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No bien apoyo los pies sobre las primeras baldosas que delimitan la entrada de un café de la Sexta Sección de Ciudad, uno de ellos se acerca a saludar como si me conociera de toda la vida. “La esencia de un detective privado es conservar el anonimato”, me dice el más bajo de los dos sujetos que, como sacados de una pieza de ficción, salen a mi encuentro. En ese momento, mientras un escalofrío se adueña de mi espalda, pienso que indudablemente estos tipos se tomaron el trabajo de investigarme durante los escasos 15 minutos que demoré en trasladarme desde la redacción, inmediatamente después de interrumpir la primera conversación que tuvimos por teléfono.
Sus atuendos en nada se parecen a la estilizada figura de los detectives clásicos. No llevan gabardina, sombrero, ni guantes de cuero, y sus bocas tampoco destilan el humo de una pipa. Cada uno debe tener poco más de 50 años y sus aspectos no desencajan con los de un empleado público u oficinista. La combinación de camisa, pantalón de vestir y zapatos se ajusta al equilibrio perfecto entre seriedad, informalidad y seguridad que deben transmitir, y a su vez les permite camuflarse entre el resto de la gente, pasar desapercibidos, ajustándose a cualquier escenario de la urbe como ciudadanos de clase media que pagan sus impuestos.
Apenas estrechamos las manos, se aseguran de que ningún fotógrafo me siga y desactivan el aparato con el que pensaba grabarlos. Sin duda, a esta altura, las relaciones de fuerza me juegan en contra y comienzo a sentirme indefenso. Por eso, quizás, después de ver los gestos de mi cara me aclaran que no hay nada de qué preocuparse, que para resguardar sus trabajo e integridad aprendieron a manejarse por lo bajo y que si me concedieron la entrevista fue sencillamente porque mi perfil no levantó demasiadas sospechas. “Estas limpio, pibe”, sentenciaron a dúo, aunque luego aseguraron que no suelen animarse a exposiciones periodísticas de ningún tipo. “Siempre, algún detalle puede dejarnos al descubierto y las actividades de un detective privado deben protegerse como un secreto”, volvieron a insistir enérgicamente.
En el dúo, uno es gordo y el otro, el petiso, si no fuera por su bigote diría que se parece a Bogart interpretando a Philip Marlowe, el detective privado creado por Raymond Chandler. Salvando las distancias fotogénicas, no bien comenzamos a entendernos y a dialogar demuestran poseer la misma perspicacia e inteligencia que los detectives estereotipados por los series norteamericanos. Estas destrezas quedan rápidamente expuestas a la luz de las acciones que comandan por tres teléfonos a la par de la entrevista que entablan conmigo. “Tomen el dominio del auto y abandonen la operación. No es necesario correr más riesgos”, alcancé a oír que le ordenaba el grandote a otro individuo. “Después evaluamos los siguientes pasos a seguir”, decretó secamente, y apagó uno de los aparatos.
“La paciencia es una de las mayores virtudes que debe cultivar un detective”, dice quien de ahora en adelante llamaré con el nombre ficticio de Arturo Belano. “Necesitamos mucho sosiego y perseverancia, como dos condimentos para el éxito”, dice el otro, a quien nombraré Ulises Lima, seudónimos usados en estrecha relación, por sus perfiles, con los protagonistas de la novela Los detectives salvajes, del escritor chileno Roberto Bolaño. “Si no estamos atentos a todos los detalles, es muy probable que incurramos en torpezas insalvables”, aventuraron los investigadores antes de que la moza colocara sobre la mesa una taza de café con leche, un cortado, tres sodas, dos tortitas pinchadas y dos raspadas. “Con doble ración de azúcar”, pidió uno. “¿Seguro que no querés un café?”, insistió el otro.
En Mendoza existe cerca de una decena de agencias de detectives privados, cuyo mercado es alimentado por consultas frecuentes sobre infidelidad conyugal, traiciones comerciales e individuos sin rastro.
Arturo Belano y Ulises Lima montaron su agencia de investigaciones privadas al poco tiempo de retirarse de las fuerzas de seguridad del Estado. Estuvieron 28 años en la función pública y hace aproximadamente 20 que se dedican a este negocio en forma independiente. Como agentes del Gobierno aprendieron todo lo que necesitan saber para manejarse con soltura por los escabrosos escenarios del hampa. Cuentan que durante los años de juventud les tocó pasar por todos los estamentos, hasta desembocar buena parte de su carrera en los organismos de inteligencia abocados a operativos contra el narcotráfico.
A la cadena de fuentes y contactos desarrollada en el cumplimiento de su labor deben gran parte del capital social con el que hoy explotan su negocio: un servicio que recibe hasta cuatro casos por mes y con los que facturan de 18.000 a 22.000 pesos por la resolución de cada uno. El monto depende de la complejidad del trabajo y de los días dedicados a investigar. Por lo general, las investigaciones más ordinarias les demandan un mínimo de 15 días seguidos y siempre requieren de personal especializado que deben contratar. Los auxiliares de cada investigación serán los encargados de cubrir las distintas áreas en pos de ejecutar un único objetivo: satisfacer la sed de información confidencial de sus clientes.
Las consultas más frecuentes siempre se relacionan con casos de adulterio y especifican que la falsedad se transformó en moneda corriente de la sociedad. “Todos mienten. Es muy difícil que alguien sospechado sea realmente inocente. Si una persona duda de su pareja, es muy probable que los presentimientos sean ciertos”, explican. Y afirman que en el 70% de las historias que les tocó estudiar se cometieron engaños y que las mujeres son las que encabezan la lista de las más traidoras. También reciben consultas sobre infidelidades comerciales y empresariales. Trabajan con la búsqueda de niños extraviados y son requeridos por particulares, estudios jurídicos y misiones de empresas de seguridad que no cuentan con un departamento propio dedicado a la investigación.
El equipo trabaja íntegramente en la calle y concuerda cita con sus clientes en algún café. Aunque cuenta con su propio despacho, similar a los pisos oscuros y sofocantes que el cine mostró en los ’50. Un estudio en penumbras, con persianas americanas a medio abrir y archivadores metálicos, sillones, veladores, espejos y pilas de periódicos. En ese lugar nacen las hipótesis y la estrategia adecuada para cazar como sabuesos a sus débiles presas. Es ahí donde diseñan el mapa lógico con el que guiarán la investigación y determinarán el equipo de trabajo adecuado para actuar. Porque a la dupla estable se acoplan, de manera interdisciplinaria, informáticos, abogados, asesores, vigilantes, seguidores profesionales, alcahuetes y, curiosamente, un grupo de actores.
Estos últimos son los personajes más expuestos en cada misión, por ser los únicos que entablan relación directamente con los sujetos investigados. Sus papeles son interpretados dependiendo del plan establecido. Pero la finalidad es poder llegar hasta el núcleo más íntimo y sensible de los involucrados. Para lograr este cometido se disfrazan en distintos roles y cargos y actúan de modo similar a los personajes del programa televisivo Los simuladores. Es decir, realizan un operativo que consiste en provocar una situación determinada mediante la cual entablarán empatía con la parte que desean indagar. Una vez ganada su confianza, a través de interrogatorios indirectos y técnicas de engaño extraerán la información que requieren para los clientes.
Cada consulta parte la investigación en dos. Por un lado, el equipo averigua y explora los antecedentes del cliente para ratificar que el trabajo que solicita no esté involucrado en un delito o pueda derivar en un crimen o infracción. Por otro, se van tendiendo las primeras líneas de exploración del campo que servirán para pactar el monto del trabajo y desarrollar algunas acciones. Si al indagar al cliente los detectives descubren que está “sucio”, que posee antecedentes delictivos o está relacionado con sujetos peligrosos, elevan inmediatamente un informe a la Policía para que actúe en consecuencia. Si el sujeto es honesto, aceptan el caso y realizan un presupuesto con una propuesta económica. El estudio comienza cuando el cliente entrega el 50% del total pactado por adelantado y termina con la entrega del 50% restante y un informe detallado en el que se expondrá toda la evidencia.
Para no quedar pegados con la investigación, los detectives obligan al cliente a firmar un contrato de honestidad, que en caso de incumplirse es presentado a la Policía junto con el resto de la información que descubrieron en el caso.
A esta altura, más de un lector avezado en literatura se estará preguntando en qué se parecen estos dos calculadores y experimentados tipos a los sensibles Arturo Belano y Ulises Lima de la ficción. Porque recordemos que, antes que detectives, los personajes creados por Roberto Bolaño eran poetas. Pues bien, los dos que toman café en la misma mesa donde apoyo mi libreta, no bien pasada la hora y media de conversación, cuelgan sus armaduras a un costado e inspirados por la nostalgia de días pasados recitan, como en coro de parroquianos y con los ojos humedecidos, fragmentos del poema Señor de ti mismo, de Carlos Heitz. Versos que figuraban en los manuales policiales con los que antiguamente entrenaban a los uniformados y que utilizaban para resaltar el valor y la vocación con la que un policía tenía que presentarse a la sociedad.
“Cuando patrulles la ciudad y sientas que es tu misión sagrada custodiarla, cuando veles el sueño de otros y creas en el apostolado de tu guardia, cuando el eco de tus pasos en la noche lleve tranquilidad y de confianza, y representes la paz en cada esquina, bajo el sereno control de tu mirada. Cuando el frío y el sol muerdan tu carne sin que se mueva un músculo en tu cara, cuando el miedo penetre en tus entrañas, cuando tengas la humildad de los valientes para ordenar hacer lo que más cueste y los hombres te sigan por ti mismo aunque vayas incluso hacia la muerte. Cuando impongas respeto y disciplina con tu sola presencia ante quien sea, cuando nadie juzgue nunca tu conducta, porque no das lugar para que puedan y el código de honor que guíe tus actos marque el norte vital de tu existencia (...) Cuando eso consigas con tu esfuerzo, recién entonces habrá llegado el día en que puedas decir al universo: soy policía”, dice parte del poema que da un giro repentino a la conversación.
“Antes los delincuentes nos hacían caminar. Venimos de una época donde esposábamos a los ladrones y los llevábamos de la mano o en micro a la comisaría porque no habían tantos móviles a disposición como hoy”, recuerda Ulises Lima, limpiándose restos de migas de un costado de la boca. “Hoy los policías no usan la cabeza”, retruca, hiriente, Arturo Belano, y comienza una larga confesión sobre el antes y el después de las fuerzas de seguridad del Estado y sobre cómo la falta de centralidad y coordinación ha destruido con los años la estructura necesaria para brindar un buen servicio a la comunidad. “Hoy la informática facilita muchas cosas y da a la investigación ventajas impresionantes, como la posibilidad de tener registros y grabaciones de cámaras de seguridad, lo que antiguamente era impensable. Pero en el pasado, a falta de tecnología, usábamos más la cabeza y teníamos más calle”, explica el más bajo de los dos, para quien las políticas de seguridad de un tiempo a esta parte no han hecho más que desmembrar el cuerpo policial al sembrar desinteligencia entre los novatos.
Reanudamos la entrevista sobre los aspectos que hacen al oficio de detective, y el más gordo describe que uno de los métodos frecuentes para obtener información es el análisis de la basura. “Aunque cueste creerlo, los desechos que producimos diariamente hablan mucho más de nosotros de lo que pensamos. Fue en los organismos de inteligencia luchando contra el narcotráfico donde aprendí los secretos y las técnicas para interpretar el contenido de la basura”, dice. Y Arturo Belano asegura: “La basura permite conocer, a partir de varias derivaciones, la mayoría de los hábitos y conductas de la persona que estamos explorando”.
La lectura de posturas y gestos es otro campo de conocimientos que los detectives activan en su trabajo. “La información se transmite no sólo con las palabras, sino a través de los movimientos corporales, las posturas, la mirada, la tensión del cuerpo, las posiciones, las distancias, la forma de sentarse y de andar. El lenguaje no verbal, a diferencia de la palabra, no miente nunca”, explica Ulises Lima, y a la par cuenta que puede distinguir a un hombre armado en cualquier situación porque, después de tantos años de servicio, lo incorporó como un mecanismo de defensa.
Lo más importante para un detective privado son su capital social y los contactos generados con su trabajo. Los años de investigación brindan experiencia y una cadena de favores útil para la resolución de nuevos casos.
Son casi las 23 y la jornada del jueves adquiere su carácter más oscuro. A esta hora, la mayoría de la gente ya llegó a su casa y se prepara para cenar y descansar. Un gato negro salta entre las chapas de un contenedor de basura y las luces de los autos lamen las calles húmedas y desiertas de la ciudad. Y mientras los vagabundos acomodan sus trapos y la policía sale a patrullar, a Arturo Belano y Ulises Lima aún les queda un enorme rompecabezas por armar. “Mendoza es chica, y lo que no se sabe hoy, tarde o temprano se sabrá mañana. Nuestro trabajo es desenmascarar esa verdad”, concluye uno de los dos. Luego, los tres celulares que permanecían dormidos vuelven a sonar, señalando un imprevisto en el plan. Evidentemente, cada caso significa un nuevo desafío y el que tienen en manos apenas comienza a mostrar uñas y dientes.


