Siempre encontró en la escritura una forma de expresarse. Desde muy chica, escribir le resultó mucho más fácil que decir ciertas cosas en voz alta. A los 6 años, cuando vivía en un pueblo a unos 100 kilómetros de Bahía Blanca, su ciudad natal, Cecilia Corradetti, periodista de Diario UNO, ya escribía cartas y composiciones. Después llegaron los diarios íntimos, que empezó a llevar a los 11, y miles de cartas que viajaron, encontraron destinatarios, pasaron por distintos correos y buzones o quedaron en algún rincón de su historia. Sin embargo, con el tiempo descubrió algo curioso: había muchas otras que nunca había escrito. Todavía no se había animado a ponerlo en palabras. Y ahora lo hizo a través de un libro.
De eso se trata Cartas que no envié, su segundo libro, una obra que nació de la necesidad de mirar hacia atrás, reconocer lo vivido y decir, finalmente, aquello que durante años permaneció guardado. Después de los 50, dice ella, cuando uno ya hizo un recorrido y acumuló experiencias, empieza a mirar de otra manera a las personas que pasaron por su vida, las decisiones que tomó, las heridas que cargó y los afectos que la sostuvieron. Hay cosas que se entienden con el tiempo. Otras duelen de una manera distinta. Y algunas, sencillamente, necesitan ser dichas.
Corradetti suele repetir que no le debe nada a nadie. Pagó las cosas malas y disfrutó las buenas. No escribió estas cartas para pasar facturas ni para ajustar cuentas con el pasado. Las escribió porque sintió que había llegado el momento de expresar lo que llevaba adentro, sin pedir permiso y sin la obligación de quedar bien con nadie.
Cartas reales e íntimas jamás enviadas y 36 destinatarios
“Así fueron apareciendo los destinatarios. Mi mamá, a quien extraño profundamente; mi abuelo inmigrante, al que todavía quisiera haberle hecho tantas preguntas; mi hermanito recién nacido, que me regaló una felicidad inmensa y con quien hice, durante sus primeros 2 años, una especie de ensayo de la maternidad. También mis hijos, amigas, quienes me acompañaron en momentos difíciles, y hasta aquellas personas que, sin proponérselo, sacaron lo peor de mí y me obligaron a conocerme un poco más”, señala.
Entre esas páginas está también el amor. Ese que buscó durante mucho tiempo, convencida de que andaba dando vueltas por el mundo y de que, en algún momento, iba a encontrarlo. “Nada fue necesariamente sencillo, y tampoco pretendía que lo haya sido. Como sea, apareció”, dice.
Escribió 36 cartas a lo largo de un proceso que duró más de un año. No se sentaba todos los días a cumplir con una tarea ni tenía un calendario que la obligara a terminar. A veces necesitaba escribir; otras, buscaba la inspiración. Dejó que cada carta apareciera cuando tenía que hacerlo. Algunas nacieron del dolor, otras del agradecimiento, de la nostalgia o incluso del humor. Porque la vida también tiene eso: uno puede llorar por algo que le partió el alma y, unos minutos después, reírse de una anécdota que parecía olvidada.
Una de las cartas más movilizadoras es la que le escribió a la Cecilia de 6 años. Aquella nena no respondía demasiado a los modelos que se esperaban de una niña de su época. No andaba con vestiditos ni moños. Tenía el pelo corto, era varonera y más de una vez le preguntaron si era nene o nena. Hoy lo cuenta con naturalidad, pero hubo situaciones que dejaron marcas.
Una vez, una tía sarcástica la anotó en un concurso de trenzas. El detalle era que Cecilia no tenía pelo para hacérselas. Sin embargo, subió al escenario. Se escucharon risas. Nadie la aplaudió.
Una carta a la nena que lleva adentro: varonera, distinta y sin moños
“Cuando vuelvo a esa escena, todavía me pregunto cómo nadie hizo ganar a una nena tan valiente”, reflexiona, entre risas. “Porque subí igual, aun cuando las condiciones parecían estar dadas para que pasara vergüenza. Tal vez aquella experiencia marcó algo que después me acompañaría durante toda la vida: iba a tener que atravesar muchas situaciones difíciles".
Escribirle a esa niña fue una manera de volver a encontrarse con ella. De mirarla desde el lugar de la mujer que es hoy y decirle que sobrevivió. Que creció, que hizo su camino, que se equivocó, que aprendió, que quiso y que fue querida. Que no tenía por qué encajar en todos los moldes para convertirse en quien finalmente llegó a ser.
También le escribió a la muerte. En 4 oportunidades, la muerte le dio la posibilidad de seguir en este plano, y hay experiencias que cambian para siempre la manera de mirar la vida. Una de ellas ocurrió en 2007, cuando estuvo en terapia intensiva. Recuerda al enfermero que la atendía y que, sin saberlo, la ayudó a imaginar un futuro. Le hablaba de cosas que haría después, de situaciones que todavía estaban por venir. Ella pensaba que, si alguien le hablaba de lo que iba a hacer más adelante, era porque creía que saldría de allí de pie, sana y lista para comerse el mundo.
“A veces, una persona dice algo sin imaginar cuánto puede significar para quien la escucha. Ese enfermero probablemente no recuerde aquellas conversaciones, pero yo sí. Por eso necesitaba escribirle”, advierte.
Hay otra carta que le costó de una manera diferente: la que le escribió a su mamá. Fue una tarde triste, de esas en las que una toma conciencia de que el teléfono ya no va a sonar como antes. La muerte de su madre la dejó frente a una ausencia difícil de explicar. Sintió que había dejado de ser importante, porque cree que a nadie le importa tanto una hija como le importa a su madre.
"Escribir cartas fue una manera de hacer terapia"
“Hay cosas que una quisiera contarle todos los días y todavía siento el impulso de llamarla. Una noticia, una preocupación, una alegría mínima, algo que pasó en el trabajo o una tontería que solamente ella entendería. Y entonces aparece la realidad: ya no está del otro lado”, sintetiza. Escribirle fue su manera de seguir hablándole y de reconocer todo aquello que quizá no supo expresar a tiempo.
Con su abuelo le sucede algo parecido. Fue un inmigrante y hoy Cecilia se pregunta por qué no le hizo más preguntas cuando estaba vivo. Cuántas historias se habrán ido con él, cuántas respuestas quedaron pendientes.
“A veces creemos que habrá tiempo para saber de dónde venimos, para preguntar por nuestros mayores o para sentarnos a escuchar esas anécdotas que parecen repetidas. Hasta que un día ya no podemos hacerlo”, reflexiona.
No están todas las historias de su vida en este libro. Sí muchas de las que la marcaron. También hay cartas a la amiga que la acompañó durante la facultad politizada, a quienes estuvieron en etapas complejas, a sus hijos, al tiempo, a personas que dejaron una huella y a las mujeres que hoy llevan su nombre y son abuelas. Porque la vida pasa casi sin pedir permiso y, de pronto, una se descubre en otra etapa, con patas de gallo, cremas para disimular las arrugas y un montón de recuerdos que merecen ser contados.
Sin embargo, Cartas que no envié no pretende ser una autobiografía convencional. Aunque parte de sus propias experiencias, a Corradetti le gustaría que los lectores encuentren algo más que la historia de Cecilia Corradetti. El bullying, la sensación de no encajar, las dificultades para relacionarse, los cambios tecnológicos, los momentos laborales caóticos, la pérdida de una madre, los vínculos que sostienen y los amores que llegan después de mucho buscar son experiencias que, de una manera u otra, atraviesan muchas vidas.
Los compañeros de trabajo que merecieron una carta
Quizá por eso la sorprendió tanto lo que ocurrió cuando les escribió una carta a sus compañeros de trabajo de Diario UNO. Se las mandó por el grupo de WhatsApp y después esa carta fue publicada. Empezó a recibir mensajes de cariño y afecto que la conmovieron. Se encontró con personas que se sentían identificadas con lo que había escrito, que reconocían algo propio en sus palabras. Y pensó: era por ahí.
“Había que escribir más. Había que expresar, agradecer, decir. No deberíamos esperar siempre a que una ausencia, una despedida o el paso del tiempo nos obliguen a hacerlo”, completa.
La escritura la acompaña desde que tiene memoria. Es su manera de ordenar lo que siente, de comprender algunas cosas y de encontrar alivio. Escribir puede ser una forma de terapia gratuita, una conversación con una misma cuando todavía no se encuentran las palabras para hablar con los demás. Pero hay una diferencia enorme entre escribir para una misma y abrir esas páginas para que otros las lean. Compartirlas exige cierta valentía, porque una deja de controlar lo que cada lector va a encontrar en ellas.
Aun así, decidió hacerlo. No quiere que estas cartas queden encerradas en su historia. Le gustaría que alguien las lea y se acuerde de su mamá, de su abuelo, de aquella amiga que estuvo cuando nadie más estaba, de un amor que cambió su vida o de una persona a la que nunca le agradeció lo suficiente. Que se ría en alguna página, que se emocione en otra y que, al cerrar el libro, piense: "A mí también me pasó".
La editorial que apostó al libro Cartas que no envié
El camino hasta llegar a la publicación fue largo. Hubo que escribir, volver sobre cada texto, revisar y ordenar. Después llegó uno de esos correos electrónicos que una recuerda para siempre: una editorial de Buenos Aires, Horizonte Vagabundo, había decidido apostar por el proyecto.
“Fue una felicidad difícil de explicar. De pronto, aquello que había nacido de una necesidad íntima empezaba a tomar forma de libro y se preparaba para encontrarse con otros”, recuerda Cecilia.
La preventa ya está disponible a través de la cuenta de Instagram @editorial_horizonte_vagabundo, desde donde se puede acceder a la tienda en línea y elegir la opción de envío a domicilio o retiro durante la presentación.
En Mendoza, ese encuentro tendrá lugar el jueves 5 de noviembre, a las 19, en la Librería García Santos, ubicada en San Martín 921, de Ciudad. Será una oportunidad para compartir las historias detrás de las páginas, conversar con quienes se acerquen y celebrar este paso tan importante. La velada tendrá también el acompañamiento de Bodega Domaine Bousquet y algunas melodías en la voz del cantante Michael Giménez.
"Mi colega y editor Facundo García tuvo la generosidad de escribir un prólogo emocionante. Y, como si fuera poco, me acompañará durante el evento con algunas preguntas que sólo él puede formular", indicó la autora.
Es su segundo libro y, como ocurrió con el primero, Poderosas, hay algo que vuelve a unirlo todo: las historias. A Corradetti la conmueven las propias y las ajenas. Le gusta escuchar, preguntar, descubrir qué hay detrás de una persona y encontrar esas pequeñas escenas que explican mucho más que cualquier descripción. Tal vez por eso sigue siendo periodista, un oficio que le encanta, y docente. Ambos trabajos la mantienen curiosa, en contacto con los demás y atenta a lo que sucede alrededor.
Si tuviera que elegir una sola frase para invitar a leer Cartas que no envié, la escritora lo resumiría así: todos tenemos una historia que contar y, quizás, también una carta que nunca nos animamos a enviar.
Esta vez, Cecilia Corradetti se animó a hacerlo.
En pocas palabras
- Periodista Cecilia Corradetti: presenta su libro Cartas que no envié, una obra íntima sobre recuerdos y experiencias.
- Contenido del libro: recopila 36 cartas nunca enviadas dirigidas a familiares, amigos y otras personas significativas en su vida.
- Presentación del libro: se realizará el jueves 5 de noviembre en San Martín 921, Mendoza, con acompañamiento musical y de vinos.







