Por Paola Piquer[email protected]
La Policía Vial de Mendoza inició controles de alcoholemia. La acción es buena, pero no deja de ser aislada. En el país falta una política de Estado que se pueda mantener en el tiempo para bajar la siniest
En Suecia el plan se denomina Vision Zero; en Argentina es cero visión
La Policía Vial de Mendoza encaró los dos últimos fines de semana una iniciativa que no por aislada deja de ser buena: fiscalizar si los conductores que circulan por las calles del Gran Mendoza van borrachos al mando del volante. El resultado resultó de manual: se detectaron 80 casos durante el feriado largo del Día de la Memoria y otros 74 el sábado y el domingo pasados.El control es uno de los pilares sobre los que se apoyó, por ejemplo, Suecia, que en los últimos 20 años redujo en 50% su estadística de accidentes de tránsito mortales y se convirtió en el Estado meca al que intentan imitar varias ciudades del mundo.
Claro que en aquel país los operativos se hacen en forma sistemática (haya o no elecciones a la vista), en el marco de la ética (¿imagina a un efectivo sueco pidiendo una coima a cambio de no colocar el parte?) y con la infraestructura adecuada (si con sólo 10 alcoholímetros con los que cuenta la Policía de Mendoza se pudo llegar a tan buenos resultados, ¿cuál sería el balance si hubiera disponibles más de esos mágicos aparatitos que miden el alcohol en sangre?).En 1997, en Suecia decidieron darle fin al aumento creciente de la siniestralidad vial. La política de Estado instrumentada se denomina Vision Zero (por “cero” muertes, el objetivo final).Al régimen de controles mencionado (no sólo buscan que no haya conductores alcoholizados, sino también que se respeten a rajatabla las velocidades máximas), sumaron un plan de inversión agresivo para el mejoramiento de la infraestructura vial y campañas permanentes de educación.Cada reductor que se construyó allá, cada señal pintada, cada carnet de conducir entregado y cada multa colocada tuvo y tiene como objetivo erradicar las víctimas en accidentes. Así de simple y complejo. Así de generoso con la gestión que sigue y con la que seguirá.Nadie pretende que Argentina, o Mendoza, se conviertan en Estocolmo, la capital donde los peatones no miran al costado antes de cruzar la calle o donde los taxistas manejan modelos Volvo.Pero no parece una utopía que quienes toman las decisiones en “el fin del mundo” pudieran emular el espíritu escandinavo, que pone foco en la planificación. No se borra lo actuado hasta el momento: el plan es a largo plazo. Acá, hoy te bombardean con imágenes impactantes de un grupo de amigos que se juntan en un bar, donde el que maneja consume todo tipo de tragos, para luego pasar a la siguiente escena, donde se ven los cuerpos ensangrentados y sin vida de sus amigos. Un par de meses después, pocos se acuerdan de la acertada campaña de concientización. No más mensajes, no más interpelación.Acá, en un par de días demoran a 80 borrachos y lo promocionan en los medios. Pero cuando no “conviene” hablar, esconden los datos estadísticos.Acá, te ensanchan a tres los carriles de uno de los principales accesos a la Ciudad de Mendoza, pero nadie te explica por qué no amplían también el cuello del embudo, unos kilómetros más allá de la megaobra.Acá, de los 500 mil kilómetros de ruta que van de Ushuaia a la Quiaca, sólo 3.200 son de autopistas (y el 40% está en San Luis). No obstante, los organismos que entienden de la problemática vienen denunciando hace rato que cuatro de cada seis accidentes mortales son por choques frontales en rutas.Allá, Vision Zero ¿Y acá? Cero visión.



