Personajes

Hace 124 años moría el Gaucho Cubillos y nacía el mito

León Gieco grabó en 2001 su obra Bandidos Rurales, donde como al pasar lo nombró como "Cubillas". Sin embargo, años atrás su apelativo era sinónimo de resistencia para algunos, y de delincuencia lisa y llana para otros, según a qué clase social perteneciera. Pero en Mendoza, a nadie le era desconocido su nombre y hazañas, terrenales y de las otras, tras su muerte.

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El 25 de octubre de 1895 moría el hombre, y se extendía al infinito la leyenda, con ribetes de santo. En las minas de Paramillos era ultimado a cuchilladas y con un balazo postrero Juan Francisco Cubillos, el Gaucho Cubillos, el bandido más famoso de Mendoza y la región. Tras su muerte, se levantaba la leyenda y hasta se entronizaba como santo popular.

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En Cubillos se dio la eterna dicotomía del bandido que "roba a los ricos para ayudar a los pobres". En las clases bajas se lo reverenciaba y protegía, y éste los hacía partícipes de sus botines. Unos dicen que robaba sólo a los ricos, y que nunca tocó un centavo de su rapiña. Otros, por el contrario, aseguran que sólo dejaba dádivas para comprar lealtades y poder tener refugios donde ocultarse de la ley.

Sin embargo, su impronta es la del hombre que se revela al "sistema", muy desigual a fines del siglo XIX, y por ello se lo considera héroe, al estilo campero, por su virilidad y espíritu indomable y destreza guerrera. En Europa tuvieron a Dick Turpin (real) y Robin Hood (de dudosa existencia), en Inglaterra; a Ghino di Tacco, en Italia; y en España a Diego Corriente; mientras que en Argentina se superponen masivamente los bandidos legendarios. El Gauchito Gil, Juan Bautista Bairoletto (ultimado en General Alvear), El Pibe Cabeza, Hormiga Negra, y Mate Cocido son ejemplos de ello.

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Un renegado buscado por la ley

Su esgrima rudimentaria, a puro facón, era prodigiosa, y también el manejo de armas de fuego. Inalcanzable montado y escurridizo, fue la pesadilla de la policía local. El propio gobernador Francisco Moyano dictó la orden de captura y ofreció una suculenta recompensa, pero las partidas siempre llegaban tarde, y encontraban sus huellas aún tibias.

Uno de sus refugios favoritos era el barrio de La Chimba, actual departamento de Las Heras, cerquita de donde se levantó, en 1846, el cementerio de Capital. También su vida se apagó en un distrito lasherino: Uspallata, ya que lo mataron en las minas de Paramillo.

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Según algunos autores, Juan Francisco era chileno, nació en 1869 en Curicó -aún hay familiares de ese apellido allí- y de muy joven, adolescente, emigró a nuestra provincia y se radicó en Tunuyán, donde alternó los oficios de arriero con los de cuatrero, iniciando a los 18 años su carrera delictiva. Fue un misterio su marginación, ya que todos lo tenían por un hombre honesto y trabajador, y según algunos "se vio obligado a delinquir".

Muchos crímenes y asesinatos se le endilgaron, e incluso se daba la situación que en dos lugares distintos, y al mismo tiempo, se lo acusaba de haber robado o atacado a alguien, hechos aprovechados por otros delincuentes para mantener su propio anonimato.

El final o el comienzo

Buscando mantenerse fuera del alcance del brazo de la ley, se refugió en la precordillera, precisamente en las minas, que tanto aborígenes, como misioneros desde la época colonial explotaban en Paramillos, Uspallata, buscando oro, plata y otros metales.

Allí lo recibieron y protegieron los sacrificados mineros, que lo trataron como un igual, y entonces Cubillos tuvo un período de paz.

Pero esta no duró mucho, y un delator hizo saber el paradero del perseguido en la capital mendocina, y allá fueron a buscarlo dos matones a sueldo: Manuel Quinteros y Juan Carrizo.

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Según relatos verbales, identificado Cubillos por un tatuaje, ambos comisionados a matarlo decidieron terminar con su vida, y en la oscuridad de la noche fueron a buscarlo donde dormía. Allí hubo un forcejeo, y el delincuente fue apuñalado reiteradas veces, y "despenado" de un tiro en la cabeza. Luego su cuerpo fue traído a la ciudad y los sicarios cobraron su recompensa.

Finalmente el cuerpo del Gaucho fue enterrado en el cementerio de Capital, la parte antigua, y con el tiempo, se levantó un pequeño mausoleo, que poco a poco se transformó en lugar de peregrinaje, donde los humildes lo invocaron para que intercediera en sus ruegos, y así el delincuente se fue poniendo el manto de milagrero y protector de los humildes, desde el más allá, tal como dicen que lo fue en vida.

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