A los 9 años, Renzo Tosi no imaginaba que los botones, los alfileres y las agujas iban a acompañarlo durante toda la vida. Iba a la escuela por la mañana y, para ocupar las tardes, empezó a visitar el taller de su tío, Lino Panelli, en Las Heras. Al principio era apenas un juego. Miraba, curioseaba, ordenaba las cosas y encontraba entretenimiento en un mundo de telas, hilos y herramientas que, sin saberlo, terminaría convirtiéndose en su oficio.
Empezó a los 9 años jugando con botones y hoy, a los 66, es uno de los pocos sastres en Mendoza
Renzo Tosi aprendió el oficio en el taller de un tío que le hizo una advertencia que todavía recuerda: “Aprendé el oficio que pronto desaparecerán todos”, le dijo

Renzo. A los 66 años, es uno de los últimos sastres de Mendoza, oficio que aprendió a los 9 años.
“Era como un juego, no me pagaba, pero yo aprendía. Ordenaba botones, juntaba alfileres y enhebraba agujas”, recuerda Renzo, hoy de 66 años, mientras sigue trabajando en su humilde taller, que también es su casa, de calle Gomensoro 2304, en San José, Guaymallén. Allí pasa buena parte del día, entre prendas que necesitan un arreglo, pantalones que deben ajustarse, mangas que hay que acortar y clientes que llegan con una necesidad concreta. Su trabajo es artesanal, minucioso y, sobre todo, paciente. Cada prenda tiene su historia y cada arreglo exige encontrar la manera de que vuelva a quedar como corresponde.
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Su tío fue el primero que le enseñó los secretos del oficio. Después de las tareas más sencillas, empezó a mostrarle cómo arreglar algunas prendas, siempre a mano. Renzo aprendía sin apuro, puntada a puntada, sin imaginar hasta dónde llegaría aquella curiosidad infantil. “Cuando me quise acordar tenía 15 o 16 años y ya podía hacer un saco”, cuenta.
El oficio de sastre que aprendió de su tío
A esa edad, lo que había empezado como una forma de pasar el tiempo ya era mucho más que un pasatiempo. Era una habilidad que podía convertirse en una manera de ganarse la vida. Renzo comenzó a recorrer el camino de los sastres en una época en la que el oficio tenía otro lugar en la sociedad, cuando los trajes se confeccionaban a medida y las prendas pasaban por manos expertas antes de llegar a sus dueños.
Su primer trabajo fue en una sastrería particular que recibía las sotanas de los sacerdotes del Arzobispado, además de pantalones y trajes. Allí hacía lo que ya sabía: recibía las telas cortadas y se ocupaba del armado. Más tarde pasó por Sastrerías El Cóndor, donde continuó sumando experiencia. Pero entonces llegó el servicio militar obligatorio y, cuando terminó, encontró que aquella sastrería había cerrado.
Tuvo que buscar otro lugar donde trabajar. Recorrió sastrerías particulares y siguió poniendo en práctica lo que había aprendido. No era un oficio que hubiera elegido por descarte. Le gustaba y sentía que tenía mucho por delante. Además, llevaba consigo una frase de su tío que con los años adquiriría un significado especial: “Aprendé el oficio que pronto desaparecerán todos”.
La advertencia sonaba lejana cuando Renzo era chico. Con el tiempo, sin embargo, empezó a parecerse a un presagio. Hoy considera que es uno de los pocos sastres que quedan en Mendoza. La confección industrial, las grandes cadenas de ropa y los hábitos de consumo cambiaron la relación de las personas con las prendas. Comprar algo nuevo puede resultar más sencillo que buscar quién lo arregle, aunque no siempre sea la mejor alternativa. Y detrás de cada arreglo bien hecho hay un conocimiento que no se adquiere de un día para el otro.
La época sacrificada del oficio: cuando aprendió a cortar
Renzo también sabía que todavía le faltaba aprender una parte fundamental del oficio. Durante años había trabajado con telas que llegaban cortadas: él se encargaba de armarlas. Pero quería dominar el proceso completo, desde el primer trazo hasta la prenda terminada. La oportunidad apareció cuando conoció a un sastre español que le enseñó a cortar.
Fue una etapa exigente, de mucho trabajo y sacrificio. Las jornadas se extendían hasta la noche y, cuando volvía a su casa, todavía le quedaban encargos particulares. Aprendía mirando, practicando y volviendo a empezar cada vez que era necesario. No había atajos: para dominar la técnica necesitaba horas y horas de trabajo.
“Con ese sastre fue una época bravísima por la cantidad de trabajo y dedicación. Hacíamos un trueque. Él me enseñaba y yo aprendía. No cobraba nada”, recuerda.
Ese intercambio fue una escuela. Renzo sumó herramientas, ganó experiencia y completó una formación que no había aprendido en ningún aula, sino junto a otros trabajadores que conocían el oficio y estaban dispuestos a transmitirlo. En la sastrería, cada detalle importa: el corte, la caída de la tela, las medidas, la costura y el modo en que una prenda se adapta al cuerpo. Una diferencia mínima puede cambiar el resultado. Por eso, aun después de décadas, sostiene que siempre hay algo nuevo por aprender.
Con trabajo y sacrificio pudo casarse, construir su casa y criar a sus hijos. El taller que hoy funciona en Gomensoro 2304 forma parte de esa historia: allí levantó su hogar y también encontró un espacio para seguir trabajando. Quedó viudo y sus hijos crecieron viendo de cerca lo que significaba vivir de un oficio artesanal. Ninguno, sin embargo, quiso seguir sus pasos. A ninguno le interesa ser sastre.
El oficio que aprendió y que jamás abandonó
Renzo lo cuenta sin reproches. Cada uno elige su camino, aunque eso signifique que un saber transmitido durante generaciones no encuentre continuidad dentro de la familia. Él aprendió de su tío y de aquel sastre español; hoy sigue haciendo lo que sabe, pero no tiene asegurado que alguien vaya a tomar la posta.
Después de trabajar en distintas sastrerías, llegó a Sastrería para Damas Mari Serrano. Fue allí donde empezó a pensar en una posibilidad diferente: dejar de trabajar para otros y abrirse camino por su cuenta. No quería depender de una casa de ropa ni limitarse a recibir las prendas que le asignaran. Quería tener su propio espacio y organizar su trabajo.
En 2014 se animó. Desde entonces trabaja de manera independiente en su taller de Guaymallén, donde recibe encargos y realiza arreglos de todo tipo. La decisión significó asumir nuevos desafíos: conseguir clientes, organizar los tiempos, sostener los gastos y hacer que un oficio cada vez menos frecuente siguiera siendo una fuente de ingresos.
El año pasado se jubiló, pero la jubilación no alcanzó para dejar de trabajar. En tiempos difíciles, el taller representa un ingreso necesario y, al mismo tiempo, algo que va más allá del dinero. Es su lugar, su refugio y su cable a tierra. Allí conserva las herramientas, la experiencia y la rutina que lo acompañaron durante casi toda la vida.
“Tuve que reinventarme. Hoy no se puede competir con las casas de ropa”, explica. En lugar de quedarse esperando, salió a buscar nuevas oportunidades. Recorrió negocios de indumentaria y dejó currículums hasta que, dos o tres meses después, recibió una llamada de Sastrería London. El contacto llegó gracias a Marcos, un empleado que conocía su trabajo y que le abrió esa puerta.
“Todo gracias a un empleado, Marcos. Hago arreglos de todo tipo. Tengo trabajo”, cuenta, agradecido por una oportunidad que le permitió seguir haciendo lo que sabe y sumar encargos. En una época en la que muchos talleres pequeños luchan por sostenerse, cada cliente y cada recomendación cuentan.
Comienza la época fuerte de eventos y aumenta el trabajo
Hay momentos del año en que la actividad crece. Esta es una de las mejores épocas para la sastrería: los casamientos, las fiestas de egresados y otros eventos hacen que más personas necesiten ajustar una prenda, acortar un pantalón, corregir un saco o preparar una vestimenta para una ocasión especial. Detrás de esos detalles que muchas veces pasan inadvertidos hay manos que trabajan para que todo quede bien.
Renzo conoce ese ritmo. Sabe que un arreglo no siempre consiste en coser una rotura. A veces hay que modificar una prenda para que vuelva a calzar, recuperar una pieza que parecía perdida o resolver un problema que exige experiencia y precisión. Es un trabajo que requiere paciencia y que no siempre se valora en su justa medida.
“Este trabajo hoy no se paga lo que debería. Además de ser artesanal y a medida, en este oficio uno nunca deja de aprender. Aparecen cosas nuevas todos los días”, sostiene.
Su reclamo no está separado del orgullo que siente por lo que hace. Renzo sabe cuánto tiempo lleva aprender a cortar, armar una prenda y conseguir que el resultado sea el esperado. Conoce el valor de una puntada bien hecha y la diferencia entre resolver un arreglo de apuro y trabajar con el cuidado que exige la tela. Pero también sabe que el mercado cambió y que, muchas veces, el precio de la ropa nueva termina compitiendo con el costo de repararla.
Por eso, seguir trabajando a los 66 años tiene un significado doble. Es una necesidad económica, porque la jubilación no alcanza, pero también una manera de conservar una identidad construida desde la infancia. En el taller no es solamente el hombre que busca sumar un ingreso: es el chico que empezó ordenando botones, el adolescente que aprendió a hacer un saco, el trabajador que aceptó pasar horas sin cobrar para aprender a cortar y el padre que sostuvo su casa con la aguja y la tijera.
El miércoles 14 de octubre, cuando se conmemore el Día del Sastre, su historia permite mirar más allá de una fecha del calendario. Detrás de ese oficio hay conocimientos que se transmiten de una persona a otra, años de práctica y una forma de trabajar en la que cada prenda obliga a resolver un problema distinto. También hay trabajadores que se adaptan a los cambios para seguir adelante, incluso cuando la actividad ya no tiene el reconocimiento ni la remuneración que consideran justos.
"Aprendé el oficio que pronto desaparecerán todos"
La frase de Lino Panelli, aquel tío que lo recibió cuando tenía apenas 9 años, sigue resonando: “Aprendé el oficio que pronto desaparecerán todos”. Renzo aprendió, trabajó y se mantuvo en pie durante décadas. Hoy siente que aquella advertencia se acerca a la realidad, pero no baja los brazos. Mientras haya prendas que arreglar y clientes que necesiten su experiencia, seguirá detrás de la máquina y con las manos ocupadas.
Quienes quieran contactarlo pueden hacerlo al teléfono 2616 68-8261. Su taller está en Gomensoro 2304, San José, Guaymallén. Allí, entre hilos, telas y prendas que esperan una segunda oportunidad, continúa trabajando uno de esos sastres que su tío temía que desaparecieran. Y que, pese a todo, todavía tienen mucho para dar.
En pocas palabras
- Renzo Tosi: a los 66 años, es uno de los últimos sastres de Mendoza, oficio que aprendió a los 9 años.
- Legado familiar: su tío Lino Panelli le advirtió sobre la desaparición de los oficios, consejo que lo marcó de por vida.
- Actualidad del oficio: a pesar de la jubilación, continúa trabajando por necesidad económica y por el valor intrínseco de su labor artesanal.