Supongamos que el Estado compra acero a una empresa privada para hacer una obra pública. En ese caso, las cuentas nacionales del Producto Bruto Interno (PBI) y el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) computarán un crecimiento por el lado privado (Gasto Público Indirecto) y le sumarían la obra pública terminada (Gasto Público Directo). ¿Se ve absurdo, verdad? Pues eso es lo que se hace, un absurdo.
No sólo porque se computa de manera doble el gasto, sino porque además la decisión fue tomada por un burócrata con fondos que no le pertenecen ni generó (recursos sustraídos coactivamente al sector privado vía impuestos, deuda y/o emisión monetaria). En términos de Nassim Nicholas Taleb, el burócrata “no puso la piel en el juego” (de paso sugiero su libro: "Skin in the game").
Si el Estado gasta millones en sueldos estatales, el PBI y el EMAE lo computan como riqueza generada, cuando en realidad otra vez, esos recursos fueron sustraídos al sector privado coactivamente. En síntesis, el PBI y el EMAE son un absurdo científico (esto no es caerle al INDEC, todas las agencias de estadísticas del mundo cometen el mismo error: calculan y usan indicadores keynesianos y neoclásicos), que no permiten ver lo que sucede en la realidad económica.
¿Quieren algo más absurdo?: el 85% de los economistas (mainstream) usa este absurdo para hacer análisis, proyecciones y -lo peor- asesoran a empresas.
Un mejor indicador: el Producto Privado Bruto
Este indicador fue presentado por Murray Rothbard en su libro "Poder y Mercado" ("Power and Market"). La idea es sacar todo lo que tenga que ver con el sector público, dado que los recursos que gasta fueron detraídos previamente del privado de manera compulsiva. Ese gasto por definición es ineficiente, mal puede entonces sumarse como riqueza generada. Digamos que la fórmula quedaría así:
PPB = PBI - Gasto Público - Compras Estatales al Sector Privado
Y/o visto desde los ingresos;
PPB = Consumo Privado Genuino + Inversión Privada Genuina - Impuestos - Financiación por inflación (emisión monetaria).
Cuando se hace esta cuenta diferente a las cifras del PBI y del EMAE tradicional, las cosas se ven de manera diferente.
Mirada de la economía argentina bajo el prisma del PPB
Existe una vieja máxima económica que la política tradicional se ha esmerado en enterrar: una familia no se vuelve rica reventando la tarjeta de crédito, sino trabajando, ahorrando e invirtiendo. Sin embargo, cuando miramos los datos del INDEC, los analistas nos quieren convencer de lo contrario. Si el consumo cae y las obras del Estado se frenan, se encienden las alarmas de la recesión. Pero si miramos los mismos datos oficiales bajo una mirada distinta, la historia cambia por completo.
Para entender lo que le pasa a la Argentina en este septiembre de 2026, tenemos que usar los anteojos de grandes pensadores como Murray Rothbard o Ludwig von Mises. Rothbard explicaba que el Producto Interno Bruto (PBI) tradicional miente porque mete en la misma bolsa lo que produce una fábrica o una bodega con lo que gasta el Estado en burocracia. Si restamos ese peso muerto estatal -lo que técnicamente se conoce como el Producto Privado Bruto- descubrimos que durante los años de "platita dulce" (2020-2023), la economía privada en realidad se estaba desangrando.
¿Por qué los restaurantes y comercios desbordaban en 2022 si la inflación marchaba al triple dígito? No era prosperidad; era desesperación. La gente se desprendía de los billetes porque perdían valor cada hora. Los comercios vendían, pero cuando querían reponer la mercadería o arreglar las máquinas, se daban cuenta de que la ganancia era una ilusión. La economía estaba bajo un proceso de destrucción de valor: se consumían las instalaciones, las herramientas y el stock del futuro. En términos financieros modernos, la economía operaba con un EVA macroeconómico negativo; es decir, se destruía más valor del que se creaba.
Lo que se titula hoy como "freno técnico" o "caída del consumo" (el comercio minorista cayó un 5,1% interanual en los últimos registros oficiales de mediados de 2026) es, en realidad, el cuerpo limpiándose de esa borrachera de pesos falsos. Al frenarse la emisión de billetes y bajar la inflación mensual, la mentira se acabó. Los proyectos comerciales que solo sobrevivían porque la gente gastaba por pánico han tenido que cerrar o reestructurarse.
Sin inversión no hay paraíso
La contraofensiva de la realidad se ve en las etapas más profundas de la producción, aquellas alejadas de las luces del centro. Los datos del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) demuestran que mientras el consumo artificial se desploma, la producción agrícola trepa 18,1% y la minería junto a la extracción de petróleo avanza 12,3%.
Algo similar ocurre con la agroindustria y la denominada Industria del Conocimiento. Muchas firmas y marcas internacionales están volviendo al país, lo cual muestra que consumo hay, pero es selectivo. El capital real de los argentinos (y extranjeros) está dejando de financiar la burbuja del consumo inmediato para enterrarse en inversiones estructurales de largo plazo.
Este reordenamiento es salud pura. El freno del PBI inflado por el gasto público no es una crisis de mercado, es el sinceramiento de la escasez física de recursos. Por primera vez en casi una década, los balances de las empresas empiezan a reflejar ganancias reales y no meros asientos contables licuados por la inflación. Estamos dejando de quemar el capital del futuro para empezar, finalmente, a acumular riqueza de verdad. Falta mucho y encima están las elecciones (que parece que empezaron 13 meses antes).
Alberdi decía que: “La inversión es hija del ahorro y nieta del trabajo (se refería al empleo, a lo que genera valor)”. Argentina lo está haciendo como puede y dentro de las restricciones políticas que todos conocen. Recuerden, el Estado NO GENERA VALOR, sin importar lo que digan el PBI y el EMAE. Solo el privado lo genera.
En pocas palabras
- PBI "keynesiano": se critica su fórmula por no reflejar la realidad económica y computar gastos de forma doble.
- Producto Privado Bruto: propone un indicador que resta el gasto público para medir la riqueza genuina.
- Inversión real: señala un reordenamiento hacia inversiones estructurales de largo plazo en lugar de consumo artificial.



