No te pierdas esta selección de fotos del británico Chris Drury. Se trata de imágenes creadas por la naturaleza, a partir de las formas y colores que logran los pastos, hielos y aguas.

El arte que se lleva el viento

Desde hace 25 años extrañas figuras aparecen en los campos británicos, los hielos antárticos y lassalas de museos de todo el mundo, desde Estados Unidos a Vitoria. Es el trabajo del británico Chris

Drury (1948, Colombo, Sri Lanka), uno de los mayores exponentes del arte de la naturaleza o land

art. Capaz de traducir la sombra del viento en arte siguiendo los latidos del corazón.

Suena romántico, pero detrás de los proyectos de Drury hay horas de investigación científica.

"El ser humano intenta separarse de la naturaleza y no se da cuenta de que tiene una estructura

biológica muy similar", cuenta en su casa en Lewes (Inglaterra), donde se trasladó en 1982. Antes

de cada trabajo se reúne con astrónomos, cardiólogos, arquitectos, toda clase de expertos en los

que no se ha convertido, se empeña en aclarar.

De estas colaboraciones esporádicas salieron

Wind vertices (2007), el resultado de dos meses estudiando el hielo con una expedición

británica en el Antártico,

Heart of reeds (2005) que, como el sistema circulatorio, bombea sangre al perfilar el río

Ouse en el sureste británico. O tres grandes huellas dactilares realizadas con la impresión de las

palmas de las manos de vitorianos anónimos impregnadas con arcilla roja obtenida en las cercanías

del Museo Artium. "En este momento estoy colaborando con arquitectos para proyectos paisajísticos".

Nuevos compañeros en el camino, solo en el camino. "No tengo equipo, me gusta colaborar con las

personas del sitio en el que trabajo. Creo que aporta mayor creatividad a mi trabajo", explica.

El land art es un movimiento que se originó a finales de los 60 en Estados Unidos empeñado en

encontrar los materiales en la misma naturaleza donde se iban a exponer. "Mis obras son efímeras

como el lugar del que salen, cambiantes con el tiempo". Lo que no le genera ningún tipo de

frustración porque como reza el lema que sigue a pies puntillas: "mi arte es un proceso, no un

resultado". No revisita sus obras, "no tengo tiempo para trasladarme a todos esos lugares, solo

vuelvo a verlas si están cerca de mi casa".

Drury no se casa con nadie, ni siquiera cuando sus instalaciones le demandan meses, hasta

años, de preparación e inversiones de más de 150.000 libras (174.000 euros) como en el caso de

Herat of reeds. "Voy colaborando con instituciones y galerías privadas, pero no cuento con

una fuente de financiación fija. También tengo suerte, al final muchas de mis obras después de

exponerse en museos se acaban vendiendo". La libertad de las relaciones contractuales abiertas le

ha permitido trabajar con importantes museos como el Británico o el Victoria and Albert Museum que

albergan parte de su obra en sus colecciones públicas, universidades o pequeños pueblos como la

reservas de indios americanos, "gente mucho más auténtica de la que se puede encontrar en el

circuito comercial".