Bianca Brandimarte (Buenos Aires, 1996) se ha sentido escritora desde siempre. Pero su modus vivendi pasó, hasta hace poco, por el tatuaje y la actuación.
Bianca Brandimarte, tatuadora y actriz, consolida su vocación de escritora con una primera novela, "Afuera el campo"
Destacada en el tatuaje y la actuación, Bianca Brandimarte, ahora publicó su primera novela, Afuera el Campo, un libro de "acción quieta"

Bianca Brandimarte, autora de Afuera el Campo.
Foto: Radio NihuilAhora pudo consolidar su temprana vocación publicando su primera novela, Afuera el campo, finalista del Premio Futurock Novela 2025.
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Su protagonista, Elena -con muchos puntos de contacto con la propia autora-, expresa en primera persona sus dudas afectivas, sus vacíos existenciales, su complejo estar en el mundo.
No es un libro de acción y movimiento, sino al contrario. Se trata de “acción quieta”, como lo define misma Brandimarte. Es la acción del pensamiento. La reflexión permanente, mirando el campo -la pampa infinita- y sus habitantes, luego de haber recibido una herencia que le permite ausentarse de Buenos Aires, desprenderse del tráfago ciudadano.
Apagar la conectividad y oler y mirar y oír todo cuanto la rodea. Todo eso, también, que a Elena la puede aburrir mortalmente.
Desde Vicente López, Bianca habla para el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Todas las reseñas, incluyendo la de tu editorial, destacan que sos escritora, tatuadora y actriz. ¿Qué ocurrió primero, de todas estas faenas, para vos?
-La escritura, te diría. Después fueron sumándose cosas desde distintos ámbitos laborales o fueron apareciendo otras inquietudes. Pero la escritura estuvo primero, si bien recién ahora estoy sacando algo afuera.
-¿Desde qué año, más o menos, empezaste a considerarte escritora?
-Considerarme escritora es una complejidad un poco mayor (sonríe). Eso lleva un poco más de tiempo. Pero escribir, te diría, desde siempre. Ya hace varios años, de forma un poco más sostenida, escribía cuentos, más que nada. Y hace unos tres años y medio arranqué con este proyecto de Afuera el campo.
-O sea que fuiste añejando durante tres años esta novela.
-Tuvo bastantes etapas, sí. Al principio fue un cuento que después dejé, que después cambié, que después volvió, que fue modificándose. Hubo mucho tiempo de corrección, también, de edición, etcétera.
-Se nota, porque el ritmo de escritura de la novela es muy importante. No dependés de la acción, sino de momentos y de paisajes internos, lo cual necesita una buena prosa.
-Sí, sí, puede ser. Realmente creo que, en este caso en particular, es como una acción quieta.
-Por eso, justamente.
-Es como acción del pensamiento. Pero todo lo demás alrededor es bastante quieto, sí.
-Vos lo has definido bien: acción quieta. Y lo que sorprende, lo que te pone nervioso, es el ritmo la protagonista, Elena, porque está a veces demasiado quieta, mirando el techo, mirando el campo. Admite que se aburre todo el tiempo, admite el vacío, empieza a jugar con el silencio, habla consigo misma, con la casa que habita.
-En general, lo que traté de plasmar es un poco lo que pasa adentro nuestro cuando no nos están mirando. O la parte que no miran de nosotros y cómo pensamos, al fin y al cabo. Es algo que damos por sentado, ¿no?, de qué manera se organizan los pensamientos adentro nuestro.
-Porque van por dentro. No es fácil acceder a ellos.
-Entonces, esa búsqueda era como decir: voy a hacer un análisis propio de cómo funciona mi propio pensamiento y tratar de retratarlo.
-Vos misma, Bianca, ¿sos también así de introspectiva, sos muy para adentro?
-Soy bastante extrovertida, pero creo, sí, que hay un universo de mucha neurosis, quizás, algo que puedo compartir con ella, eso de pensar y sobrepensar. Está bastante expresado, en este caso.
-La pregunta apunta a la densidad de ese sentimiento, a la introspección y el silencio. Es algo muy difícil de inventar si uno no ha pasado por ahí.
-Sí. Puede ser. Puede ser.
-Además, Elena tiene muchas deudas afectivas. Tiene pérdidas, le cuesta cerrar relaciones largas. ¿A vos te ha pasado o te pasa también?
-La verdad, eso, particularmente, no. Te diría que es complicado para mí pensar qué cosas sí son mías y qué cosas no, porque están un poco entremezcladas. Obviamente hay un montón de lugares, de personajes, de escenarios que existen. Hay escenas que existen. Y, después, hay una historia que no existe.
-¿Todas esas fronteras están claras para vos?
-Lo fui descubriendo mientras lo hacía. Quizás no es la situación la misma, pero, al fin y al cabo, los resultados, los pensamientos o emociones que aparecen, en este caso están justificados desde un lugar distinto a lo que puede estarlo en mi caso personal.
-Lo que se percibe en este libro tuyo, y en muchas otras novelas de este tiempo, es mucho rollo con los padres; sobre todo, de las mujeres, respecto de sus madres o sus roles. ¿Es un clima de época o mera coincidencia? ¿Cómo es en el caso de tu gente más cercana?
-No sé si responde a un clima de época la problemática, sino que hay un montón de cosas que estuvieron siempre y que ahora vemos un poco más.
-¿Cómo sería eso?
-Hacemos una lectura distinta de cosas que antes se asumían de cierta manera; quizás ausencias paternas, sobre todo, como la costumbre de que el padre pueda no estar o estar poco, que la madre se sacrifique. Roles muy establecidos. Yo traté de darlo un poco vuelta y pensar qué pasa cuando es también al revés.
-Pero no queda tan a la vista.
-En este caso, la verdad, siento que quizás la problemática es una excusa para hablar de otras cosas que no tienen tanto que ver con eso en particular. De hecho, no era el eje central de la novela cuando la empecé a escribir, cuando fue un cuento. Era algo anecdótico y completamente periférico a la problemática de la que yo estaba hablando.
-¿Y qué pasó?
-Después fueron personajes que fueron creciendo y yo también me fui divirtiendo con hacerla sufrir un poco a Elena, capaz.
-En realidad, sí, padece todo el tiempo Elena. Y se padece a sí misma, ¿o no?
-(Sonríe) Sí, sí, sí, bueno... hay algo de ironizar o de llevar al extremo el autocompadecimiento y reírse un poco de eso también. O por lo menos es mi intención (ríe).
-Ahí está la picardía del escritor, hacerle sufrir a Elena lo que no podés hacerles sufrir a los demás. Te desquitás con tu personaje.
-(Sonríe) Y ella se reconoce en ese sufrimiento, iba a decir, por momentos, desmedido. Pero me parece que tiene motivos.
-¿Con qué fin?
-En ese regodearse en el dolor que tiene a veces, la idea es poder reírse también del "¡uy, otra vez estoy en este lugar, otra vez estoy pensando esto!". Exagerar eso.
-¿Qué edad tiene Elena en el momento de la narración?
-Entre veintisiete y treinta, que es, más o menos, la edad que yo tenía cuando lo escribía.
-Por eso llama la atención que ella sea tan distinta de los jóvenes de este tiempo, porque no está hiperconectada todo el tiempo. Es más, se abstrae, corta el teléfono, no lo atiende, no da bola, no está prendida a la pantalla ni escroleando permanentemente. Es como un bicho raro, ¿no?
-Hay ahí una búsqueda de aislarse por parte de Elena. Como si dijera, bueno, me está pasando esto, voy a aprovechar esta oportunidad que se me presenta para meterme adentro mío y resolver un poco. Pero después hay un momento en el que vuelve a Buenos Aires.
-Va y vuelve rápido.
-Sí, va y viene. Pero durante el tiempo en el que está en Buenos Aires vuelve a la normalidad y a la hiperconectividad y a estar con la amiga y a ir al supermercado y a todo, como si no se hubiese ido nunca.
-Es como un paréntesis.
-Es una linda oportunidad tener de pronto un momento de aislación. Yo tuve un gran periodo en el que escribí una parte de la novela cerca de El Bolsón.
-Qué interesante. ¿Cómo fue?
-Era un lugar en el que realmente no tenía, no solo internet, sino tampoco señal de teléfono. Igual, no viví ahí ni nada. Fue un viaje, unas vacaciones, un momento en el que estuve.
-¿Qué sacaste de esa experiencia?
-Hubo algo de esa sensación, primero, de lo posible que es acostumbrarse a vivir sin todo eso de nuevo. Por un tiempo, al menos. Y después, todo lo que pasa cuando desconectás un poco.
-¿Por ejemplo?
-Qué sé yo, después volvés y querés mirar Instagram, o vas y escoleás como un boludo quince minutos abajo de un poste, parado. Pero, bueno, algo de esa experiencia y de esa sensación me pareció interesante explorarlo.
-Hay una línea en donde Elena dice: "Desde que nací lo único que hago es aburrirme". Ella lo repite todo el tiempo. Esto también es un signo de época, ¿no? El que se queda quieto se aburre.
-Totalmente. A mí hay algo que me llama la atención y lo pienso mucho, que es cuánto tiempo hace que no me aburro, en realidad.
-Mirá vos.
-Hace mucho que no me aburro, no me acuerdo. Mejor dicho, tengo un recuerdo muy fuerte del aburrimiento.
-¿Cómo es eso?
-Yo, a diferencia de Elena, sí tengo hermanos.
-¿Cuántos?
-Dos hermanos más chicos, que jugaban mucho entre ellos, a la tarde, volviendo del colegio. Y yo me aburría porque los juegos me parecían una boludez. Tengo el recuerdo de toda la tarde estar aburrida.
-Has reflejado muy bien esa sensación en tu novela.
-Sí. Y ahora ya no nos aburrimos más. No existe. También la vida adulta exige una vorágine que hace más difícil aburrirse. Siempre uno tiene algo que hacer.
-Cuesta encontrar espacios muertos.
-Hoy por hoy, cuando no hago nada, la verdad es que no me aburro. Puedo sentarme en una silla y que me pegue el sol en la cara y no me estoy aburriendo.
-Vos tenés una ventaja. Sos lectora, escritora. La gente que lee no se aburre nunca más en la vida.
-Es cierto, es verdad.
-Pero además de la tarea intelectual, tenés una tarea artesanal. Sos tatuadora. Se supone que no pintás.
-No, en este momento no. Mi papá sí es artista visual y es algo que he hecho en mi vida.
-Ah, bueno. Esa es tu otra parte de Elena. Su papá pintaba y ella sigue sus pasos.
-Hay un poco de eso, sí (ríe). Hay un poco de verdad en eso.
-Hoy, los chicos están colmados de pantallas, tienen YouTube a disposición, series, jueguitos. Por ahí, en esa etapa, aburrirse un poco es bueno para la imaginación, para crear. ¿A vos te pasó y por eso terminaste siendo muy artista en todos los ámbitos de la vida?
-Puede ser que haya algo de eso, del espacio que uno le deja, cuando es niño, sobre todo, a ver qué pasa adentro en el momento en el que lo demás está en silencio. Sí, yo era muy restrictiva respecto de mi madre con todo lo que era pantallas en casa. De hecho, no tenía televisión en la habitación, no se comía viendo la tele, había una tele en el living, con solo una hora por día para ver.
-Tenías la cancha muy marcada.
-A mí me daban mucha envidia mis amigos que volvían y prendían la tele y veían dibujitos a la tarde. Yo no tenía esa posibilidad. Y puede ser que haya algo de eso. Además, leía mucho.
-Estaba bueno, entonces.
-Leía, dibujaba, hacía esas cosas para entretenerme. Y también creo que es verdad que, en el momento en el que estás con la cabeza apuntando al techo, aparecen ideas y cosas. Puede ser. No lo había pensado.
-Pero ahora, analizando hacia atrás y viendo cómo está ahora el mundo, ¿crees que tu mamá hizo bien o la seguirías criticando como esa niña que quería ver televisión y envidiaba a las amigas?
-(Ríe) Creo que ella fue restrictiva. Después, con mis hermanos no fue igual. Se relajó un poco y ninguno es más adicto a las pantallas que yo. Sí, se relajó un poquito. Era un poco extrema. Igual, me parece que este es un tiempo en el que es imposible hacerlo de esa manera.
-¿Cómo sería?
-Me lo pregunto mucho. Si tuviera hijos, cuál querría que fuera el vínculo que tuvieran con la tecnología y con las pantallas. Y lo primero que me sale pensar es que no puedan tener contacto con una pantalla hasta los quince años más o menos. Pero eso es imposible.
-El tema del aburrimiento tiene correlación con una nota que hicimos hace poco con la filósofa Josefa Ros Velasco, que ha estudiado la problemática. Pone el foco en asuntos como que este síntoma puede llevar a la depresión, sobre todo en la gente mayor cuando llega un momento en que no tiene nada que hacer.
-¡Qué interesante! Ahora bien, dos pequeños paréntesis o llamados a esto. Primero, sí creo que el aburrimiento en una persona mayor y en un niño ocupa un lugar distinto.
-Exacto. Son instancias en algún caso opuestas.
-Hay un espacio vacío para llenar con proyectos y con cosas cuando sos chico, porque el futuro es inmenso y se tienen todas las posibilidades. Y en cuanto a los adultos mayores, sobre todo en este momento, y con un mundo muy fragmentado donde cada quien vive adentro de su casa y no se habla con el vecino de al lado, es una problemática muy grave la depresión, la salud mental.
-Es algo muy evidente, ¿no?
-Lo veo, lo vivo. Tengo vecinas que son grandes y es muy triste ver la soledad. Entonces, el aburrimiento, en una persona que está sola y cuya proyección se va achicando cada vez más, ocupa otro espacio; tiene otro valor, otro sentido, otro significado.
-Que no es el que sobrevuela tu libro.
-Evidentemente, Elena está deprimida también. No lo dice en ningún momento, no se nombra la palabra depresión, obviamente, pero toda la sintomatología es bastante consistente con eso. Y no fue una búsqueda. Después le pasé el libro a una amiga que sabe del tema y me dijo: "Che. Tiene depresión". Y yo dije: "¡Ah!, mirá".
-La novela se llama Afuera del campo y, precisamente, el campo es un protagonista central en tu novela. Es otro de los personajes importantes. Tiene un ida y vuelta físico y mental con Elena. ¿Cuál es tu conocimiento personal del campo? ¿Cuánto campo tenés?
-No mucho más que el que tiene ella cuando llega. No demasiado. Sí mucho disfrute y amor por el campo, pero nunca viví ahí, la verdad.
-¿Cómo es, entonces, la relación?
-Sí tengo familia que es de Bahía Blanca. Dorrego, que es el pueblo del que se habla y que está bastante cerca, es un lugar que conozco. Pero muchos de los momentos que se relatan en la novela en realidad sucedieron en un campo en el Sur, en la Patagonia.
-¿Por ejemplo?
-Hay un momento en el que ella dice que el padre señalaba las montañas cuando era niña, porque claro, esas montañas yo no las podía poner en el presente. Las hice aparecer en un recuerdo, porque las montañas estaban ahí, en ese momento, mientras yo escribía eso. Y hubo distintos momentos en los que sí estuve en el campo, de vacaciones, te diría, pero no viviendo.
-Elena dice, textualmente. "No es lo mismo ser del campo que estar en el campo". Esto define todo lo que estamos hablando.
-Sí. Yo he estado en el campo, pero no soy del campo (ríe). Y ella tampoco. Hay algo ahí de tenerle respeto a lo que uno no conoce y hablar también desde lo que uno sí conoce, de la experiencia de uno.
-Queda claro.
-Y ella sí va aprendiendo a la par que yo fui aprendiendo, porque me fui informando también de cosas y preguntando a la gente, haciendo investigación. Y mientras aprendía, se lo iba trasladando a Elena. Pero cuando ella llega no sabe nada.
-Además, hay un contrapunto permanentemente entre los lugareños y Elena. Por ejemplo, dice: "Los días acá son siempre iguales. Lejos de aplacarme, la monotonía me desespera. Y después señala algo que es muy importante. "Acá -dice- el olor de las personas es otro, es más real". Lo cual es muy descriptivo. No andan perfumados con Armani. Tiene olor a campo la gente.
-(Sonríe) No, bueno... ella habla del olor de las cosas, de las personas en general. No es que las personas huelan mal, sino que el olor del campo está en todo, como en los animales. Incluso, no sé, comés comida que tiene más sabor. Todo tiene más color. Pero no estaba queriendo decir que ellos huelan mal.
-Es que nadie ha dicho que huelan mal. Al contrario. Huelen a campo. Por ejemplo, si andás a caballo durante cierto tiempo, a pelo, sobre todo, te bajás con olor a caballo. Tenés el olor de tus perros, de la tierra que pisás.
-Olor a fuego, a leña.
-Eso. Siguiendo en este ámbito, surge otra inquietud. Venimos de hablar con Pedro Mairal a raíz de su novela Los nuevos, donde hay varias escenas con caballos. Él nos contó sus vivencias al respecto. Acá pasa lo mismo. Elena relata su sensación de conexión con los caballos. ¿Cuál es tu experiencia personal?
-Es esa que está ahí, exactamente. Tiene relación con el parque Pereyra Iraola, que está de camino a La Plata. Es un lugar muy, muy, muy grande, donde había caballos y muy absurdamente a mí me dejaban ir a andar sola, cuando era muy chica.
-¿Y cómo te iba?
-Yo me agarraba un caballo y me iba. Tengo fascinación por los caballos. La realidad es que viviendo en Buenos Aires es difícil tener un contacto cotidiano con los caballos. Pero cada vez que tengo la oportunidad, lo disfruto enormemente y siento que tengo una buena onda con ellos, que ellos pueden tener conmigo también.
-Se nota el contacto real, que no estás haciendo literatura solamente, porque a Elena la hacés montar todo el tiempo en su yegua y dice que "cabalgar es para no pensar o para pensar demasiado, cansada de estos días de pesadumbre".
-Lo primero que quise fue cumplir mi sueño de tener un caballo a disposición para ir a todos lados. Después, al menos para mí, la única manera de escribir y de “tridimensionalizar” es irme echando cositas que no son literatura. Es mi manera de acercarme a eso.
-Mairal nos dijo algo parecido. Y Juan Sasturain nos comentaba que sumar experiencias personales contribuye a la verosimilitud de un relato.
-Sí, porque hay otra textura. Si uno hace el ejercicio de describir lo que está mirando, y es preciso en la descripción, ese algo puede ser una puerta o puede ser un sentimiento o puede ser una idea o puede ser la cutícula del dedo. Tiene una textura distinta que si vos cerrás los ojos y te imaginás esa puerta.
-Coincidencia plena entre los escritores.
-Mi papá, como dibujante, tenía un ejercicio que en algún momento les enseñaba a los niños. Les decía: dibujen un tren.
-Una figura básica.
-Todos, seas niños o adulto, al hacer un tren, le dibujamos ruedas. Pero las ruedas del tren no se ven nunca. O sea, nunca le vimos las ruedas al tren. Entonces él decía: hay que dibujar lo que vemos, después lo que imaginamos.
-¡Qué bueno!
-Es decir, primero hay que hacer el ejercicio de poder retratar lo que uno ve y después decir, bueno, ahora quiero que tenga ruedas, porque se me da la gana.
-En la novela, como se desarrolla básicamente en el campo, pululan ovejas, vacas, caballos y, entre otra serie de bichos, perros. Elena dice: "No me gustan los perros". ¿A vos te pasa? Preguntaba porque hoy la fiebre ciudadana, en el mundo, es tener perros.
-(Ríe) No me gustan los perros para nada. Tengo unos perros amigos, igual. Me he ido haciendo amiga de algunos, pero la realidad es que nunca tuve un perro creciendo a mi lado.
-Igual que Elena.
-Si tuviera un perro, me gustarían, capaz. Eso me dice toda la gente que tiene perros. Pero, sí, me suelen dar un poquito de agobio, en general.
-Elena tiene más onda con un gato, que es medio torvo al principio, pero después se va amigando con ella.
-Sí, yo tengo onda. Tengo a la gata encima en este momento, que vino a participar.
-A participar de la nota.
-Sí, sí. Yo tengo onda con los gatos, siempre.
-¿Viste que te vamos sacando la ficha a través de la novela? ¿Cómo se llama tu gata?
-Tengo un millón de gatos. Dos estaban de cuando yo vivía sola. Después, cuando me mudé con mi novio, sumamos su gata, así que ahora son tres. Se llaman Marta, Kiki y Suri.
-Una oyente dice que eso de mirar el techo y que surjan ideas en medicina es la activación de la red neuronal por defecto. La psiquiatra Marian Rojas Estapé habla mucho al respecto explicando que sería como il dolce far niente italiano, o sea, el arte italiano de no hacer nada.
-Me encanta, me encanta y aparte lo ejercito. Hoy por hoy, te digo que yo disfruto muchísimo ese no hacer nada que me aburría cuando era niña. Y me encanta, además, darle un marco teórico.
En pocas palabras
- Bianca Brandimarte: publicó su primera novela, Afuera el campo, consolidando su vocación literaria.
- Trama y estilo: La novela explora la vida en el campo.