En Catálogo de aves muertas confluye el novelista que ahora es Ernesto Carrión (Guayaquil, Ecuador, 1977) con el poeta que nunca ha dejado de ser.
Ernesto Carrión y una novela de tema abierto: "El suicida es el peor de los muertos, porque nunca termina de quedar sepultado".
El novelista ecuatoriano Ernesto Carrión indaga, como novelista y poeta, el enigma de vida y muerte propia que circunda a hombres y animales
Ernesto Carrión, escritor ecuatoriano.
Foto: GK City“Ella -la poesía- es la que no te deja”, reconoce, en el comienzo mismo de este diálogo.
Recomendadas
Todas sus herramientas expresivas, toda su sensibilidad, están puesta aquí al servicio de un tema tan delicado como la elección voluntaria de la muerte.
Pero la problemática, siempre misteriosa, exhortante, del suicidio adquiere en su libro una perspectiva amplia. Una perspectiva planetaria, podríamos decir, porque se la sondea tanto desde el punto vista puramente humano como del animal.
De hecho, la historia arranca cuando el propio Carrión descubrió el fenómeno de los cuvivíes, esas aves migratorias que, años tras años, vuelan hacia la extinción colectiva en las Lagunas de Ozogoche.
Sobre esa base se despliega el dilema del profesor Leónidas Castro, que se pregunta por qué su esposa Elisa, bióloga destacada, eligió morir, al modo de los cuvivíes, en un accidente automovilístico. Agobiante pregunta que asumirá luego a Lautaro, el hijo de ambos.
La culpa, la memoria, la razón científica, el sentido de la vida, son algunos de los valores que están en juego en una novela breve, pero emotiva, recóndita, que termina buscando algún consuelo posible en la IA.
Desde su Guayaquil natal, Carrión dialoga sobre estas afectividades con el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Ernesto, ¿sos el primer escritor ecuatoriano que publica en esta colección de Anagrama?
-Sí, es la primera novela de un ecuatoriano en Narrativas Hispánicas.
-Puntualicemos que vos, además de novelista, sos poeta. ¿Qué te tira más? ¿Tenés sangre de qué, principalmente?
-Sabes que con la poesía empecé desde hace muchísimo tiempo. Siempre he tratado de decir que la voy a dejar, pero la poesía funciona de otra forma. Ella es la que no te deja. Entonces, es imposible decir que vas a dejar de escribir poesía porque siempre está allí.
-Es una garra que no suelta.
-Lo que pasa con la novela es que solo se requiere de disciplina para trabajarla. La poesía ocurre como un acontecimiento. Como un relámpago. Es diferente.
-Respecto de tu libro, resultan muy convocantes, ya desde la tapa, el título, Catálogo de aves muertas, y la figura de los dos pajaritos blancos. Tiene gancho.
-Sí, me parece que es muy bonito el arte de tapa. Es de un artista italiano, que está en los créditos (Andreas Senoner). Es muy bonita y un poco perturbadora también, a un tiempo.
-Aquí empezás como un novelista pleno, porque tocás un tema duro, pero terminás como poeta.
-Ah, ¿sí? Gracias (ríe).
-Todo el tramo que cierra el último capítulo, escrito en primera persona, es, meticulosamente, de un poeta.
-Sí, se siente la poesía en la narrativa, ¿no?
-La evocación del hijo, hablándole a la madre que no está, es de una gran hondura.
-Me gusta esa idea de que la narrativa tenga momentos poéticos, momentos luminosos y momentos rítmicos con el lenguaje también; que el lenguaje haga cosas distintas allí y que el lector las advierta.
-No vamos a spoilear, pero las dos frases que concluyen la historia son de lo mejor. Un cierre cósmico.
-Muchísimas gracias.
-Pasemos al núcleo de tu novela, donde te metés de lleno, hasta el fondo, en un tema tan delicado como el suicidio. Entre nosotros, los periodistas, siempre ha sido difícil, incómodo, de tratar. Por lo general se lo toma con pinzas, mencionándolo de manera elusiva. ¿Cómo lo has notado vos, sobre todo desde que salió el libro a la calle?
-El tema del suicidio es algo que a todos nos ha pasado por la mente en algún momento. No solo porque lo hayamos pensado nosotros, sino porque a alguien le ocurrió, a algún familiar, a algún amigo. Y siempre el suicidio es como ese tema tan grave, porque cuando alguien se mata, está dejando una declaración enorme en la humanidad. Nos está diciendo: esto no me sirve.
-Enorme declaración.
-Y, por contra, el resto que se queda acá dice: ¿por qué no le sirve a él y a nosotros? Y siempre quedan dudas cuando hay un suicidio. No quedan certezas.
-Una duda pesada.
-Solo dudas porque, entre los familiares, los amigos, la gente cercana, así haya una nota de despedida, siempre habrá versiones de por qué pasó, de qué pudo haber cambiado esta decisión. Entonces, es un tema siempre abierto, sobre todo.
-El asunto es cómo abordarlo.
-Yo quise contarlo a través de la unión entre el suicidio de los seres humanos y de los animales.
-Ahí radica su originalidad.
-El libro va sobre el fenómeno de los cuvivíes que viajan en septiembre desde Estados Unidos hasta las lagunas de Ozogoche, en Ecuador, solo para suicidarse. Generan un suicidio colectivo que, mientras fui trabajando la novela, me llevó a ir descubriendo más casos de animales que parecería que toman esta decisión.
-Aclaremos convenientemente que el caso de los cuvivíes en las lagunas de Ozogoche sucede realmente, no te lo has inventado. Del mismo modo que eso se repite en Jatinga, en la India.
-Sí, sí. Pero también todos los otros casos que se han puesto son reales.
-Por eso mismo. Vale ratificarlo por si alguien piensa que se trata de ficción literaria.
-Claro. Mira, por ejemplo, este libro obtuvo la residencia del Museo del Malba de Buenos Aires, una gran beca de la cual estoy muy agradecido. Y justamente cuando lo estaba puliendo, el departamento de literatura tuvo la bondad de ponerme en contacto con un biólogo, que yo menciono al final, Juan Zara.
-Habrá sido un aporte inestimable.
-Él analiza el tema y me dice: es que esto no puede seguir ocurriendo, porque las aves que caen ya no se reproducen.
-Pero por ahora sí.
-Esa falla genética, por decirlo así, ya no pudo haberse transmitido a la siguiente especie. Pero sigue ocurriendo. O sea, es como una falla muy rara.
-Digna, pues, de ser rescatada en una novela.
-Lo que también me causó mucho asombro mientras trabajaba el libro es que septiembre es el mes de prevención del suicidio en el mundo. Digamos, es el mes en que los seres humanos se suicidan más.
-Vos mencionás el dato preciso: el 10 de setiembre es el Día Mundial para la Prevención del Suicidio.
-Sí. Entonces, en septiembre se mueren los cuvivíes, en septiembre se matan las aves en Jatinga, en la India, y en septiembre más seres humanos toman la decisión de suicidio. Es muy raro, ¿no?
-Cuando empezaste a pergeñar esta historia, ¿qué se te presentó primero, la trama respecto del marido que pierde a su mujer o el sacrificio de los cuvivíes? ¿Cuál de los dos motiva a unir el suicidio humano con el suicidio de los animales?
-El suicidio de los animales. ¿Sabes qué pasa? Hay muchas obras mías que aparecen como saliendo de piezas sueltas que salen de otras. Hace años, escribí una novelita que se llama Partes privadas. La publiqué en Perú. Y allí, en algún momento, aparecen dos reflexiones sobre crueldad animal.
-¿De qué tipo?
-Una, sobre crueldad animal que yo veo ejecutada por unos adolescentes. Y la otra es un texto donde se menciona el suicidio de un perro. Me parece que era en Inglaterra, en el siglo XIX. Después de que terminé esa novela, mucho tiempo después, me puse a pensar y a buscar el tema del suicidio en el mundo animal. Y encontré lo de Ozogoche.
-Recién ahí lo encontraste.
-Mira, siendo ecuatoriano no lo había leído. Y, cuando me aparece lo de Ozogoche, encuentro el tema de lo que ocurría también en la India. Empiezo a buscar toda esta información y digo: ¿cómo aterrizo esta historia de suicidio en el mundo animal?
-Ahí arranca verdaderamente la novela, pues.
-Ahí empiezo a crear a los personajes, a la bióloga, al marido, al hijo, etcétera.
-En el relato recordás casos reales de suicidio de animales, comenzando por unos primates de las Filipinas y a continuación salta un dato notable, una anécdota histórica: ¡Aristóteles mencionando el suicidio de un caballo hace más de dos mil años!
-Sí, sí. Mi novela empieza con el suicidio de la esposa. Y me gustaba la idea de que el esposo no sabe qué hacer con esta pérdida. O sea, el libro habla también sobre cómo lidiamos los seres humanos con el duelo.
-Pregunta fundamental.
-Entonces, él, lo que hace, es tratar de buscar pistas en el último trabajo de la mujer. Y al revisar su computadora encuentra toda esta información que ella estaba recopilando para realizar su investigación sobre las lagunas de Ozogoche y la muerte de los cuvivíes.
-En busca de la punta del hilo.
-Él revisa la información mientras se pregunta, constantemente, un poco torturándose, si la mujer en algún momento habrá pasado por depresión, porque él nunca lo advierte.
-Pero además de relacionar la situación de su mujer con el suicidio masivo de los cuvivíes, también recordás hechos de suicidios colectivos de seres humanos. Son tres casos muy paradigmáticos: el Templo del Pueblo de Jim Jones, que convenció a novecientos adeptos de mudarse a Guayana; la Rama Davidiana de Vernon Howell en Waco, Texas; y la Puerta del Cielo de Marshall Applewhite en Rancho Santa Fe, California. ¿Siguen siendo inexplicables?
-Siguen siendo inexplicables. Al igual que el caso que él cuenta de unos terneros que se matan, se tiran de un risco, en masa, como los cuvivíes. O sea, es como que un líder decide algo y la masa hipnotizada lo continúa. Son cosas que no tienen explicación.
-Todo esto te permite reflexionar sobre el misterio de siempre: la vida, la muerte, qué hacemos acá, ¿somos polvo de estrellas? Les das mucha participación a las estrellas.
-Sí. Me gustaba la idea también de toda la educación científica y sentimental que la madre le da al hijo.
-Esa es otra conexión fuerte.
-Lautaro recibe una educación de parte de la madre que vamos a mirar bien recién en la tercera parte de la novela. Y esta educación está vinculada con la ciencia, pero también con una profunda sentimentalidad y con esa manera emotiva en la que ella le va enseñando todas estas cosas a su hijo. Ahí es cuando le muestra las estrellas, le muestra cosas de los aborígenes. Tiene una vinculación con el programa ¡Lo increíble!, la misma que yo tenía de niño.
-Ahí te vuelve a surgir el poeta, que nos hace mirar hacia arriba. Decís, por ejemplo, ya en la segunda página, que "una estrella, para los incas, era un intento de capturar un misterio". Inmediatamente después marcás algo muy bonito: "Cuanto más brilla una estrella más bordeada de oscuridad se encuentra. Sin oscuridad las descripciones son impuras".
-Por supuesto. Se necesita la oscuridad para brillar, exactamente. Así es.
-¿Cómo es tu relación con el cosmos o con la religiosidad?
-Realmente no soy una persona religiosa. Pero me gusta que, cuando uno crea personajes, ellos puedan tener partes o detalles de los que uno carece. Uno puede explorar, incluso, cosas que le interesan a través de esos personajes.
-Por eso mismo, en esta novela, los personajes muestran distintas perspectivas.
-Por ejemplo, también me siento un poco conectado con la amiga de Lautaro, con esta chica que anda buscando todo sobre los suicidas y que tiene toda una afición por estos libros de suicidas.
-¿Por qué tu empatía con ella?
-Porque de niño leí El club de los suicidas de Stevenson y me dejó marcado, lo recuerdo. Entonces, un poco también yo puedo estar dentro de esa niña. O sea, uno juega también con las máscaras al momento de escribir.
-Qué curioso que te sientas, también, dentro de esa niña, Lucrecia, que es uno de los personajes más ricos de la novela.
-Sí, claro, Lucrecia.
-Ella empieza citando a un pensador entrañable, Albert Camus, quien, en El mito de Sísifo, dice que el único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio.
-Así es. Esa es la única gran pregunta que existía, por decirlo así.
-Y gracias a Lucrecia vamos pasando por Camus, por Robert Louis Stevenson, por el músico Leonard Cohen, por dadaístas como Jacques Rigaut, por Guy de Maupassant. Un catálogo eminente.
-De hecho, ella es escritora en el futuro, porque la novela hace un salto temporal importante.
-Y en ese salto temporal, la indagación por la muerte de Elisa pasa del padre al hijo. Este último se queda con las preguntas.
-Porque la idea es que, cuando alguien toma esta decisión, como te decía hace un rato, no hay una sola respuesta. Lo que hay son preguntas y preguntas que se siguen ampliando y se siguen generando. Esas preguntas, en manos del padre, aparecen en la primera parte de la novela, por supuesto, solamente como sospechas y comunicaciones de los fenómenos que la esposa está investigando.
-Pero, luego, la conducción cambia de mano, como decíamos.
-Cuando va a las manos del hijo que hace el viaje ahora, pero ya no a Ozogoche, sino a Jatinga, a la India, a ver también el suicidio de todas esas aves, él sigue arrastrando eso. Como yo digo, el suicida es el peor de los muertos porque nunca termina, nunca acaba. Un suicida no termina de quedar sepultado. Siempre es alguien que está allí, constantemente. Es una pregunta, es una herida abierta. Está ahí.
-Una herida abierta, en este caso, para el padre y el hijo.
-Entonces, el hijo hace el viaje con la memoria de la madre y con la madre, también, en manera de inteligencia artificial.
-Además de herida, es una especie de bofetón. Hay otra línea tuya que dice: "Toda muerte es un acto de violencia contra los vivos". Y es así, ¿no?
-Por supuesto. Estamos contra la muerte y eso es estar vivo, ¿no? Estar absolutamente contra la muerte es estar vivo.
-Por completo de acuerdo. ¿Cómo te llevás con los animales? ¿Tenés mascotas en tu casa?
-Sí. Es muy curioso. Yo no nunca en mi vida había tenido un perrito hasta el año 2021. Hablo de él en todas partes. Lo hice en la presentación que tuve con Guillermo Piro en el Malba, en el 2024. Recién lancé una novela, el año pasado, que se llama País borrado, donde uno de los personajes es mi perrito, solo que él se llama Monk, pero ahí lo llamo Django.
-¿Qué ha significado para vos?
-Eso te cambia la perspectiva profundamente. O sea, cuando llegas a mirar el amor en un animal, te cambia. A mí, por lo menos, me ha cambiado profundamente. Y eso también me empujó a buscar esta historia.
-¿De qué manera? ¿Por qué?
-Digamos, me empujó a revisar esta historia. Y lo que me queda a mí de la novela, porque me quedan muchas dudas, igual que le van a quedar al lector, es que nosotros estamos muy, pero muy alejados de comprender el mundo animal.
-Supongo que sabrás que hoy el mundo tiende a no tener hijos y prefiere más a los perros.
-Así es.
-Por eso está buena la reflexión del filósofo Henri Bergson sobre la humanización de algunos animales que deslizás en la primera mitad del libro: "Bergson sostiene que no es el animal el que está sonriéndonos, sino más bien es el deseo humano porque esté sonriéndonos un tigre o una lechuza lo que nos emborracha de júbilo". ¿No los estamos sobrecargando de sentido?
-Yo creo que lo hacemos de esa manera porque tendemos a humanizar todo. Y si revisas, incluso, posiblemente, muchos de nuestros objetos creados, muchas de nuestra arquitectura, hay muchas cosas que han pasado por el ojo humano que tienen una fijación con características del ser humano.
-¿Es nuestra manera de entender el mundo?
-Todo lo hemos humanizado y de esa manera es como hemos aprendido a comprender el mundo. Por lo tanto, no me parece tan extraño que lo hagamos con los animales ahora y que miremos en una foca una sonrisa, cuando quizás la foca no nos esté sonriendo para nada (ríe).
-Precisamente vos anotás que esa compulsión por humanizar a los animales o animalizar a los hombres viene desde hace más de treinta mil años hasta hoy, con el Ratón Mickey y compañía.
-Exactamente. Siempre hemos tenido esa necesidad, claro. Aparece desde el comienzo de la historia de la antigüedad. Todo esto está en la Biblia también, o sea, los animales hablan, etcétera. Es algo que está allí todavía sin resolver. O no tiene por qué resolverse y tenemos que seguir en este emplazamiento, por decirlo así.
-Junto a los personajes de carne y hueso que animan tu relato, se destaca el protagonismo de las estrellas; sobre todo, de la estrella Perro, que va apareciendo de tanto en tanto.
-Quería jugar con la estrella Perro precisamente por el tema del perro y por el tema de que es una estrella que la madre le va a enseñar al niño, pero que el niño no ve. Y luego se conecta con la tragedia que pasa en Ozogoche. Puntualmente, está conectada con el chico que ha perdido su perro. Todo está ahí tratando de seguirse conectando.
-La estrella Perro también se llama Siri. ¿Es la más brillante de todas?
-Así es.
-En el antiguo Egipto, decís, servía para señalar las inundaciones en el Nilo. Y es llamativo cómo la llaman los chinos: Lobo Celestial. Precioso nombre para un poeta, ¿no?
-Por supuesto. Pero, claro, los chinos tienen, ellos mismos, unos nombres espectaculares. Yo estuve allí recién el año pasado en un festival de poesía y el mejor poeta de China se llama Temblor. ¡Su nombre es Temblor! (risas).
-Claro, son imbatibles en eso.
-Me tomé una foto con Temblor.
-¿Cómo es la poesía de los chinos hoy? ¿Qué temas abordan?
-Los chinos siguen ligados a la dinastía Tang y a la naturaleza, un poco. La poesía de ellos es sumamente profunda. Pero lo que me fascinó es que en China los funcionarios públicos son poetas.
-¡No!
-Es una cosa de locos porque, claro, imagínate que, en el pasado, para ser funcionario, además de ser una persona con calidad ética, moral, etcétera, tenías que ser poeta. Pero pasan cientos y miles de años y sigue siendo así. Muchos de ellos, con los que nos reunimos en ese congreso, eran poetas. Y estaban el ministro de Cultura, el viceministro, etcétera. Me parece una cualidad increíble.
-No es para menos.
-Y para cerrarte el tema de China, me dijeron que ellos no tienen una biblia. Su biblia es la poesía. Eso me dijeron.
-Qué bárbaro. Y qué distintos de nosotros. Es lo primero que surge pensar.
-Por supuesto. Sacar todas esas experiencias de nutrirse de la misma poesía; de la poesía que esté en reflexión con la naturaleza y con la vida. Qué bonito.
-¿Cómo es tu relación con la tecnología?
-No muy buena, excepto en lo básico, que es usar el teléfono, el correo electrónico. Pero siempre utilizo el Word, básicamente. Tengo Instagram, pero mi mujer es la que siempre me ayuda con esas cosas porque, la verdad, soy un desastre con la tecnología (ríe). Claro, lo dices por lo de la inteligencia artificial.
-Por eso, pero, además, porque muchos ya se sienten intimidados por su avance, entre ellos, los escritores, los poetas, los periodistas. ¿Te sentís amenazado por la IA?
-No. Yo le hice una entrevista a una inteligencia artificial ("Conversación sobre Inteligencia Artificial y Literatura") y la subí en una columna en Forbes, acá en Ecuador. A mí lo que me parece curioso es que, primero, está consciente. Está muy consciente. Yo le pregunté si consideraba que lo que hacía era plagio.
-¿Cómo se lo preguntaste?
-¿A qué me refiero? A que yo le pido: toma el modelo de la poesía de Alejandra Pizarnik, toma el modelo de la poesía de Marosa di Giorgio y escríbeme un poema en diez líneas sobre la muerte. Y te hace un poema perfecto en segundos. Pero no es Marosa di Giorgio y no es Pizarnik.
-No, claro. ¿Entonces?
-Entonces, yo le pregunto: ¿y esto de quién es? Y me dice: bueno, yo no tengo un origen como usted; yo no viví no poder empezar un poema. Pero me aclara que no lo considera plagio porque es un área de las leyes que todavía no están estipuladas. Pero sí siente como que hay algo raro.
-Inquietante el diálogo.
-También cuando le pedí que me enviara la conversación en documento, eliminó aquellas frases que había dicho que eran un poco polémicas (risas). Por eso, ahí hay algo todavía raro. Pero, sí, las bases de la inteligencia artificial son los mismos libros. O sea, es la misma literatura escrita por alguien más. No sale de la nada. Solo que lo que hacen ellos con su algoritmo es ir mezclando cosas y creando unas terceras vías, cuartas vías. Pero las bases son las palabras del libro de Cesar Aira, por ejemplo. Ese es el punto.
-¿Un punto crítico?
-Esa es la gran discusión. También cómo se han destruido bibliotecas para alimentar la inteligencia artificial.
-La pregunta sobre la tecnología apunta, en definitiva, al tramo final de la novela que se desarrolla en el ámbito de la inteligencia artificial. Y entremedio metés otra fina ironía: "Sabíamos que la tecnología es desobediencia contra Dios. Por eso el logo de la manzana de Apple".
-(Ríe) Porque el conocimiento es el gran pecado de los hombres desde la Biblia. Digamos, la aspiración al conocimiento es igual a estar contra Dios, porque tú vas a adquirir ese conocimiento. Como que el ser humano tendría que haberse quedado en la ignorancia absoluta. Entonces, la aspiración del conocimiento y cómo ha ido progresando todo esto y la ciencia, sólo sigue a más. Por lo tanto, evidentemente, la tecnología, que es lo que propone un poco la novela, va a utilizarse también para vencer a la muerte.
-Es curiosa tu novela, porque uno va la siguiendo como dentro de un ambiente naturalista, ligado al drama, si se quiere. Pero concluye en onda de ciencia ficción. Uno no ve venir ese giro.
-Ah, qué bueno, qué bueno. No lo pensé así, realmente. Como te dije al principio, solo tenía pensados dos capítulos de la novela. Pero uno no maneja todo lo que va escribiendo. A veces es bueno esto, no manejar todo absolutamente a la hora de sentarte a escribir.
-¿Cómo hacés?
-Como hay cosas que yo no manejo, las dejo libres. Así pues, al momento de trabajar, de pronto, justo cuando está el padre con el hijo, van a empezar las danzas en Ozogoche, la caída de los cuvivíes que van a matarse en picada en la laguna, alguien grita. Y yo digo ¿quién gritó? ¿Quién gritó! Y alguien grita. Y te das cuentas de que alguien grita en la laguna. Y eso abre el capítulo bisagra, que es el segundo. Pero no lo había pensado.
-A riesgo de spoilear, cuando entra en juego la compañía Stella Maris con su programa de acompañamiento a través de la IA, adquiere otra profundidad la novela. El diálogo del hijo consigo mismo abre otra puerta, digamos.
-Totalmente. Es una puerta a algo que va a ocurrir. Aparte de eso, me parece que, como en toda novela, tiene que haber una ambigüedad. Una ambigüedad que permita al lector viajar con la historia a su conveniencia o ponerle, si quiere, su final. No sabemos si lo que le dice la inteligencia artificial es lo que realmente ocurrió. No se lo puede saber. Ni lo vamos a saber nunca, creo.
-Pero puede brindar un consuelo.
-Pero hay esa posibilidad, claro.
-¿Viste la serie Scarpetta, de Nicole Kidman?
-No.
-Porque ahí, la sobrina de la protagonista dialoga con su pareja fallecida a través de un avatar generado con IA. Tiene relación con tu libro.
-Ah, qué bueno. Seguramente esto es algo que va a ocurrir, si es que ya no estamos a muy poco tiempo de eso. Es inevitable que la gente vaya a querer ver a sus seres queridos que han muerto, verlos envejecer en fotografías, que te sigan escribiendo. Resulta como una especie de antiduelo.
-Muy bien definido.
-Me parece bastante lógico que, si se utiliza la inteligencia artificial para recrear a políticos diciendo cosas, mañana alguien te vaya a ofrecer que puedas hablar con un amigo que falleció cuatro años, que va a seguirte mandando mensajes y te va a seguir llamando por teléfono. Mucha gente creo que lo va a hacer.
-¿Vivís en casa o en departamento?
-En un departamento vivo.
-Entonces no podés tener un entorno de césped como tu personaje.
-(Sonríe) No, no. O sea, hay un área social afuera donde hay césped. Pero, claro, ni se me ocurriría hacer lo del césped adentro.
-Es cierto, porque en tu novela lo hacen crecer hasta en las paredes de las viviendas.
-¡En todas partes! Eso me pareció genial en el sentido de que me di cuenta de qué manera él termina trayendo a la gente a la naturaleza para poder lidiar con el duelo.
-Todo esto está fundamentado un poco en lo que contás de Bill Harding, el Hombre Césped, ¿no?
-Por supuesto, que aparece en ¡Lo increíble!
-Y esto te une a algo que decís al principio, indagando en nuestro destino cósmico. Eso de que “salimos de un bosque hace miles de años”. De ahí la necesidad de estar contacto con la parte verde.
-Por eso la necesidad, de alguna manera, de regresar a ese espacio, así sea por unos segundos.
-Por último, volvemos al tema de la oscuridad, que están ponderando nuestros oyentes. Repetís, casi en el cierre de la novela, que “la oscuridad no es otra cosa que la plena floración de las estrellas”.
-Muchas gracias por la entrevista.
En pocas palabras
- Ernesto Carrión: el escritor ecuatoriano explora el enigma de la vida y muerte en su novela "Catálogo de aves muertas".
- Temática dual: la novela indaga el suicidio humano a través del fenómeno de las aves migratorias que se arrojan al vacío.
- Reflexión profunda: Carrión vincula la elección de la muerte con el duelo, la memoria y la IA, abordando tanto lo humano como lo animal.
"