Mendoza Jueves, 28 de diciembre de 2017

Una gringa sin medias tintas

Entró por primera vez a la redacción un helado día de julio de 1993 y no pasó desapercibida. Era una pelirroja que sonreía todo el tiempo e iba montada sobre altos tacones con una calza de vivos colores, un profundo escote y un tapado doblado en el brazo.

Nos dijeron que se llamaba Catherina Gibilaro y que venía a trabajar en policiales. Llamaba la atención. Siempre. Su atuendo colorido, sus maneras desenfadadas y su lenguaje descarado sobresalían en aquel comienzo de la década de 1990 con un soplo de ese aire europeo que trajo de Italia, donde había sido corresponsal de Télam.

Fue mi jefa durante tres años y nunca dejó de asombrarme su vigor, ni hace 24 años ni en marzo de este año, cuando cubrió su última nota y se jubiló.

Era exigente. Muy exigente. No se quedaba quieta. Llegaba a la redacción como un torbellino y cuando había que cubrir una nota salía disparada como una tromba llamando a fotógrafo y chofer y anunciando a los cuatro vientos que llevaba puesto el "corpiño antibalas".

Formó mi temple y el de muchos más. Nos enseñó la actitud que hay que tener ante la noticia. Nos enseñó a enfrentar los hechos más dramáticos y dolorosos. Según el día se refería a sí misma como "Sargento Peper" o "Cabo Gibilaro" y cuando me reprendía me degradaba al rango de sub cabo.

La Gringa era honesta y honrada. La respetaban todos. Periodistas, fiscales, abogados, jueces, comisarios o cabos se frenaban ante su personalidad avasalladora porque así como podía sonreír y ahogarse en la risa de sus propias ocurrencias un segundo después podía hacer valer su tremendo carácter siciliano.

La conocí un frío día de julio y la despido un sofocante jueves de diciembre. Así era ella. Sin medias tintas. Hasta siempre Cather press.

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