arma para combatir al pasado ya conocido. Porque, por las dudas, la crisis está. No hay invento. Creer que comentar el precio de la lechuga es una realidad inventada con el fin de golpear es ignorar lo que pasa en la vida sencilla.

Ver a un artista o a un diputado negar lo evidente recurriendo a precios on line de supermercados de la zona norte porteña, impacta. ¿Decir esto es justificar lo vivido por 12 años? Eso es maniqueísmo bobo. La mayoría, entre la que me incluyo, ya dijo en el modo más institucional y serio posible que no es el pasado lo que se anhela. Sí un horizonte de futuro, estable, para todos, en el que el sacrificio concreto de hoy tenga un razonable plazo de concreciones. Porque muchos pusieron el cuerpo en la espera de los anunciados segundo semestre, los brotes verdes y la lluvia de inversiones, el no descalabro de precios de tarifas, en inflación de un dígito y tanto más. Nadie puede alegar su propia torpeza, decían los romanos. A ver si la culpa de no haber concretado todo eso, va a ser de la lechuga. Eso es mezquindad o ceguera. A cuál, peor.

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