La caída del ex superministro recordó que nadie asegura la impunidad cuando baja al llano. Manchado por la corrupción y sin poder, los propios –entre ellos Cristina– le terminaron soltando la mano.

Julio De Vido, de superministro a presidiario

Por UNO

Julio De Vido necesitaba los votos K para evitar el desafuero y la cárcel. El bloque kirchnerista necesitaba los votos de todos sus diputados para apoyar a De Vido y mostrarse fuerte políticamente, ante lo que denuncian como una persecución a los suyos, de jueces afines al poder, montada desde el Gobierno. Y los gobernadores del Frente para la Victoria (FPV), más que eso, necesitaban preservar los buenos modos con la Casa Rosada. Antes que el sagrado deber de la fidelidad, optarían por la supervivencia política: "La necesidad tiene cara de hereje" y los mandatarios ejecutaron la herejía.

No repararon en su líder, Cristina Fernández de Kirchner, ni en el histórico delfín de Néstor, ni en el movimiento nacional y popular que aseguraban encarnar.

Pensaron en ellos y ordenaron a sus diputados, contra la orden del bloque kirchnerista, votar a favor del desafuero. Entregaron a De Vido sin más, pedido por la Justicia por dos escandalosos actos de corrupción.

El ex superministro y diputado nacional tenía serias chances de gambetear el desafuero y por ende la cárcel.

Los 95 diputados del bloque kirchnerista, liderado por Héctor Recalde, tenían de hecho el poder de bloquear la quita de los privilegios que lo protegían y salvarlo porque el desafuero exige los dos tercios de los votos presentes de la Cámara Baja. Sin los K no había forma de llegar a esa cifra. Eso esperaba De Vido que ocurriera pero todo se echó a perder 48 horas antes y lo impensado sucedió: se quedó sin fueros y terminó ese mismo día preso en Ezeiza.

El hombre que había estado más de una década en la cúspide del poder, sentado arriba de la caja que distribuía las obras públicas en todo el país, era víctima de los mismos códigos que lo habían empoderado.

En sus tiempos de gloria, los gobernadores propios y ajenos desfilaban por su despacho para pedirle obras.

Él tenía el dinero y el poder. Era el hombre que, como dice el lenguaje callejero, "cortaba el queso" a la hora de repartir.

Pero en estos días, donde ya había perdido la poderosa varita mágica, apenas mantenía los hechizos protectores contra todo mal que le conferían los fueros.

Sin la magia de antaño, los gobernadores prefirieron al nuevo mago, al que sacó una victoria contundente de la galera el domingo pasado a pesar de haber anunciado que aumentaría la nafta, subiría los impuestos, reformaría las leyes laborales y achicaría el gasto público.

Como si se hubiera tratado de un mal embrujo, en un chasquido dramático, el ex ministro de Planificación pasó de la banca del Congreso al el banco de la celda, de los tratos de hombre de Estado a los de un hombre buscado por el Estado, de los vidrios polarizados de autos oficiales a los del sistema penitenciario que lo confinaron a los oscuros laberintos carcelarios.

Del cielo al infierno, del Olimpo al Hades, del Nirvana al Samsara, del Valhala al Reino de Hel, en apenas una jornada, el ex superministro de los Kirchner perdió el favor de los dioses, de todos los dioses, convirtiéndose en menos que un mortal, en un espectro desahuciado.

Porque estar preso es casi como estar muerto, es quedar en manos del olvido, perder el crédito de la palabra, mutar de ciudadano a presidiario y estar vivo solo para los propios y para la Justicia, donde no se es una persona sino un compendio de hojas selladas con cartulinas y números clasificados.

Altanero y superpoderoso, supo pasearse a sus anchas durante 12 años sin dar explicaciones ni rendir cuentas de lo que ya hace mucho le recriminaron.

Que desviaba fondos del Estado a bolsillos privados, que él era el depositario de las coimas que debían dejar los empresarios para ganar licitaciones y contratos, que era el cajero del ex presidente Néstor, su amigo y vasallo.

Su imagen irradiada hacia el mundo era la de un personaje literario. Era la de la mano del Rey, como popularizó una famosa serie de dragones y tiranos: fiel, inteligente, hábil, oscuro, áspero, dispuesto hasta las últimas consecuencias sin reparos. Tanto lo consumió ese papel que ya ni se nota la diferencia entre el hombre y lo que ha representado.

Hasta último momento, cuando se entregó al juez, actuó como el villano derrotado. Breve y algo intimidante, le dejó un mensaje a batichica: "Mándenle una botella de champán a la doctora Carrió", como si la película no hubiese terminado, en la gótica Buenos Aires, donde los buenos y los malos se confunden en un cambalache discepoliano.

A De Vido lo rodearon los millones que le adjudicaban cuando era funcionario, cuando su mansión gigantesca salía en revistas y diarios.

Ahora le pesan sobre el cuello los millones que la Justicia dice que faltan por negocios amañados.

Le reclaman $220 millones por la mina de carbón de Río Turbio, un vuelto al lado de los U$S6.500 millones por los sobreprecios que él habría pagado por la importación de gas licuado.

La caída de De Vido ha sido tan estrepitosa que en las últimas horas la mayoría ha olvidado que enfrenta un juicio oral y público, acusado de ser responsable de más de 50 muertes por un tren estrellado.

Es el juicio de la tragedia de Once, al que asiste desde hace unas semanas como acusado y en el que se juega una condena de hasta 11 años.

De Vido ya no tiene capa. La gran jefa ha dicho que ni por él ni por nadie pone las manos en el fuego y que debe responder a cualquier requerimiento de la Justicia. Un día después de haber sido encarcelado, ella ni siquiera lo ha mencionado.

La cárcel lo espera y en ella, el amigo Lázaro Báez, el conocido Jaime y su segundo y descarriado Lopecito, que tiraba dentro de un convento millones de dólares embolsados.

Quizá vea en ellos un espejo de lo que le espera. Ya nadie se acuerda del poderosísimo empresario que sigue encerrado, ni del ex ministro de Transporte ni del loquillo de los fajos.

Fueron, como De Vido, los brazos del ex presidente, amigos del mandatario, carta blanca sin reparos, el futuro lo tenían asegurado. Hoy, como ángeles caídos, comparten el mismo domicilio en un complejo penitenciario.

Su estadía tras las rejas podría desatar un vendaval político, agitar reclamos, para muchos el escalón de De Vido es el último antes de Cristina, el as de bastos.

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La batalla judicial que se viene para poder sacarlo

Tras las rejas, la suerte de Julio De Vido está en manos de su abogado Maximiliano Rusconi y de lo que la Justicia resuelva en los distintos procesos que viene enfrentando.

Atento al pesado panorama que tiene por delante, su defensor buscará conseguirle al menos una prisión domiciliaria que no tiene fácil.

Por la edad no le alcanza ya que es menor de 70 años. El ex ministro cumplirá 68 en diciembre.

Por razones de salud está por verse pero es difícil. No se le conoce dolencia grave pero si la tuviera, la cárcel de Ezeiza posee uno de los centros hospitalarios penitenciarios más importantes del país, que le permite atender enfermos encarcelados que en otros penales serían enviados a su casa.

Por delante está el juicio de la tragedia de Once, que durará ocho mese y donde podría recibir una condena de cárcel efectiva.

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Foto: Télam.
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Foto: NA
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