Análisis y opinión

¿Por qué los comicios de hoy nos transmiten tanto dramatismo?

Las elecciones legislativas de este domingo no deberían transmitir esa sensación de dramatismo que no es propio de una contienda de medio término

No debería. Tratándose, básicamente, de una consulta legislativa de medio término. Después de todo, el actual elenco gobernante, con sus gerifaltes en primer término, ha sabido sortear con aceptable skill otras instancias de este tipo.

Pero ocurrió en otro tiempo, que hoy parece lejano. La conducción, férrea, implacable, que ejercían Néstor Kirchner y, luego, Cristina Fernández, vendrá recomponerse de derrotas tan significativas como las que les propinaron Francisco de Narváez en 2009 y Sergio Massa en 2013. Aquel verticalismo político fue clave para un prontomiento y reseteado de la tropa en estado de shock.

Poco y nada queda de aquella robustez en la comandancia. El presidente actual es una sombra de sí mismo. Le cuesta reconocerse en el espejo. Nada ni nadie lo ayuda a que termine de encontrar su papel en este remedo criollo de House of Cards .

Quizá esta noche, con los números en la mano, sepa si, finalmente, será un nuevo Tío Cámpora. O Isabelita. O un Alberto, quién lo diría, milagrosamente renacido. En modo ave fénix. Pudiendo zafar del avispero, de la hondura infernal donde cada aguijonazo arde: las cartas y los mohines de la Jefa, los agravios de los “compañeros” y las “compañeras”, el interminable fuego amigo.

¿Será eso posible? ¿Existe un Alberto así?

Tendrá que deducirlo solo. Cristina no estará ahí, a su vera, para guiarlo en esa tarea. Y el bastón que ofrece la devaluada CGT no alcanza. Y el aliento de los gobernadores partidarios se asemeja, por el momento, más a un "me gusta" en Facebook que a una real voluntad de bancarlo hasta las últimas consecuencias, al precio que sea.

De todas estas sensaciones se alimenta el fantasma del dramatismo.

Un fantasma que estremece a los mercados, a los emprendedores, a los inversores, a los famélicos de dólar y hasta los almaceneros que deben -o deben- contener los precios en el mostrador.

¿Por qué este fantasma es un monstruo grande y pisa fuerte? Porque una derrota del Gobierno redoblará, con seguridad, todos los sismos internos que siguieron al 12 de setiembre. Con peligro de terremoto. Y con el incierto fin de año a la vuelta de la esquina.

Porque una eventual victoria puede terminar en victoria a lo Pirro. El concepto es clásico: una victoria se transforma en pírrica cuando los costos excesivos invertidos para lograrla terminan arrojando lo opuesto, un result desfavorable para el bando ganador.

Y porque un empate (por ejemplo, “salvando” Buenos Aires o el quórum propio en el Senado) sería una mezcla de los dos resultados anteriores.

Nada de lo dicho hasta aquí aplica, por supuesto, a la realidad provincial. En Mendoza el panorama es muchísimo más claro. Tanto el radicalismo gobernante como el peronismo en la oposición seguirán con su parecido mano a mano rumbo a 2023. Gane quien gane.

La mirada, la expectativa, pues, están puestas en la lectura “nacional” de las legislativas. Es lo que corta el aliento y genera adrenalina.

¿Qué puede impedir que el fantasma del dramatismo crezca, se llene de ínfulas y se materialice?

Todo depende de esta noche. De la reacción que muestre el asimétrico equipo gobernante a medida que se consoliden los resultados.

La oposición, festejando o callando, será, mal que le pese, un actor secundario.

El Gobierno, por lo tanto, necesita demostrar que sabe ganar. Que sabe perder. Que guarda un resto mejor que gritos destemplados y reparto de culpas ajenas; una reserva de hidalguía. Caballerosidad deportiva, se llama.

Y algo más, sobre todo: lucidez para entender lo que está pasando. Lo que les pasa a ellos, los que mandan. Y a todos nosotros, los de abajo. Los dueños del voto. Los argentinos.

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