Como dicen los gallegos, nos han puesto a parir

Lo voy a decir con uno de esos términos guarangos, pero en ocasiones efectivos, que usan los adolescentes: esto del coronavirus es una garcha.

Sí. Pero una garcha que pareciera tener la particularidad de que nos está haciendo vivir, cuarentena mediante, la primera semana del resto de nuestras nuevas vidas. Como si  ya nada fuera a ser igual.

A ver: no es que la condición humana vaya a mutar de manera radical para convertirnos en gente buena en un santiamén. No. Quizás estemos viviendo uno de esos hitos bisagra que suelen marcar a cada siglo.

El coronavirus, como dicen los españoles, nos ha puesto a parir. ¿Pero qué cosa? ¿Que saldrá de esta marisma?

Oscar Nabarro, el responsable en Europa de la Organización Mundial de la Salud (OSM), le ha puesto palabras a la lucha: “Vendrán batallas épicas”.

Como pocas veces, los seres humanos de países muy distintos se han visto obligados a trabajar como comunidad internacional, algo que no se palpaba desde el fin de la Segunda Guerra Mundial cuando la destruida Europa decidió trabajar como un bloque de naciones. 

Es paradójico. Cerramos fronteras y nos recluimos no sólo para salvarnos  nosotros, los países, sino a la especie humana. Es una rareza que el planeta esté uniéndose bajo una consigna vital. Diríase con sorna que es algo inhumano.

Ni la lucha contra el cambio climático lo había logrado. Trump y XI jinping seguían contaminando la Tierra mofándose de los acuerdos ambientales internacionales. Desde que la explosión del coronavirus conmovió al gigante chino, produciendo un parate en su poderosa economía, la emisión de gases hacia los cielos de esa región ha bajado un 25%.

Leer por estas horas los  títulos de los grandes diarios del mundo es una montaña rusa. La economía mundial también ha sido puesta en cuarentena por el virus, como si el bicho éste nos dijera: che, macho, yo también soy el mercado, y se nos cagara de risa.

Los gobiernos están movilizando millonadas de dinero para enfrentar la pandemia. Por primera vez en su historia la Unión Europea ha cerrado sus fronteras y no dejará entrar a extranjeros.

En Venezuela, el esperpéntico Maduro que se jactaba de que lo financiaban Rusia e Irán, ha tenido que salir a pedir un crédito al FMI para poder atender la peste.

En América Latina la crisis del coronavirus se ha venido a sumar a la fragilidad económica de la región y a las tensiones políticas como las que vive Chile con su cambio de Constitución o la Argentina con su negociación aún incierta con bonistas y con el FMI.

Como si todavía fuera carnaval, el inclasificable presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, insiste en afirmar que la nueva pandemia mundial es solo histeria colectiva.

Lo dicho: de toda hay en la viña humana. Y el Corona éste seguramente va a tener potencia para magnificar maldades pero también grandezas.

Un punto de partida recurrente en las grandes obras literarias y teatrales suele ser la llegada de alguien o de “algo” que aparece para cuestionarnos, ponernos a prueba y modificarnos.

Cualquier similitud con esta garcha del coronavirus no debe leerse como una pura coincidencia.

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