Todo ser viviente de este planeta tiene algo en común: su composición es mayoritariamente agua y las teorías sobre el origen de la vida la ubican en el mar -por entonces dulce-. Por eso, el ser humano ha vivido pendiente de la cercanía con el líquido elemento para asentarse. También la lluvia, única fuente disponible en lugares áridos, ha sido objeto de desvelos.
Desde tiempos inmemoriales, diversos personajes, hechiceros, sacerdotes o chamanes han dicho tener el poder de hacer llover. Pero ninguno alcanzó la fama, debido a sus resultados comprobables, como el argentino Juan Baigorri, El Mago de Villa Luro.
Te puede interesar Anses: el aumento para marzo en las jubilaciones sería de entre 4,2% y 11,9%
Juan Baigorri Velar (1891-1972), entrerriano luego afincado en Buenos Aires, a diferencia de muchos supuestos "hacedores de lluvias", no fue un improvisado charlatán, sino un profesional que ostentaba el título de ingeniero en geofísica, obtenido en la Universidad de Milán, Italia.
Te puede interesar: Combate a la sequía. Muestran en Mendoza un novedoso método para hacer que llueva
Especializado en la actividad petrolífera, supo crear sus propios aparatos de búsqueda minera, lo que le valió prestigio y lo llevó a ser convocado por el propio Enrique Mosconi, pionero y creador de la empresa YPF.
Descubrimiento azaroso
Baigorri dijo haber dado por casualidad con la máquina de hacer llover al realizara búsquedas de minerales en Bolivia con un dispositivo electrónico de su invención, el que al ser conectado, generaba leves lloviznas "originadas por la congestión electromagnética que la irradiación de mi máquina producía en la atmósfera", explicaría luego, ya entronizado como gran inventor al diario sensacionalista Crítica. Lo paradójico fue que antes de morir, destruyó sus aparatos y no dejó registros (planos) ni indicios sobre el funcionamiento de su invento. Se llevó el secreto a la tumba.
Viviendo en el barrio de Villa Luro, elegida por su elevación -la más alta de la ciudad de Buenos Aires- comenzó sus trabajos para aumentar la potencia de su invento, para generar lluvias más copiosas.
El dispositivo en sí era una caja no mayor que una caja de herramientas o de pesca grande (30 x 40 x 70cm. aproximadamente), con una batería eléctrica, metales radioactivos fortificados con productos químicos y dos antenas, de polo negativo y positivo, respectivamente, encargadas de "congestionar" las nubes y provocar la precipitación.
¿Casualidad o causalidad?
Para comprobar la eficacia de su milagrosa máquina de lluvia, Baigorri se presentó en la oficinas del Ferrocarril Central Argentino, donde el gerente le desafió, con algo de sorna, a que hiciera llover en Santiago del Estero.
Recogiendo el guante con presteza, en noviembre de 1938, Baigorri viajó acompañado de un funcionario de la empresa ferroviaria, Hugo Miatello, a la localidad de Pinto. El propio Miatello contaría luego que cuando se encendió la máquina el viento cambió de dirección, se nubló y doce horas después se produjo un leve chaparrón. El mago había hecho su truco en forma magistral.
El 22 de diciembre de aquel año, Baigorri viajó a la capital santiagueña, donde el gobernador le facilitó una instalación para alojar sus equipos. Luego de 55 horas de funcionamiento, cayeron 60 milímetros de lluvia en la capital de aquella provincia, famosa por su clima árido.
Con estos antecedentes el geologo tuvo un regreso triunfal a Buenos Aires, despertó el interés del golpista dueño del diario Crítica, Natalio Botana, quien comenzaría a darle seguimiento mediático a los "milagros" de Baigorri, también conocido como Baigorrita.
Desde el exterior se interesaron por el invento, y desde Estados Unidos quisieron comprar la patente, pero la respuesta de Baigorri fue sincera: "Soy argentino y quiero que mi invento beneficie a mi país".
Esta fama causó celos en muchos fueros, y el titular de la Dirección de Meteorología, Alfredo Galmarini, calificó de poco serios a las acciones del entrerriano. La respuesta del científico, ya transformado en una especie de héroe popular, dijo que para el 2 o 3 de enero de 1939 haría llover en Buenos Aires. Y a Galmarini le envió de regalo un paraguas.
El 30 de diciembre la gente le pedía al genio que "no hiciera llover" para la noche de Año Nuevo, y éste encendió la máquina, calibró la potencia para no generar un gran tormenta, y el 2 de enero se desató un fuerte temporal. El Mago se había presentado con bombos y platillos ante el gran público. Su fama ya no tenía límites, y como era de esperarse, fue tapa de los diarios, especialmente del que lo había descubierto como producto mediático: Crítica.
Ese mismo mes Baigorri llenó la laguna de Epecuén, en Carhué, la que se había vaciado por la dura sequía que azotaba la zona sur de la provincia de Buenos Aires.
Del clímax al olvido
En la década del '50 (1952) su trabajo entró en la órbita oficial al ser convocado por el ministro de Asuntos Técnicos Raúl Mendé, e hizo llover nada menos que en la árida ciudad sanjuanina de Caucete, lluvias en Caucete, luego de ocho años de sequía. En Córdoba levantó la cota del dique San Roque -Carlos Paz- a 35 metros. En 1953 hizo llover copiosamente en La Pampa.
Pero la falta de una patente, planos, y el hermetismo del inventor respecto al funcionamiento de la máquina de hacer llover, hicieron que Mendé dejara de convocarlo, sospechando fraude, lo que deprimió a Baigorri, alejando de las rutilantes presentaciones y nunca volviendo a usar el equipo. Muy a nuestro estilo e idiosincrasia, el aclamado héroe cayó rápido en el olvido.
Sus detractores dicen que -en el mejor de los casos- su invento fue llanamente un radar, que solamente detectaba las tormentas y le permitía, no crear, sino predecir las precipitaciones.
Juan Baigorri Velar falleció en medio de la indiferencia del público y la pobreza. Su aparato nunca fue hallado, y su secreto se fue a la tumba con su creador, como en una novela barata del siglo XIX.



