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Análisis y opinión

Aflojemos un cacho: me "hirve" la cabeza

Editado por Manuel De Paz
mdepaz.2015@gmail.com

Me detengo. Y pienso en el funcionamiento de mi cabeza. Le pregunto: ¿cómo catzo hacés para procesar tanta información sobre el coronavirus?

-No  alcanzo, me dice. Y agrega: La guardo en mis reservas para ir sacándola de a poco. ¿No sé si te acordás que vos sos medio lenteja para datos y cifras?, me aclara.

Es que todas las mañanas cuando trato de actualizar los números de Mendoza, de la Argentina y de Europa se me hacen unos matetes de puta madre.

Hay quienes tienen cabezas afines a los números. No es mi caso. ¿Che, vos te acordás cuántos muertos hubo ayer en España? pregunta uno en el almuerzo. Y los demás en la casa te miran con cara de por qué no te dejás de romper las bolainas

La furia lectora

Leo todo lo que puedo, pero termino deteniéndome en los casos que tienen nombre y apellido. Me freno, por ejemplo, en lo que dice un ministro de España. “Debemos prever cómo vamos a curar las heridas sociales de esta pandemia”. Joder, hombre, pienso yo. Para cosas como éstas fue creada la política.

Luego reparo  en el drama de los niños autistas para quienes es vital poder mantener sus rutinas. El Covid-19 ha venido a dinamitarles la existencia.

Este encierro les produce a los autistas un caos en sus cabezas. Ellos tienen problemas de interacción, de comunicación, y de resolución de intereses.

Sienten la necesidad de tener un mundo restrictivo, pero a su manera, no a la manera  que les puede fijar esta pandemia. Su estabilidad singular es la que les permite tener una vida organizada. Y las nuevas directivas sociales por el coronavirus no están casi nunca asociadas a ellos.

Ya se han hecho presentaciones en la Justicia para que se les permita a niños autistas efectuar algunas de sus rutinas en el exterior de las casas.

Lavate, che

Sigo leyendo. Me meto en todos los vericuetos informativos del coronavirus que puedo, por más raros o sosos que sean, incluido uno que aconseja sobre las cosas que no hay que dejar de hacer a pesar del encierro. Por ejemplo, el aseo personal.

Retrocedo a mi educación primaria en la escuela Guemes, de Palmira, donde me reforzaron algo que nos decía mi vieja: No hay que ser cochinos, hay que bañarse.

Y compruebo que una de las cosas que me fijé al comienzo de la cuarentena fue bañarme, afeitarme, y lavarme los dientes todos días como si estuviera haciendo vida normal.

En algún medio, ya no recuerdo cuál, leí que habría que escuchar a los submarinistas, a los astronautas, a las monjas de clausura y a los  presos para tener una idea somera de cómo se sobrelleva la falta de libertad y el confinamiento.

La enseñanza de Buñuel

Ya se habla de un aumento de los casos de femicidios y de violencia intrafamiliar a causa del continuo contacto directo del grupo familiar. Una cosa es discutir, dar un portazo e irse a dar una vuelta, al gimnasio, o al café para aplacar la bronca y otra cosa es bancársela –para ella, para él o para ambos en casos de parejas igualitarias- entre cuatro paredes.

En algunos países ya advierten sobre un posible colapso de casos judiciales en los juzgados de familia y en los de divorcios para cuando concluya la peste.

Creo que exageran. Es cierto que en situaciones límite nos salen instintos muy primarios. Pero no es menos cierto que también se enervan en las crisis esos genes humanitarios que nos obligan a practicar el raciocinio.

El cineasta español Luis Buñuel quien, como Salvador Dalí, era “ateo por la gracia de Dios”, solía desmentir a la religión católica en aquello de que se “peca de pensamiento”.

“Yo puedo pensar que mato a alguien, pero sólo cometo un pecado capital si realmente lo mato. Imaginar no es pecado y hasta es saludable. La imaginación es inocente”, afirmaba. Me he acordado de este aragonés genial a raíz de todo esto de los encierros que pueden afiebrar las mentes.

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