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Un "tatequieto" del sistema para el delicuescente Trump

Como se preveía, fue el propio sistema político norteamericano el que puso en vereda a uno de los mandatarios más alocados y guarros que ha dado el mundo: Trump

Desde el 20 de enero de 2017, día de la asunción de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, el diario The Washington Post se dio a una tarea inédita. Cotejó día a día la veracidad o la tergiversación de todo lo que dijera o tuiteara el mandatario. Pero el Post no fue el único que hizo eso. Otros medios, varias organizaciones vinculadas a la libre expresión y un grupo de universidades llevaron su propia cuenta de las falsedades presidenciales.

Llevar ese control es, a escala, algo parecido a lo que se hace en la Argentina con ese sistema llamado Chequeado que, ante una noticia dudosa, activa un método para determinar su veracidad o su falsedad. Los lectores de Diario UNO lo conocen muy bien.

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Según el conteo del mítico diario de Washington, Trump incurrió en tres años y medio de gobierno (la cuenta es hasta agosto de este año) en 22.247 falsedades o dichos incomprobables. Sí leyó bien, veintidós mil doscientas cuarenta y siete. Alrededor de unas 5.600 mentiras al año.

Sí, Donald, llovió

Las primeras de esas falsedades fueron el día de su asunción, el 20 de enero de 2017, cuando Trump aseguró que durante los fastos de asunción no había llovido, siendo que la transmisión al mundo había mostrado lo contrario. También aseveró que había más gente que en cualquier otra toma de posesión anterior, lo cual fue desmentido con sólo mostrar fotos y videos de la asunción de su antecesor, Barack Obama.

En el circuito periodístico ya le conocían su escaso apego a la verdad tanto en su faz de poderoso magnate, como en la de aparatosa figura de la TV donde condujo un reality sobre habilidades para hacer negocios y ser rico. Esas mañas también habían habían quedado corroboradas durante la campaña electoral de Trump hacia la presidencia.

En estos primeros días de ignorada derrota electoral, en que Donald interpreta la muerte del cisne bajo la forma de un patético berrinche antisistema, su primera mujer, Ivanna Trump, ha dicho que el padre de sus tres primeros hijos tiene serios problemas para percibir la realidad cuando ésta le es adversa: "Nunca acepta perder", dijo quien mejor lo conoció.

Trump rompió todos los moldes, pero no por innovador ni reformista. Ni mucho menos estadista, Ejerció la osadía de un elefante en un bazar. Guarango, bruto, guarro, bizarro, hombre sin modales y escasa preparación (fue un mediocre alumno universitario), ejerció la dictadura del dinero y de la prepotencia. Fue un consumado chapucero, al que, como era de esperar, el mismo sistema político norteamericano puso en caja.

Tirá del freno

En Estados Unidos, país al que se le pueden encontrar todos los piojos imaginables (gendarme, invasor, creador de guerras canallas, todas fuera de su territorio) tiene puertas adentro un freno de oro: su Constitución sigue siendo "la" ley.

Cuando Trump prometía canalladas en su campaña (deportación masiva de mexicanos y centroamericanos, separación de hijos de sus padres indocumentados, un muro gigantesco para aislarse de México, una economía hiperprotectora que desconocía la globalidad, guerra a los organismos multilaterales, supino desconocimiento del cambio climático, defensa de los supremacistas blancos, palo y plomo a destajo para cualquier opositor, intentos de avasallar a la prensa independiente, desprecio por los nuevos derechos civiles, machismo rancio, entre otras lindezas), el sistema lo aguardó sin hacer alharaca y le fue dando las medicinas indicadas cada vez que mostraba las garras.

La prensa cumplió su papel de contralor,. La Justicia le borró todas sus excentricidades ilegales. El Congreso lo puso en aprietos con auditorías y pedidos de juicio político. Las entidades civiles frenaron atropellos. El establishment económico le retaceó apoyo en sus intentos de guerras comerciales de viejo estilo.

No sólo eso: La ciencia le retrucó sus locuras respecto de cómo tratar el coronavirus, mostrándolo como un azote de la ignorancia. La industria farmacéutica no salió a tontas y locas a tener a vacuna antes de las elecciones. Los votantes hicieron lo mejor de todo: una mayoría de ellos lo bajó del pedestal mediante un sano criterio republicano.

Ha sonado la hora del "tatequieto" democrático a esa soberbia trumpiana. Y hay cierto alivio en el mundo.