Por Miguel García [email protected]
Un perro de unos extraños ojos celestes me sale al cruce cuando atravieso el cerco delgado que separa la vida cotidiana de las familias trashumantes del circo Atlas de la rutina de los “estables”, como aprendí que nos llamamos los que tenemos el hábito de dejar que el mundo gire lejos de nosotros.
La siesta del jueves pasa del calor terrible a una lluvia desordenada y otra vez al calor, esta vez húmedo y pegajoso, de un noviembre mendocino que quiere espantar a los que buscan historias a la hora en que salen las víboras.
El día anterior acordé con Alejandra Montes de Oca, la animadora, maga y encargada de prensa del circo, una visita en la siesta. “¿Estás seguro de que no querés venir a la función?”, me retrucó como advirtiéndome de que la noche es la mejor socia de los circos humildes. Me permití insistir y la morocha de ojos profundos entendió por dónde venía la cosa. Les habrá pasado mil veces, curiosos que quieren ver el lado de las costuras de la vida de circo, lo cotidiano, la pista bajo la luz del sol.
La lluvia desbarató los planes y los preparativos para recibir a la prensa. Es evidente que las nueve familias que trabajan en el Atlas corrieron salpicando charcos, subiendo los ruedos de la gran carpa y ajustando la estructura para que la tormenta mendocina no les hiciera lo que les hizo un vendaval, hace pocas temporadas, en Río Tercero, Córdoba: les tumbó la carpa y el trabajo por algún tiempo.
Y yo llego para completar los inconvenientes de esa tarde, mirando sin fijarme para no incomodar y con la cabeza llena de recuerdos de todos los circos chiquitos que he visitado en la periferia del Gran Mendoza. El Tony Chancletín es mi primer recuerdo, el mejor de todos. Un invierno terrible y una carpa mínima montada en mitad de un descampado, con un equilibrista que caminaba por el alambre a una altura prudente de dos metros de altura y un payaso, el mismísimo Tony Chancletín, que hacía llorar de risa con sólo poner en lugares adecuados la palabra “montonón”.
Alejandra, sexta generación de artistas de circo, con un tonito rioplatense, más uruguayo que porteño, me fue señalando “las instalaciones del Gran Circo Atlas”, que está de final de temporada en Las Heras, en la lateral Oeste del Acceso Norte, casi llegando a Pascual Segura.
Nueve casillas rodantes con sus macetas, sus mascotas –entre ellas el perro de ojos celestes que me sigue mirando como queriendo preguntarme algo–, ropa colgada, juguetes, fuentones naranjas y celestes y las antenas de Direct TV en los techos son el mundo que se mueve en torno del circo.
Cuando van de “tumba y pare”, como me enseña Alejandra que dice la gente de circo cuando se va de pueblo en pueblo sin descanso, la vida se vuelve intensa y el ancestral instinto de la nómada se activa.
“Tumba y pare” significa para la gente de circo algo así como ir de pueblo en pueblo, o de ciudad en ciudad, sin descanso y cambiando cada semana el lugar de residencia. Montar rápidamente la carpa y tomar contacto con las radios para concretar las publicidades son las primeras tareas a realizar al momento de instalarse
“En el circo es así: todos los martes a un pueblo diferente, el miércoles ya está la carpa montada, los contactos con las radios y la publicidad. A partir del jueves y el viernes, estreno. Dos funciones viernes, sábado y domingo, y el martes otra vez a desarmar, ‘de tumba y pare’, a otro pueblo”.
Sentados en el palco del circo vacío, ella me fue contando cosas sobre la educación de sus chicos, porque ya no les asombra que los “estables” les pregunten, con un asombro bobo, cómo hacen con esto, con aquello, cómo se las arreglan.
Los chicos, si es en plena temporada, van una semana a cada escuela, hay una ley nacional que los ampara, que promovió hace varias décadas una mujer de circo, Mirtha Tejedor. Desde entonces se asegura que los chicos de las familias del circo tengan siempre a su disposición un banco en la escuela pública del pueblo a donde arriban.
Me dice que le causa gracia cuando escucha a las madres hablar, como si se tratara de una catástrofe, sobre que tuvieron que cambiar a sus chicos de escuela. “Nosotros lo hacemos todas las semanas, o cada dos, a lo sumo, estamos acostumbrados, para nosotros la vida es así, la disfrutamos y a los chicos les encanta”.
Desde mi lugar de melancólico “estable” le pregunto si a los chicos nos les provoca nostalgia ir dejando siempre atrás a los chicos de su edad, a los amiguitos, a la maestra… Ella me mira y comprendo que la palabra nostalgia es un signo vacío para la gente de circo. “No, para nada, están encantados… Si pasa más de una semana, ellos ya empiezan a preguntar: ‘¿Cuándo nos vamos? ¿cuándo nos vamos?’. Para nosotros es así, siempre está el deseo de conocer gente diferente”.
Alejandra deja mi curiosidad en manos de Gloria, su mamá, y se excusa unos minutos para ir a buscar a sus hijos a la escuela Benjamín Matienzo, de Las Heras. Santino y Yamil, alumnos de jardín y de primer grado, también expertos en saltos en la cama elástica e incipientes acróbatas.
Las historias del circo fueron narradas por mujeres hasta el final de la visita. A un costado, los hombres charlan en rueda, mientras ajustan arneses y tratan de pulir el plástico blanco de las sillas del palco, conscientes de que con la ductilidad de las damas con las palabras las anécdotas seguramente resultan más atractivas.
Los roles están muy bien distribuidos, todos tienen algo a cargo y cada uno es responsable de que todo marche bien, no sólo en la función, en la que las labores se multiplican y los cambios de vestuario ocultan que la dama que cuelga de la carpa gracias a la resistencia de sus “cabellos de acero” es la misma que nos vende una bolsita de pororó un rato después y que antes del final nos ofrece una foto nuestra que se mira por un pequeño telescopio. También durante la semana el trabajo está coordinado y todos son los encargados de algo en particular.
Gloria, Gloria Mancini, baja las escalerillas de su casilla rodante con un garbo y una apostura propias de una estrella.
Gloria es hoy la boletera del Gran Circo Atlas. Antes fue acróbata y contorsionista. Asegura que la vida en el circo es saludable, contrariamente a lo que la gente puede pensar. No les gusta a quienes viven la vida de circo que se los discrimine ni que la palabra circo se utilice despectivamente. Los chicos van una semana a cada escuela del lugar en el que se asienta la carpa. Para ellos, la palabra nostalgia no existe.
–Un gusto, Gloria, ¿vos sos...?
Ella lanzó una risita amable y me respondió: “Yo… yo soy la boletera”, y se rió otra vez, mucho más encantadora todavía. “Pero antes fui acróbata, ¿eh? También contorsionista… No, pará, pará, primero acróbata y después contorsionista, así fue, para no mentirte”.La tarde va pasando y en la pista comienzan de a poco el movimiento y los ensayos. Emmanuel, como lo bautizaron sus padres, pero que colgado de las telas y los arneses es el magnífico Karlof, distrae mi atención mientras Gloria me refiere que puede contar hasta cuatro generaciones de cirqueros detrás suyo.
La memoria se pierde en Italia, cuando Leotardo Mancini, a finales de 1800 dejó su patria con ambiciones de tener su circo en Sudamérica y se instaló en Uruguay. Después pasó con la familia a la Argentina, que les sirvió de base para recorrer toda Suramérica varias veces y también España.
“Mirá, contra lo que muchos creen, la vida de circo es muy sana, nuestros padres nunca nos dejaron solos y estamos siempre junto a nuestros hijos. Somos una familia, todos, desde siempre, las personas de circo somos así. Por esto nos ofende cuando se utiliza la palabra circo despectivamente”, me explica Gloria mirándome a los ojos y con ganas de que ponga en el papel lo que acaba de decirme e insiste.
“¿Viste que por ahí dicen: ‘Esto es un circo’ queriendo descalificar? Bueno, imaginate lo doloroso que es para nosotros. Elegimos esta vida porque nos parece la mejor de todas”.
Mientras Gloria me promete mostrarme una foto en la que aparece con su pollerín, a los 8 o 10 años, cuando hacía su primer acto de acrobacia y contorsión en el circo Europa, detrás de nosotros, Milena, de 16 años –hermana del magnífico Karlof–, se arregla el pelo mirándose en un espejito de mano. Lo curioso es que lo hace con las piernas sobre los hombros. Es la contorsionista y acróbata en tela del circo Atlas y quiere salir linda en las fotos que Marcelo Carubin le está por realizar para esta crónica.
Con Gloria vemos los preparativos en primera fila y el sol de la tarde atravesando la carpa que sigue con los ruedos alzados. La madre del circo aprovecha para contarme que cuando ella comenzó, se estilaba las obras de teatro en la primera parte del espectáculo. Después venía lo correspondiente al espectáculo del circo como lo conocemos hoy. Fue un paso posterior al sainete criollo, antes de la inclusión de los animales y de la llegada del music hall a la pista.
“Imaginate, hice todas las obras que te puedas imaginar, Juan Moreira, de Gutiérrez; Don Juan de las calzas verdes, de Tirso de Molina… Era otra cosa, pero si el circo cambia es porque está vivo ¿o no?”.
Claro que está vivo, son cientos y cientos de circos los que todavía recorren el país, que le dan trabajo y vida digna a miles de personas. Son una oportunidad para los artistas y la maravillosa chance de no ser un gris “estable”.
El circo se transforma y sobrevive a pesar de los pronósticos. Gloria recuerda con claridad una tarde brasileña de los años ’60, en un pueblo los cientos y cientos que conoció y sigue conociendo, cuando alguien, viendo desde lo alto las casitas obreras con antenas de TV en los techos, le dijo, como suspirando o lamentándose: “Son espinas de pez”. Las armas venenosas de una bestia que terminaría con el circo. Pero el pronóstico fue errado.
El crujido del arnés que sube y baja los mecanismos del trapecio acompaña las anécdotas de Gloria. Me confiesa que se retiró de los vuelos acrobáticos un día de diciembre de 1972 en España.
No había red, los movimientos debían ser precisos y la confianza le jugó en contra. El trapecio se les fue de las manos y se encontró en el aire, suspendida, sin posibilidades de asirse a nada, en el momento exacto entre el ascenso y el descenso. Y desde allí cayó, desde lo alto de la carpa, casi en los brazos un muchacho fornido que trabajaba en una plaza de toros, como en una película de Audrey Hepburn, con el tango aquel que cantaba Ignacio Corsini, La muchacha del circo.
Pero esta vez milagrosamente nadie salió herido, incluso, se sintió bien para hacer el saludo final junto con sus compañeros. Fue la última vez que Gloria hizo piruetas en el aire, pero jamás se fue del circo.
Me despedí de la troupe antes de aquerenciarme para siempre. Hice una última pregunta para reforzar mi teoría sobre la supresión de la nostalgia en la gente de circo. Le consulté a Gloria si alguna vez le había costado irse de algún sitio, si había considerado salirse de la rueda del circo para quedarse “estable”.
Me respondió con el mismo silencio que su hija, Alejandra… la palabra nostalgia está vacía para ellos, afortunadamente. Es difícil renunciar a la emoción de ir en busca del propio destino y no esperar que pase delante de nuestra casa un día. Nada como los instantes previos a salir a la pista detrás del coreto, aunque el circo sea chiquito y el telón esté remendado.
Lo mejor siempre está en el próximo pueblo, siempre habrá gente más agradable en otra ciudad, en otra y en otra. La vida está por delante, siempre.


