Cuentos de terror

El terror es nuestro: "Los arrieros"

Cruzar ganado de Mendoza a Chile era su trabajo, pero en 1929 una presencia impregnó de venganza la vida de unos trabajadores que nunca han sido olvidados

No alcanza con interpretar los cambios del viento, las variantes del suelo, la generosidad o la crueldad de los cielos. La montaña conoce a los hombres, hechos de carne y sangre. Por eso los repele. Lo que no es tierra, agua, aire; es ajeno y por lo tanto, desterrable.

Cuesta saber si las cumbres aprobarán su paso esta vez. Tomás aguarda, con la sabiduría que le transmitieron sus antepasados, a la Señora de blanco. Necesita verla.

Nadie olvida el horror de aquel verano en el que no la esperaron. La sentencia fue una eternidad de escarcha y memoria.

El cruce

El primer mes del año 1929 es predecible. Temperaturas superiores a los 30 grados y un sol obstinado en castigar el Paso Portillo, tan desigual a la sombra protectora del Manzano Histórico.

Una veintena de arrieros se prepara para cruzar unas 1.500 cabezas de ganado a Chile. Entre estos hombres hay algunos con más oficio que otros, pero todos están sujetos al respeto que le tienen a la montaña. Tienen familias que mantener y la epopeya de José de San Martín siempre los ha inspirado a sobreponerse a cualquier adversidad. Si el General lo hizo con la libertad como bandera, ellos lo harán con el corazón en los suyos, como promesa y estandarte.

El viaje de ida no tiene mayores contratiempos. A fines de enero, en varios hogares de Tunuyán los ojos buscan el regreso de los jinetes en un horizonte cercano, que terminó haciéndose infinito.

La cordillera y su emisaria tenían otros planes y contra ellas, no hay recursos, excusas o plegarias. Nada puede doblegarlas.

La protectora

Tomás es un hombre importante entre los arrieros, porque es el caporal, el capataz, y su experiencia es determinante. Esta vez no fue de la partida y por eso los vio irse en ese enero normal, que se volvería trágico.

En el contingente que parte hacia Chile va su hermano Luis, a quien le encomienda cuidarse en lo personal y velar por todos en general. A la montaña no se la desafía, pero si hay que enfrentarla, no se hace en soledad.

Los hermanos, separados por el espinazo andino, cuentan los días para el regreso. Al margen del dinero, vuelven con anécdotas y sobre todo aprendizajes, porque todos los viajes son memorables merced a la naturaleza, esa maestra implacable e inconstante.

Los arrieros van a emprender el regreso al día siguiente, el 29 de enero. Para cumplir el consejo de su hermano, Luis le recuerda al caporal que los lidera que debe pedirle permiso a la Señora de blanco.

Ella anida en los claroscuros. Por eso la convocan la noche anterior a la travesía y cuando el sol se despereza las tinieblas. En esos extremos, ella interpreta la voluntad de la montaña y la expresa a los toscos mortales.

Ellos quieren su permiso, su protección entre el llano y las cumbres. Si la respuesta a este tributo es positiva, ella aparecerá. El caporal dará inicio al viaje al amanecer subiéndose a su caballo y ella se ubicará detrás de él, en las ancas del mismo animal, en completo silencio.

El resto de la comitiva la imitará en el mutismo, porque las palabras se vuelven vacías en presencia de lo extraordinario. Sostendrán esa sagrada ceremonia por escarpados caminos, hasta que en algún momento ella desaparezca, sin que eso signifique su desamparo.

Con la luna y el sol como garantes, el caporal la convoca. Se sube al caballo y espera sentir el frío que anticipa la presencia de la Señora, un suspiro de hielo que contamina la sangre con sus minúsculos cristales.

Ella no llega. No es lo esperable ni un buen presagio. Tienen que decidir si aventurarse a viajar o esperar el tiempo que sea necesario hasta verla.

Un par de hombres se ríe de esos cuentos viejos y no pocos argumentan que no hay ninguna amenaza para cruzar, como tantas otras veces lo han hecho.

El amanecer llega con la promesa de un día despejado. Unas pocas nubes interrumpen ese cielo nuevo, pequeñas imperfecciones en medio de los impetuosos rojos, amarillos y naranjas en los que se desangra el alba.

Que ella no llegara no significa que esté lejos. Su ausencia es un mensaje claro y ellos han decidido ignorarlo. Lo que no podrán ignorar será su furia.

El sello de hielo

El viento se hace helado de a poco, mientras arrastra las sombras a un crepúsculo prematuro. Mientras ascienden, el grupo se ha dividido en dos y el primero de ellos se ha adelantado, con una urgencia que no reconoce en las prisas un mal augurio.

El aire compacto como las piedras o el suelo, comienza a girar en torno a los hombres con tal violencia, que no pueden evitar que les arrebate las mantas y sombreros. La noche es una caja de resonancia cuando gritan sus nombres, para no perderse. El sendero que otros han marcado con el mismo coraje que ellos comienza a desvanecerse, borrado por una lluvia que muy pronto se convierte en escarcha.

Es su sello. No hará falta que la miren a los ojos. Igualmente los volverá estatuas de hielo por la afrenta de no esperarla.

La tierra se vuelve barro de nieve y miedo. Ellos, ajenos a la naturaleza que los expulsa, sienten que los cristales en su sangre van robándoles el fuego y buscan el abrazo conjunto para recuperar el calor, la vida, la ilusión del regreso. Si hay que enfrentar a la montaña, no hay que hacerlo en soledad.

Los rezagados encuentran refugio en la ladera de una montaña, una gruta dispuesta a convertirse en su santuario. El presagio de lo peor les llega al mismo tiempo que la nieve.

Cuando la anarquía blanca les permite acercarse, Luis Anzorena es uno de los testigos del horror. Ve a sus compañeros, unidos en la muerte como lo fueron en vida, bajo la nieve inconmovible con la cual la Dama ha sellado su venganza.

Fueron catorce los arrieros de Tunuyán que no sobrevivieron a la ira de la Señora de blanco, intérprete de la faz más siniestra de la cordillera. Pero su crueldad no mató la leyenda. Ahora ellos son parte de la montaña que les arrebató la vida y les legó a cambio la inmortalidad.

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