Por Enrique Pfaabpfaab.enrique@diariouno.net.ar
Una creciente arrastró el auto de una familia, que terminó en el techo del auto en Tupungato. A su hijo le dijeron que era un juego, para no asustarlo.
Un policía y un remisero salvaron a la familia que casi muere ahogada

“Los bomberos dijeron que no podían hacer nada, que al día siguiente buscarían los cuerpos. Si no fuera por esos dos muchachos, no nos salvábamos”. Emiliano Cónsoli (33) dice que está indignado y, a la vez, emocionado. Esos dos muchachos de los que habla son Enrique Alarcón, un policía de Tupungato, y Ángel Vargas, un remisero, quienes viven en la ribera del arroyo Anchayuyo y el sábado a la noche salvaron de morir ahogados a Emiliano, a la esposa de éste, Laura, y al hijo de ambos de 3 años, Giuliano.
Una creciente sorpresiva arrastró el auto de la familia cuando intentaba pasar por un vado y los arrastró 800 metros. Alarcón y Vargas cortaron los alambres de un cerco y lograron llegar hasta donde se encontraban el auto y la familia, que estaba parada sobre el techo. “Apenas llegamos a la orilla, el agua cubrió el auto completo y desapareció”, contó Emiliano.
La familia vive en Rivadavia y había ido a Tupungato para visitar a una hermana de Emiliano. “Veníamos de regreso. Pasamos por el destacamento de San José y nos dijeron que no había problemas para avanzar. Adelante de nosotros venía una camioneta que pasó el vado del arroyo, de unos 100 metros de ancho, sin problemas. Avanzamos y de pronto vino el agua”, recordó.
El auto, un Volkswagen Golf, fue arrastrado y cayó a una cascada de tres metros. “Se volcó y quedamos con las ruedas para arriba, y después dio otra media vuelta. Era como estar en un lavarropas”, dijo Emiliano, quien tiene un comercio en Rivadavia. Esta secuencia fue observada desde adentro de una humilde vivienda que está cerca del arroyo. Era la mujer del policía Enrique Alarcón quien casualmente miraba por la ventana mientras le preparaba la leche a una de sus hijas.
La noche estaba cerrada, pero la mujer “alcanzó a ver las luces del auto y que éstas giraban, por las vueltas que daba el vehículo”, contó Cónsoli.
La testigo le avisó a su marido, quien estaba franco, y también surgió de una casa vecina el remisero Ángel Vargas. Juntos comenzaron a planear alguna estrategia de rescate mientras se daba el alerta telefónica. Emiliano, parado sobre el techo del auto con Laura y su hijo, también pedía auxilio por celular.
“Estuvimos así como media hora. Para tener tranquilo a nuestro hijo le dijimos que eso era un juego. Que el que gritaba más fuerte pidiendo auxilio ganaba. También le contábamos cuentos”, recordó el hombre, quien además dijo que el niño “nunca lloró” y que su esposa fue enormemente valiente.
Finalmente, según les contaron después, llegaron la policía y los bomberos, pero “a la gente que quería que nos rescataran le dijeron que no podían hacer nada, que no tenían linternas ni nada para salvarnos y que lo único que podían hacer es buscar los cuerpos al día siguiente”.
Pero Alarcón y Vargas no pensaron lo mismo. “Cortaron los alambres de un cerco que bordea el arroyo y consiguieron llegar hasta nosotros”, dijo Emiliano. La correntada arrastraba barro, piedras y troncos. “Así, nos fueron ayudando a llegar a la orilla”, añadió.
Curiosamente, ya en tierra firme, la familia tampoco fue asistida por los servicios de emergencias. “Alarcón y Vargas nos llevaron hasta la casa del primero, nos dieron café y abrigo, y esperamos ahí hasta que nos vinieron a buscar desde Rivadavia”, recordó el padre de familia.
“Fuimos el lunes hasta Tupungato para a verlos, agradecerles y llevarles algo de ayuda porque son familias muy humildes, pero ellos dijeron que no querían nada. Que se sienten felices con lo que hicieron”, contó Emiliano, emocionado. “Les debo la vida de mi familia y estaré eternamente agradecido”, acotó.
El auto fue sacado del arroyo por una máquina de Vialidad. “Ya no sirve más, pero no me importa en lo más mínimo. Estamos vivos”, remarcó.