El bisabuelo de Silvia, Bautista Jerónimo comenzó fabricando vino artesanal para los trabajadores del ferrocarril. Años más tarde, fundó la bodega La Colina de Oro con Juan Giol.

Una mujer que se dedicó a recuperar la historia familiar y el arte de hacer vinos

Por UNO

Por Paola Alé[email protected]

Llegó a Mendoza desde Suiza. Bautista Jerónimo Gargantini viajó desde su Europa natal en un barco y llegó a esta tierra a trabajar, sin saber muy bien en qué iba a destinar su fuerza y empeño. En nuestra provincia, encontró el lugar ideal para poner en práctica sus conocimientos sobre elaboración de vino artesanal y eso hizo: se puso a fabricar vino patero para los trabajadores del ferrocarril. Corría el año 1870.

A fines del siglo XIX, don Bautista Jerónimo se asociaba con Juan Giol para construir la bodega más grande del mundo: La Colina de Oro.

En 1911, Gargantini decidió volver al pueblo de Suiza desde donde había venido cuarenta años antes y le encomendó a su hijo Bautista construir una bodega más pequeña y familiar. Y así lo hizo, fundando Bodegas y Viñedos Gargantini, en Rivadavia. Sin embargo, Bautista cumplió una de sus promesas y no las dos, porque la bodega fue un emprendimiento familiar, pero para nada pequeño.

Allí, en esa enorme finca de 3.000 hectáreas, una de sus nietas, Silvia –hija de Alberto Gargantini–, se enamoró de la historia del vino. Pero la pasión, muchas veces, no es una explosión instantánea, sino que, como un buen vino, duerme en las venas del tiempo. Así, a Silvia le costó muchos años y sacrificio recuperar una de las propiedades vitivinícolas de su abuelo Bautista. Lo hizo en sociedad con su esposo, Alejandro Genoud. Juntos levantaron la deliciosa bodega Clos de Chacras, que, además de elaborar excelentes vinos poseedores de premios y medallas internacionales, es un espectáculo visual y turístico a pocos kilómetros de la ciudad, y se encuentra rodeada de verde y espejos de agua.

Un cuento que comenzó en Suiza y terminó al pie de Los Andes merece ser contado. Y lo cuenta la propia Silvia.

Recuperar la historia“Mi esposo recuperó esta bodega en un remate judicial. Era una de las tres que fueron construidas por mi abuelo Bautista. Las otras dos fueron la grande de Rivadavia y otra en Tunuyán”.

“Cuando mi abuelo la vendió, siguió funcionando como bodega. Pero el dueño fue acusado de adulterar el vino que se fabricaba y la bodega se clausuró por orden del Instituto Nacional de Vitivinicultura”.

“En 1987, salió a remate y la compramos. Sin embargo, tardamos años en reacondicionarla. Primero, debimos vaciar las piletas, que en principio estaban llenas del vino del fabricante anterior. Hubo que hacer una limpieza muy profunda. Después, la tuvimos desocupada varios años. Hasta que en 2003 comenzó la transformación”.

De taller a bodega boutique“Recuperar la bodega nos dio mucho trabajo. Lo que encontramos cuando quisimos levantar este emprendimiento fue un desastre. Había galpones convertidos en talleres de soldadura y depósitos. Estaba todo muy deteriorado. Lo primero que hicimos, en 2003, fue restaurar dos piletas, que se acondicionaron con alta tecnología, para elaborar sólo 6.000 botellas de un vino que hoy es nuestra línea más premiada, Gran Estirpe”.

“Año tras año, hemos ido recuperando el resto de las piletas. A la bodega, le hemos dejado la fachada original de lo que fue en su esplendor de 1923, pero los equipamientos son de última tecnología, ya que lo que buscábamos era fabricar vinos de alta gama”.

“En diez años, la producción de la bodega creció en 96%, ya que actualmente estamos fabricando 180.000 botellas, contra las tímidas 6.000 de un comienzo”.

“Tenemos tres líneas de vino, Cavas de Crianza, Hereditá y Gran Estirpe. Todos nuestros vinos reciben altos puntajes, ganan medallas y son internacionalmente reconocidos”.

Gastronomía entre vides“No sólo restauramos la bodega, sino que comenzamos la parquización y la construcción del restorán. Al principio, acondicionamos una salita de degustación y, luego, quisimos construir un wine bar, pero nos entusiasmamos y abrimos el restorán”.

“El primer año funcionó tercerizado, pero a quien lo administraba le interesaba apuntar al turismo internacional y nosotros queríamos que los mendocinos también lo disfrutaran. Comenzamos a trabajarlo nosotros. Al principio, nos costó, pero luego logramos lo que queríamos”.

Herencia familiar“Si bien antes los negocios familiares eran cosa de hombres, a las mujeres poco y nada se nos dejaba intervenir, recuerdo haber estado muy relacionada con el mundo del vino en mi infancia, jugando en las viñas de la enorme finca de Rivadavia, que también disfrutaron mis hijos, en fines de semana y vacaciones”.

“Mi abuelo Bautista no se conformó con fabricar vino y nada más. También fue vicegobernador de Mendoza y fundador del club Independiente Rivadavia. Fue dueño de la pinacoteca más grande del interior del país. En fin, algunas cosas se perdieron. Algunos recuerdos, también. Es que a veces hay cosas que suceden en la infancia de las que no somos tan conscientes”.

Sin embargo, la sangre dejó su impronta en la vida de Silvia. Junto con su esposo, con quien tiene cuatro hijos y siete nietos, recuperó parte de su herencia macerada entre barricas e inmigrantes que fueron parte de nuestra historia.