No hacer nada incomoda. Provoca. Despierta la misma reacción que alguien que no ríe en una fiesta o que no tiene redes sociales. El que no produce, estorba. Por eso el ocio puro —el que no se justifica con "me lo merezco" ni con "después de esto arranco"— tiene tan mala prensa. Porque no hacer nada de verdad no se puede postear. No cotiza. No sirve para nada. Y eso lo convierte en algo peligrosamente libre.
Y fue, paradójicamente, en los días del encierro obligatorio, cuando esta desobediencia tomó forma de epifanía. El que lo dijo con total desparpajo fue Cristian Castro —sí, el mismo de “tu amor es azul como el mar azul”— en una entrevista insólita que dio en medio de la pandemia, cuando no hacer nada era casi una puerta abierta al infierno o a la locura, que él nunca tenía nada que hacer.
Vamos a repasar esa perla cultivada de la oda a no hacer nada de Cristian Castro.
La entrevista, el delirio y la epifanía
La escena es realmente épica. el conductor, un tanto hiperventilado, le insiste constantemente al cantante que le explique, que le describa "como es hacer algo haciendo nada" y como esto es un contrasentido, Castro termina fastidiándose, al punto de explicárselo en la forma más gráfica posible: “Solamente mira esto, negro”.
Esa frase, en medio de una pandemia donde el mundo entero intentaba simular que todo seguía igual, armando gimnasios con botellas de agua adentro de las casas y aprendiendo piano por Whatsapp, fue de una lucidez apabullante. Porque la pregunta del conductor era la pregunta del siglo: ¿qué estamos haciendo cuando no hacemos nada? Tan desesperada como un alma neoliberal frente al vacío.
Productividad desde la cuna hasta la tumba
El mandato de estar ocupados empieza temprano. Apenas el bebé sostiene la cabeza, ya se le cuelgan sonajeros del techo. Gimnasios para bebés, natación para bebés, yoga para bebés. Antes de caminar, ya tiene elegida la escuela primaria, la secundaria y tres posibles carreras tentativas. Cuando llega a primaria, ya tiene por lo menos 12 actividades extraescolares, y mientras más raras mejor: guitarra en la naturaleza, meditación con caballos, inglés acuático.
Sí, también es cierto que los adultos no damos abasto y el chico necesita entretenimiento o caer indefectiblemente en las pantallas, pero la vida sigue igual: una carrera de tareas. Hasta que llega la jubilación. Y ahí la nada se vuelve una amenaza. La gente se deprime. Porque en esta vida con diseño neoliberal, no hacer nada es una herejía.
El tiempo libre como estafa emocional
No hacer nada está mal visto. Es signo de depresión (y un depresivo, salvo por su consumo de psicofármacos, no rinde para el sistema). También se lo asocia con el mendigo, el marginal, el que “no aporta” ni produce. Hasta el tiempo libre se volvió una trampa: de libre no tiene nada. Lo llenamos en cinco minutos con actividades que, en su mayoría, implican consumo.
Todo está diseñado para evitar el vacío. Y cuando alguien osa mencionarlo, la pregunta aparece: “¿Cómo es tu nada?”. Y no se puede responder. Porque la nada es, justamente, nada. Mirar el punto negro. Eso, y nada más.
El mercado también capturó el vacío
Como si no fuera suficiente, hasta el no hacer nada ha sido cooptado por el mercado. Te venden mindfulness, cursos de silencio, retiros espirituales en el campo. La traducción literal de mindfulness es “mente vacía”, o sea: el punto negro de Cristian Castro. Pero él te lo enseña gratis en una entrevista de archivo.
El problema es que mirar el punto negro da miedo. Porque puede agrandarse. Porque lo asociamos con el abismo. Con el agujero por el que cae Alicia. Y esperamos que nos lleve a un mundo mágico. Pero a veces no lleva a ningún lado. Es solo eso: un punto en la mesa.
Gurú bizarro, verdad incómoda
Lo dijo también Fernando Fernán Gómez: “Yo estoy capacitado para no hacer nada. Si hubiera sido heredero, habría estado perfectamente sin hacer nada”. Pero los que vivimos trabajando —por obvias necesidades económicas— no tenemos idea de lo que abarca ese estado. Lo asociamos con pobreza, con tristeza. Cuando finalmente conseguimos un rato libre, no sabemos para qué. Nadie nos enseñó a no hacer. Entonces vuelve la ansiedad. Volvemos al hacer.
Sentimos culpa de mirar el punto, como si hubiéramos dejado la leche en el fuego.
Porque el tiempo libre no es libre: es caro.
Mirar el punto negro en la mesa funciona
Así que sí, Cristian Castro es un gurú. Un crooner kitsch devenido en gurú bizarro, en Buda latinoamericano.
Y desde entonces, cuando siento que no hago nada y me entra la culpa, pienso en Cristian.
Y me digo:
Mirá el punto negro en la mesa. Solamente mirá el punto.
Y funciona bastante bien.



