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Crónica de una derrota, por Leonardo Padura: "El 90% de mis amigos tienen los hijos fuera de Cuba"

Desde La Habana, donde vive este habitual candidato a Nobel de Literatura, charló en el programa La Conversación de Radio Nihuil sobre su último libro, Morir en la arena

La nueva novela de Leonardo Padura (La Habana, 1955), el mayúsculo escritor cubano de este tiempo, Morir en la arena, tranquilamente podría haberse titulado también “La crónica de una derrota”.

Descartó esta última alternativa porque resultaba demasiado explícita, demasiado directa. Carecía de misterio para los lectores.

La derrota en cuestión es, ni más ni menos, el paulatino proceso de degradación que padeció su querido país, Cuba, a partir de los años sesenta, cuando los albores de la Revolución fomentaban las utopías del Hombre Nuevo, pasando por la agria desilusión de los sueños incumplidos, hasta llegar a la situación actual de los apagones interminables, la escasez de productos básicos y la emigración masiva de los jóvenes.

Este arco se cuenta desde las entrañas mismas del pueblo, desde el habitante sencillo, a partir de tres generaciones: los abuelos ilusionados con la promesa socialista, los hijos que reciben su baño de realidad y los nietos ya apuntando hacia el extranjero como tabla de salvación.

Todo gira en torno a un eje, el que conforman dos hermanos, Rodolfo y Geri. Uno, apocado, dubitativo, sumergido en la pasividad. El otro, un parricida, el Caballo Loco que desencadena la tragedia familiar, cuya historia tiene una base verídica, digamos de paso. Y con Nora como cuña entre ambos. Amada eternamente por el primero, desposada malamente por el segundo.

Con Padura habíamos charlado, por primera vez, en octubre de 2020, en plena pandemia, sobre su novela Como polvo en el viento. Ahora, desde La Habana, donde vive este habitual candidato al Premio Nobel de Literatura, nos vuelve a comentar, con notable fluidez y buen talante, las líneas maestras de Morir en la arena en el programa La Conversación de Radio Nihuil.

Leonardo Padura

-¿Hola, Leonardo, qué tal?

-Con un poquito de catarro que compré en Tabasco, México, desde donde acabo de regresar de la Feria del Libro. Aquí, con la situación en Cuba, está todo muy complicado, muy complicado. Pero, bueno, yo tratando de trabajar lo más posible. Como siempre.

-De eso estamos seguros. Impactados por este libro tuyo.

-Esta es una novela en la que muchos de esos personajes están inspirados en personas reales.

-Lo has contado, puntualmente, sí.

-Lo que ocurre es que hay un centro dramático muy complicado, porque se trata de un parricidio. Un hijo que mata a su padre. Este parricida tiene un hermano, tiene unos amigos y toda la vida de esas personas, a lo largo de sesenta años, pasa por este momento del parricidio y llega hasta un presente del 2023 en Cuba.

-El parricidio sobrevuela, en efecto, toda la lectura.

-Ese parricidio ocurrió realmente. Está muy transfigurado en la novela. Los personajes también están inspirados en personas reales que yo conocí mucho. Y bastante cambiados, para que funcionaran dramáticamente.

-¿Qué significó eso para vos?

-Hay un problema. Y es que la realidad tiene la dramaturgia de la realidad. Los acontecimientos ocurren de determinadas formas. Pero la novela exige la dramaturgia de la novela, donde tú tienes que organizar los acontecimientos para que alcancen ese ritmo dramático que se necesita.

-¿Cómo opera esa necesidad creativa con las personas que conocías?

-Por supuesto, eso incluye a los personajes, a los que les tienes que dar unas características, tienes que hacerlos comportarse de una determinada manera, en un momento o en otro, para que dé esa sensación de que has creado un mundo en el que ellos viven y que tú se lo estás mostrando al lector.

-Tu historia tiene dos maneras de contarse. Hay un narrador omnisciente, que no se nombra. Y hay un segundo narrador, Fumero, que conoce muy de cerca al parricida, es su mejor amigo. ¿Tu conocimiento del parricidio real fue igual de íntimo o fue más lejano?

-No. Fue un poco más lejano. Realmente, el que en la vida real fue mi gran amigo es el hermano del parricida, el personaje que aquí pudiera ser Rodolfo. Está todo muy transfigurado.

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Leonardo Padura.

Leonardo Padura.

-Pero la trama te ha resultado familiar.

-Sí, conocí al parricida, al hermano, al padre asesinado, a la madre. A todos los conocí.

-¿Cómo hiciste para ordenar todo esto dramáticamente?

-En esta novela quería hablar, sobre todo, de un destino muy lamentable que ha tenido mi generación en Cuba. Es el momento en que llegamos a esta edad provecta que tenemos y la gente se encuentra en un estado casi de pobreza, con muchas dificultades para poder enfrentar la vida cotidiana. Quería escribir sobre eso, pero me faltaba algo que movilizara el drama de estos personajes.

-¿Qué vuelta le encontraste?

-Adapté de ese parricidio lo que yo pretendía en la novela. Y ahí están estos personajes. Respecto de Fumero, que es tan importante, se trata de un escritor un poco mayor que yo. Empieza a escribir y a publicar diez años antes que yo. Y eso determina que su relación con la escritura sea bastante diferente que la mía.

-¿En qué sentido?

-En que él tiene que escribir como un escritor cubano normal. Yo tuve la suerte de que, muy pronto, en mi trabajo, encontré una editorial en España, Tusquest Editores, con la que publico desde hace treinta años. Y eso me permitió escribir de otra manera.

-¿De qué manera?

-Me permitió escribir con mucha mayor libertad de la que puede tener un escritor que solamente puede publicar en Cuba.

-La pregunta cobra sentido porque, en el epílogo, Fumero hace una serie de consideraciones, propias de un escritor de alma. Uno lee eso y es como si te estuviera viendo la cara, inevitablemente.

-Sí, sí. Es la confesión de que ha llegado un punto en el que tiene que escribir como debió haber escrito siempre.

-Está claro, en tu relato, qué se lo impedía.

-Era una condición tan complicada. Y es una condición tan complicada. Porque cuando sabes que para publicar un libro dependes de que una editorial institucional, que pertenece al Estado -por supuesto, todas las editoriales en Cuba pertenecen al Estado-, te lo apruebe, pues sabes que tienes que jugar con unas reglas de juego. Entonces esto es lo que ha aceptado Fumero toda su vida, de manera natural.

-Hasta cierto momento.

-Llega un punto en que dice: tengo que romper este quicio, este dominio que han tenido sobre mí y quiero hacer algo distinto.

-Parece ser una evolución lógica, ¿no?

-Es un poquito difícil no hacer autospoiler, pero, sí, Fumero va a escribir cosas diferentes y los lectores cuando lleguen al final del libro lo van a entender.

-El final del libro, justamente, es muy personal. Es propio de cada uno de nosotros sacar cuentas con la vida y vos ponés una frase rotunda, principalmente para los que ya peinamos canas. Se trata de asumir el hecho "de que todos sabemos que la vida es una pelea perdida", ¿no?

-Sí. Ese es el gran drama de la existencia humana. Somos la única especie que muy pronto adquirimos la certeza de que nuestro tiempo vital es limitado, de que nos espera algo de lo cual no podemos escapar, que es la muerte. Y esto condiciona el sentido mismo de la vida. Y, bueno, es un drama universal.

-Muy bien plasmado en tus páginas.

-Esto es muy importante también. Cuando escribes literatura puedes reflejar las cuestiones más cercanas, más domésticas, más locales, pero siempre tienes que condicionarlas a que haya una perspectiva universal. Y el camino más seguro, por supuesto, son las interioridades de la condición humana.

-¿De qué tipo?

-En todas las sociedades tenemos temores. El miedo a la muerte es uno de ellos. Además de temores, tenemos felicidades, sentimos odio, sentimos amor, sentimos dolor. A veces el miedo nos condiciona. Entonces, todas estas cosas tienen que estar presentes cuando uno trabaja para que esa mirada, en una realidad muy local, también tenga una perspectiva universal.

-Hablando de cuestiones universales, tu libro, llamado Morir en la arena, nos permite a los lectores seguir reflexionando sobre estas cuestiones. Decís, también, en las últimas páginas: "Pero cuando hemos llegado a esa ribera resulta que, al salir a la arena y eran unos pocos pasos, apenas nos queda la opción de morir con pena y sin gloria, porque lo sólido no lo es". Es una muy bonita manera de decirlo.

-Bueno... (ríe) uno trata de escribir lo mejor que puede. Cada libro que he escrito, y esto lo puedo decir con absoluta garantía; cada libro que he escrito es el mejor libro que he sido capaz de escribir en el momento en que lo escribí. Y si no es mejor, ha sido por falta de talento, no por falta de esfuerzo, porque siempre pongo todo en el intento de lograr el mejor libro posible.

-No hace falta que nosotros elogiemos tu escritura. Basta con mencionar que muchas veces has figurado como candidato al Premio Nobel, has ganado el Princesa de Asturias, etcétera. Galardones no te faltan.

-Los premios honoríficos son muy satisfactorios porque esto implica que otras personas que han leído tu obra la valoren de una determinada manera. Eso a mí me enorgullece mucho. Los doctorados honoris causa que me han dado algunas universidades, premios como el Princesa de Asturias, o la Orden de las Artes y las Letras que me dio Francia, el propio Premio Nacional de Literatura de Cuba que tengo, en fin.

-Nada más que agregar.

-Déjame decir algo, porque tú eres una ametralladora haciendo preguntas y casi no me dejas hablar (risas).

-Adelante. Somos todo oídos.

-Lo más importante es que tanto periodistas, buenos lectores, como ustedes, o gente muy común, como viene de ocurrirme en Villahermosa, Tabasco (México), se te acerquen y te digan cosas bonitas sobre tu trabajo.

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-La cercanía del lector, claro.

-Es que ahora todo el mundo tiene una cámara fotográfica, porque viene en el teléfono, y pide hacerse una foto contigo. Pues bien, cuando vaya a Argentina, a la Feria del Libro, seguramente tendré a mucha gente ahí cerca de mí en las presentaciones que voy a hacer. Y eso es muy, muy, muy gratificante para el escritor, porque este es un trabajo que uno hace en soledad, con todas las incertidumbres posibles.

-Ni que lo digas.

-Ahora mismo, cuando entró la llamada para esta entrevista, estaba haciendo unos apuntes para la nueva novela que quiero escribir. ¡Y no te puedes imaginar la cantidad de dudas que tengo! Enormes dudas. Cuando eso tú lo terminas y se lo entregas a esa otra persona que se llama lector, y ese lector después te dice, oye, me gustó lo que has hecho, ¡coño, eso es tan bonito!

-El premio mayor para cualquier escritor.

-Te da la enorme satisfacción de que todo este sentimiento de incertidumbre y de miedo, porque, fíjate, estoy hablando no de un miedo político, estoy hablando de un miedo estético, que es también universal; es un miedo universal que todos los escritores lo tenemos...

-¿Por qué tanto? ¿A qué se debe?

-Porque hay que tomar muchas decisiones a la hora de encauzar una obra, ya sea un poema, un cuento, una pieza de teatro, una novela, lo que sea. Uno tiene muchas decisiones que tomar. Y después saber que esas decisiones han funcionado para esas personas que se llaman los lectores, pues es una enorme satisfacción, de verdad que sí.

-Tu novela, Leonardo, tiene casi 400 páginas y está todo el tiempo cruzada por el sexo, bueno o malo, de los protagonistas; por el ron, inevitable, casi hasta la última página; los cigarros y el café. ¿Cómo es tu relación con todo eso? Porque, aparte, vos fumás, ¿no?

-Sí, sí, sí. Soy fumador. Trato de fumar lo menos posible, pero sigo fumando. Es una adicción un poco complicada de superar. Sobre todo, cuando estoy escribiendo, el cigarrillo me llama. Bebo café. Últimamente lo estoy tomando sin azúcar. Es un cambio que he hecho, reciente.

-¡Bien!

-El ron casi no lo tomo, pero me gusta el vino tinto. Cuando salgo de Argentina, me llevo varias botellas de malbec. Las traigo para Cuba, pues son difíciles de conseguir acá. Pero sobre todo soy un bebedor social.

-¿Cómo es eso, en tu caso?

-Aquí en la casa, mi esposa y yo, solos, nunca tomamos. Tomamos con amigos. Ahora viene una reunión con amigos y ya tengo ahí separada la botellita de vino que voy a llevar.

Leonardo Padura 2

-¿Y el sexo?

-Con respecto al sexo, pues léete las novelas de Mario Conde. Mario Conde lo explica mejor que yo (risas).

-Hablando de Mario Conde, te permitís la travesura de hacerlo aparecer veladamente en Morir en la arena, encima, dando consejos sobre novela policial.

-Sí, sí. Como te decía respecto de estas decisiones, en los apuntes que estoy haciendo para el libro que quiero escribir, aparece otra vez mi personaje de Mario Conde. Va a ser el coprotagonista.

-Importante rol le diste.

-Va a haber dos protagonistas. Una mujer, que estoy concibiendo con un carácter muy fuerte, y Mario Conde.

-¿Qué Mario Conde?

-En el momento en que va a cumplir los setenta años. Entonces va a tener toda una serie de reflexiones sobre el tiempo, sobre la vida y, por supuesto, sobre el sexo. Así que esa pregunta te la remito para cuando salga la novela y ahí vas a encontrar toda la respuesta.

-Es magnífico seguir aquí la historia del último medio siglo Cuba a través de tres generaciones. Los abuelos, con sus ilusiones sobre la Revolución; los hijos, que empiezan a padecer el derrumbe y donde se mueven tus personajes centrales; y los nietos, que simbolizan el imparable exilio cubano. ¿A vos te también te pasó algo parecido con tus padres?

-En mi familia no fue así porque mi padre, desde muy joven, ingresó en la fraternidad de la masonería. Era masón. Y esa fue su gran militancia.

-¿Qué significaba, dentro de tu país, en aquellos años?

-Fue una fraternidad que, desde los primeros años de la Revolución, fue vista con sospecha. La masonería tú sabes que trabaja mucho con el secreto masónico. Lo que ocurre dentro del templo masónico no se divulga. Y eso hacía que fueran un poco sospechosos. Por eso mi padre siempre estuvo un poco marginado en ese sentido.

-¿Y fuera de tu casa?

-Ahí sí vi mucha, mucha gente, a mi alrededor, que funcionaban como esos personajes mayores, como los padres de Nora, la protagonista de la novela, sobre todo.

-Es lo que te proporciona el cuadro general, ¿no?

-La experiencia de mi generación la conozco perfectamente. Es mi propia experiencia. Y la de los hijos de mi generación, pues la he visto mucho. No es mi caso. No tengo hijos.

-¿Y los demás?

-Te diría que el noventa por ciento de mis amigos tienen los hijos fuera de Cuba. Y eso es una cifra muy grande.

-Sucedieron cosas muy fuertes entremedio. Como cuando describís el Congreso de Educación y Cultura con toda la bajada de línea que les hece el régimen a los cubanos. O la imposición del ateísmo científico, que era como la antirreligión oficial. ¿A tu padre nunca lo jodió esto último?

-Yo tuve que hacer cursos de Ateísmo Científico (risas).

-Insólito. ¿Cómo te fue?

-Lo que pasa es que yo era ateo mucho antes. Te cuento. Mi madre es católica, mi padre es masón. Él creía en algo que los masones llaman el Gran Arquitecto del Universo, es decir, una fuerza que creó el universo y que se puede identificar o no con Dios. Mi madre sí cree en Dios y cree en los santos. Y ella quería que yo fuera a la iglesia, que hiciera la comunión.

-¿Y qué pasó?

-Bueno, no me quedaba más remedio. Tenía seis años. Fui al catecismo. A los siete años hice la comunión y entonces, sí, le dije a mi madre después de que hice la primera comunión; le dije, mira, yo no vengo más a la iglesia por una razón muy sencilla. El domingo es el día que todos los amigos tenemos para jugar béisbol y a mí me gusta más jugar béisbol que oír a un cura. Y no fui más a la iglesia (risas).

-Lo que resulta notable es hablar de ateísmo científico, porque se trata de un oxímoron. Ser ateo es una manera de no creer en nada, o sea, es también otra creencia.

-Recuerda que hay un personaje en la novela que es un psicólogo que atiende a Rodolfo después de que este viene de la guerra de Angola muy tocado por una experiencia traumática que vivió ahí. Y en un momento determinado le dice: el problema es que el comunismo también es una religión, porque tienes que creer, sin duda, en lo que dijo Marx, en lo que dijo Engels y en lo que dijo Lenin, porque, si no, eres un revisionista.

-No está permitido no creer en la religión oficial.

-Entonces, sí, eres como un hereje. O sea, funciona de la misma manera, con los mismos códigos.

-Es notable que teniendo la santísima trinidad que conforman Marx, Engels y el papá Stalin, después se transformaran en malas palabras Gramsci, Sartre o León Trotski, el maravilloso personaje de El hombre que amaba a los perros. Qué cosas locas, ¿no?

-En El hombre que amaba a los perros hablo bastante de cómo una utopía tan hermosa como es la creencia en la sociedad de los iguales se convirtió en una pesadilla, porque en manos de Stalin todo se pervirtió de una manera muy dolorosa, muy lamentable. Y hemos visto el resultado. Lo hemos visto y estamos viendo ese resultado.

-Efectivamente, la realidad lo confirma.

-Yo siempre digo que una novela como El hombre que amaba a los perros, tal vez un escritor argentino o mexicano o español podía haberla escrito; incluso podía ser una novela mejor que la mía. Pero a ese escritor le iba a faltar una experiencia fundamental, que es haber vivido la realidad de un país socialista.

-¿En qué se traduce?

-Eso no se aprende en los libros. Eso es una experiencia tan intensa, tan intensa y con tantas interioridades, que fue la perspectiva desde la que está escrita ese libro y está escrita toda mi literatura en general.

-Esa experiencia, según se desprende de tu último libro, te lleva a escribir sobre el tema del miedo. Puede ser el miedo a morir, pero también el miedo a escribir o el asunto de las delaciones. Todo esto también es parte sustancial de tu novela.

-Sí. Y de toda mi literatura en general, como decía. En mi novela anterior, Personas decentes, aparece Mario Conde. Él dice algo con respecto al miedo. Dice: mira, me parece tan natural que los seres humanos tengamos determinados miedos, miedo a la muerte, miedo al dolor, miedos irracionales, como hay gente que le tiene miedo a las ranas; eso me parece normal. Lo que me parece muy terrible son los miedos sociales inducidos, esos miedos que te provoca la sociedad.

-¿Cómo los afectó a ustedes?

-La literatura cubana, mucha fue escrita desde la perspectiva del miedo. Y eso la ha afectado muchísimo.

-¿Cómo lo manejaste vos?

-Yo, por suerte, he podido escaparme bastante de esa condición gracias a mis editores españoles, como dije antes. Y me pasan cosas que son muy jodidas. Por ejemplo, yo acá en Cuba no aparezco nunca en la televisión, no me entrevistan los periódicos, las radios no me llaman como tú para hacerme una entrevista y estar tanto tiempo hablando.

-¿Ha valido la pena todo eso?

-Pago. Pago con mucha satisfacción ese precio porque significa que he escrito lo que yo necesitaba escribir, lo que yo quería escribir y no lo que otros pensaban que yo debía escribir.

-Dentro de ese aparato tan pesado que los rodea hubo una maravillosa invención, un símbolo muy poderoso que, por ser tan poderoso, produjo también una poderosa desilusión. Fue el Hombre Nuevo, una mitología que se encarnaba en el Che Guevara y compañía. Para nosotros, los jóvenes de entonces, representaba el paraíso posible.

-¿Y viste en qué termina el Hombre Nuevo del socialismo en Cuba? En un tipo que hace negocios, que practica la religión yoruba y vive como un nuevo rico.

-Ese es Humbertico, un muy atractivo personaje secundario de tu novela.

-O Aitana y Violeta, las nietas, que se van de Cuba. Entonces, ha sido un proceso que ha tenido esos fines bastante extraños, casi diría que grotescos.

-Hay otra cosa muy presente a lo largo de todo el relato y que, según se ve, continúa hasta el día de hoy. Son los apagones, con esas horas muertas en las que quedan tus personajes, mientras beben sus últimas gotas de ron. ¿Cómo está la cosa donde vivís ahora vos junto a la escasez de productos, la falta de alimentos, los racionamientos, etcétera?

-Es una situación muy, muy, muy complicada la que hay en Cuba actualmente. Ya veníamos en una crisis muy profunda y con las nuevas medidas de presión del gobierno de los Estados Unidos esas condiciones han empeorado de manera vertiginosa. Los apagones pueden ser de diez, doce, veinte horas todos los días. Todos los días. Ahora mismo, aquí en mi barrio, hay problemas con el suministro del agua. La gente está desesperada. Medicamentos que faltan, transporte que no hay; entonces es una condición de vida muy difícil.

Leonardo Padura 3

-¿Qué se ve hacia adelante?

-Se ha dicho, por fin, se ha reconocido por el gobierno cubano, que hay conversaciones en curso con los Estados Unidos. Vamos a ver qué puede salir de allí, si es para que algunas cosas cambien o si es para que cambien algunas cosas y no cambie nada, como sabemos que muchas veces ocurre en la política.

-La dupla que tensa todo el relato de tu novela es la que conforman los dos hermanos, Geni, el parricida, y Rodolfo, cuya versión real es la que vos conociste. ¿Podrían ser ellos dos una transfiguración del mito de Caín y Abel?

-De alguna manera lo pensé y no quise potenciar esa posibilidad, aunque en cierta forma, por supuesto, lo es. Son dos hermanos. Uno, es salvado por los progenitores; el otro es condenado. Ese es el momento en que Rodolfo se queda a vivir con los abuelos protectores y Geni tiene que ir a vivir con el padre abusador. Ahí hay una diferencia porque lo que pasa es que, en lugar de Caín matar a Abel, aquí, Caín, a quien mata, es a Adán, que es el padre, el padre abusador.

-Diferencia sustancial, claro.

-Pero, sí, hay muchas lecturas. Hay muchas lecturas secundarias, colaterales, subliminales, en la novela, porque también recuérdate que morir en la arena es lo que les pasaba a los esclavos que tenían que pelear ante el público en Roma. Morían en la arena. Entonces, es esa lucha en la que sabes que vas a perder siempre o que tienes que matar a otro para sobrevivir. Por eso tiene muchas lecturas: la lectura con Edipo, la relación con el padre, con la madre; todo eso está ahí en el subtexto de la novela.

-Ciertamente, en vez de ser Caín lo transformás en Edipo porque es parricida. Pues bien, un par de veces Fumero se pregunta si no estará escribiendo el A sangre fría cubano, en un homenaje, claro, a Truman Capote. ¿Sentiste en algún momento algo parecido?

-Sí, sí. También fue otra de las tentaciones que quise evitar. Fumero tiene muchos defectos como persona. Como cualquiera. No es un tipo especialmente malo, pero tiene sus defectos. Con respecto a su amigo Geni, él demuestra una fidelidad incombustible. Y eso es importante.

-Es clave en tu historia. ¿Por qué lo considerás importante?

-Porque yo creo que hay principios en la vida que en determinados momentos nos salvan de la barbarie: el amor, la fidelidad, la solidaridad, la amistad. Incluso en las situaciones más difíciles el ser humano tiene reservas buenas, reservas honestas, reservas salvadoras. Y estas relaciones entre las personas pueden ser esa salvación para los individuos.

-No nombrás muchos libros en la novela, salvo los del propio Fumero, que son de ficción. Pero subrayás especialmente tres títulos que llaman la atención porque adquieren un valor simbólico: El Evangelio según Jesucristo de Saramago, Rebelión en la granja de Orwell y La vida está en otra parte de Kundera.

-Sí, siempre hago referencia a determinados libros y escritores. Por ejemplo, cuando conversamos hace unos años de mi novela Como polvo en el viento, hay una lectura de La insoportable levedad del ser que es muy importante. Y en otros libros se habla, por ejemplo, de Conversación en La Catedral de Vargas Llosa y de esa famosa pregunta con que abre la novela: ¿en qué momento se jodió el Perú? Todos nos pasamos la vida preguntándonos eso. Ustedes se lo preguntan, en qué momento se jodió la Argentina; nosotros preguntamos también qué pasó con Cuba.

-Y sin encontrar respuesta, está visto.

-Yo, mira, tengo la percepción de que uno tiene que ser agradecido con los maestros que ha tenido, con esas novelas, con esos libros que, en general, lo han ayudado a uno a encontrar su propio camino.

-Un acto de caballerosidad y de honestidad intelectual.

-Soy muy claro. Siempre digo que mi primera novela, Fiebre de caballos, que salió en el año 88, la escribí bajo el influjo de Truman Capote. Pero el Truman Capote de Desayuno en Tiffany’s. Y mis novelas de Mario Conde salieron bajo el influjo del descubrimiento del personaje Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán.

-Qué buen árbol genealógico.

-En fin, siempre hay esa relación con otros escritores y soy muy agradecido con respecto a esos maestros que me han enseñado caminos posibles para hacer mi trabajo.

-Hablando de maestros, al definir a tu personaje parricida vía Fumero, decís que no se trata del psicópata violento y sin contención de las series y los malos escritores. O sea, está a la vista que no te gustan mucho las historias de true crime y de asesinos en serie que pueblan la pantalla.

-Hubiera sido muy fácil motivar a Geri a matar al padre si hubiera dicho que el padre, además de golpearlo, lo hubiera violado cuando era niño. Fíjate que ahora a todos los asesinos en serie los padres los violaron cuando eran niños (risas). Y de ahí viene su gran resentimiento.

-De manual.

-Sé que es un recurso literario, pero se está abusando de él.

-¿Es falta de ideas o solo buenas intenciones?

-En el mundo existen muchos abusos sexuales con los niños y las niñas. Es una cuestión muy lamentable, muy dolorosa. Pero aferrarse a ese recurso para dar el origen de la maldad de una persona me parece un recurso que es demasiado fácil.

-Lamentablemente debemos ir cerrando para evitar que esta charla se torne infinita. A partir de otra de tus reflexiones sobre el final, este libro bien se podría haber llamado también “La crónica de una derrota”. ¿O no?

-Bueno… esa es la última línea de la novela. Les estás revelando a los lectores cómo termina el libro. Esto no te lo voy a perdonar. No te lo voy a perdonar (risas).

-Pero es una maravillosa síntesis de la novela.

-Creo que la novela es la crónica de una de una derrota. Lo que pasa es que sería un título demasiado directo. Y esto de morir en la arena tiene un cierto enigma al que se llega también al descubrir su final.

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